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El cofre dorado de los vidrios rotos

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Nacer, crecer y desarrollarse es ley de la vida que todos los seres humanos debemos de tener siempre presente, ya que algún día llegaremos a una edad donde ya no podamos valernos por nosotros mismos y en consecuencia dependeremos de los demás. La lógica nos dice que son los hijos quienes tienen el deber de cuidar a sus adultos mayores, pues es un camino que un día llegarán a transitar. La atención, amor y cuidados que les demos a nuestros ancianos, son lo que recibiremos el día menos pensado. ¡Uno siempre cosecha lo que siembra!

Nuestros padres, nos prodigaron esos mismos cuidados, amor y atenciones, fue lo que recibimos en nuestra infancia, cuando no podíamos valernos por nosotros mismos. No podemos verlos como los viejos de la casa, sino como personas con dignidad, con historia y con sabiduría de la vida. Ellos son nuestro soporte emocional y si los dejamos caer, nosotros mismos empezamos a caernos.

Con frecuencia escucho que muchos adultos mayores, hombres y mujeres viven abandonados por sus hijos, quienes prefieren dejarlos en asilos o casas hogar donde reciben atención de personas extrañas a la familia y donde conviven con personas de su misma edad, pues los hijos no tienen en tiempo suficiente para atenderlos, amarlos y cuidarlos. 

Al respecto, William J. Bennett, escribió una breve historia en la que hace referencia a la argucia a la que recurrió un adulto mayor que después de haber perdido a su esposa, vivía solo y un poco abandonado. Cuenta la historia que “…el hombre aquel había trabajado duramente toda su vida, pero los infortunios lo habían dejado en bancarrota y ahora era tan viejo, que ya no podía trabajar como antes, pues la vista se le había enturbiado demasiado y sus manos le temblaban tanto que no podía hacer nada bien.”

“Aquel hombre tenía tres hijos varones, todos casados y muy ocupados con su propia vida, de tal manera que sólo tenían tiempo para ir a visitar a su padre al menos una vez cada semana. El anciano se sentía cada vez más cansado y solo, pues había fines de semana que ninguno de sus hijos iba a visitarlo. --¡Ya no quieren estar conmigo”, se decía a si mismo, tienen miedo de que yo me convierta en una carga para ellos.”

“Se pasó una noche en vela pensando qué sería de él y al fin trazó un plan. A la mañana siguiente fue a ver a su amigo el carpintero y le pidió que le fabricara un cofre grande y lo pintara de dorado; luego fue a ver a su amigo el cerrajero y le pidió que le pusiera una cerradura antigua y después, fue a ver a su amigo el vidriero y le pidió todos los fragmentos de vidrio que tuviera.  El anciano se llevó el cofre a casa, lo llenó hasta el tope de vidrios rotos, le echó llave y lo puso bajo la mesa de la cocina. Cuando sus hijos fueron de visita, vieron el cofre y le preguntaron --¿Qué hay en ese cofre padre? --¡Ah, nada, nada!, respondió el anciano, sólo algunas monedas que he ahorrado. Sus hijos trataron de cargarlo y vieron que era muy pesado, lo movieron y escucharon un tintineo. Aquello y el color dorado del cofre hicieron el resto”.

“Platicaron entre ellos y acordaron que debían custodiar el tesoro, pues no podían exponerse a que alguien se diera cuenta de su existencia, decidieron entonces turnarse para llevar a su padre a vivir con ellos por un tiempo razonable. El anciano estuvo de acuerdo y así fue atendido durante los últimos años de su vida hasta que enfermó y falleció.”

“Los hijos le hicieron un bonito funeral, pues sabían que una fortuna los aguardaba dentro de aquel hermoso cofre, y cuando terminó la ceremonia, fueron a buscar la llave para abrir el codiciado tesoro. Su sorpresa fue mayor cuando vieron el cofre lleno de vidrios rotos.  --¡Qué triquiñuela tan infame, exclamó el hijo mayor. --¡Qué crueldad hacia sus hijos! Dijo el segundo hijo,  --Pero, ¿qué podía hacer?, dijo tristemente el hijo menor. --Seamos francos, de no haber sido por el cofre, lo habríamos descuidado hasta el final de sus días. --Estoy avergonzado de mí mismo, dijo sollozante. Obligamos a nuestro padre a rebajarse al engaño, porque no observamos el mandamiento que él nos enseñó cuando éramos pequeños. Entonces, el hijo mayor volcó el cofre para asegurarse de que no hubiera ningún objeto valioso oculto entre los vidrios. Desparramó los vidrios en el suelo hasta vaciar el cofre, y para su sorpresa, miraron silenciosamente dentro, donde leyeron una inscripción que el padre les había dejado en el fondo: “Honrarás a tu padre y a tu madre”. (Fin de la historia) JM Desde la Universidad de San Miguel.

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Autor: JORGE MELENDREZ
Enviado por melendrez - 11/11/2011
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