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Nos pasamos la vida intentando arreglar el mundo, y por el camino nos olvidamos del nuestro.

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Como afirman los astrofísicos para poder entender el Universo tendremos que empezar por comprender el microcosmos, es decir el mundo subatómico. De la misma forma, si queremos transformar el sistema o de alguna encontrar un sistema que funcione, que sea coherente con la naturaleza, en el que las asimetrías y desigualdades sociales brillen por su ausencia, donde las necesidades primarias de los seres humanos este cubiertas, donde cada uno desempeñe un rol, sea el que sea, y no necesite compararse ni ubicarse en ninguna jerarquía, un sistema que verdaderamente funcione como un sistema, el sistema de todos, no de unos pocos; para ello, tendremos que empezar a conocernos, desde lo más pequeño, es decir, la conexión entre la vida y el mundo de la mecánica cuántica.

Uno de los rasgos distintivos del ser humano con respecto a las más de 9.000 especiales animales del planeta, es el hecho de tener autoconsciencia de su propia existencia, al menos en una mayor intensidad. Aquí quizás comience la gran paradoja que nos acompaña constantemente, por un lado el tener esta autoconsciencia nos haga tener cierta exclusividad, nadie tendrá las mismas huellas dactilares, nadie tendrá la misma apariencia física, nadie en resumidas cuentas tendrá la misma forma de pensar que yo. Sí, es cierto, somos seres exclusivos, una exclusividad fundamentada en la diferencia, pero ahí también está la miseria del ser humano, puesto que todo lo que no sea yo formará parte de mi medio, y por tanto, lo concebiré como algo externo a mí. Nuestra identidad está basada en la diferencia, y además, sabemos que el cerebro solamente se estimula con lo cambiante, lo estático, lo fijo, lo que ya da por sabido o conocido no le interesa. Para nuestra mente los estímulos fijos carentes de cambios no tienen relevancia. Por tanto nuestros sentidos siempre están a la caza y captura de los estímulos cambiantes que permitan a los sensores pertinentes la excitación sensitiva, y de esta forma la experiencia consciente. Acaso ahí esté la contrapartida de nuestra exclusividad, esa experiencia consciente, es algo impuesto al ser humano, en el sentido de que no puedo decidir el ser consciente, la interacción constante con el medio ambiente es la que me hace ser consciente constantemente. Pero esa experiencia consciente está basada en la diferencia con todo lo que me rodea, en la identidad conmigo mismo, con mi cuerpo, con mi ego, el programa de supervivencia fruto de la evolución. La verdadera consciencia no conoce de diferencias, no hay fracturas, es continua, y sobre todo no es perceptible.

Quizás una reminiscencia de esta consciencia sean las neuronas espejo, aquellas neuronas que nos permiten ser empáticos, ponernos en el lugar del otro y sentir lo que el otro siente. Es por ello que desde ciertos sectores de la neurociencia también las conozcan como las “neuronas de la empatía”. Como afirma el neuropsicólogo italiano G. Rizzolatti “Somos criaturas sociales. Nuestra supervivencia depende de entender las acciones, intenciones y emociones de los demás. Las neuronas espejo nos permiten entender la mente de los demás, no sólo a través de un razonamiento conceptual sino mediante la simulación directa. Sintiendo, no pensando”. Posiblemente las neuronas espejo constituyan una vía de acceso hacia esa verdadera consciencia que diluya la barrera entre el yo y los otros, lo que nos podría capacitar para una verdadera vida social. En este sentido hay una historia de un paciente que había perdido la mano en la guerra del Golfo. Al tocarse la cara era capaz de sentir la mano fantasma y al mirar a otra persona a la que se le acariciaba y daba golpecitos en la mano, el paciente exclamó que sentía en la mano fantasma las acciones que estaba observando. Examinando a otros pacientes, se observó el mismo efecto y, no solo eso, sino que también algunos de ellos sintieron alivio en el miembro fantasma al observar a otra persona que estaba recibiendo un masaje en la misma zona corporal. Hay una conexión, una consciencia superior más allá de lo físico, una pregunta obligada sería, ¿dónde están las neuronas espejo de la clase política y del poder económico? Ese debería ser un requisito fundamental para el acceso a la política, el tener un buen número de neuronas espejo, algo que les permitiera recordar y tomar consciencia de que el poder está en el pueblo, siempre ha estado en el pueblo y siempre estará en el pueblo. El pueblo sólo necesita empezar a despertar de este largo letargo que le tiene sumido en la inacción, en la desidia y en la infundada convicción de que nada se puede hacer, y que la situación no tiene alternativa alguna. En ese sentido Buda afirmaba que hay dos cosas a las que el hombre tiene miedo, una era el sufrimiento y la otra la muerte. Este es un rasgo común de todo hombre del que deberíamos tomar nota todos, y poner atención puesto que si tengo miedo al sufrimiento y sé que los demás también lo tienen no debo causarlo, debo ponerme en el lugar de los demás, ser ético. La ética es lo contrario de causar sufrimiento, es por eso que donde acaba la ética de la sociedad, empieza la sociedad del sufrimiento. Por ello la política no puede tener fundamento sin la ética, ¿dónde está la ética de nuestros mal llamados políticos?, ¿dónde está la ética del poder económico? Muchas maniobras de distracción, pero que el árbol no nos impida ver el bosque, está política no conoce de ética alguna, por eso no es política.

Hacia una consciencia superior, la búsqueda de nuestro mundo

Filosofías orientales como el Vedanta hindú, el Budismo Zen o incluso el Tao ponen de manifiesto que conseguir un conocimiento superior es posible cuando se transcienden las apariencias que como velos envuelven la verdadera naturaleza. El ser humano de hoy en día afectado por el capitalismo globalizado y con una percepción del mundo que le rodea diferida y discontinua, que le hace tener una imagen de su medio fragmentada, tiene un difícil reto de encajar todas las piezas del puzle de su existencia, reto que se antoja una misión cuasi imposible, puesto que armar dicho rompecabezas supone poner  una última pieza que le dé sentido. Esa pieza es el mismo ser humano. La física cuántica sienta las bases sobre la concepción del mundo y la realidad, y rompe el esquema cartesiano y newtoniano, en el que mente y materia están gobernados por leyes diferentes, que rigen a la mente por un lado y a la materia por otro. En este sentido la física cuántica muestra con toda claridad que la mente y el mundo no existen separadamente. Por tanto, para entender la naturaleza debemos empezar por asumir que nosotros somos parte de la naturaleza, y que mente y cuerpo son manifestaciones diferentes de una misma cosa. De la misma forma se presenta la materia con un carácter anfibológico, bien como partícula bien como onda, haciéndonos dudar actualmente sobre el alcance de nuestras concepciones y remarcando el enigma profundo de la naturaleza última del mundo.

Nuestra percepción del mundo, la interpretación que hace nuestro cerebro del mundo que nos rodea está basada en un continuo de estímulos diferentes, y es por ello que sin diferencia no cabe experiencia perceptiva alguna, y de esta forma, la experiencia de lo diferente es fundamental en nuestra noción de existencia. Yo existo en este mundo porque no me identifico como mi medio, no me identifico con las personas que me rodean,…en definitiva ni soy mi medio, ni soy las personas que constituyen mi entorno más cercano. Todas las propiedades con las que definimos o calificamos a las cosas que nos rodean tienen que ser experimentadas a través del filtro de la diferencia, y es por ello que el mundo físico solamente existe para nosotros en términos de relaciones. Precisamente cuando colapso esta forma de percibir el mundo, cuando logro paralizar el discurrir cotidiano mental, cuando logro llegar a paralizar mi cerebro, lo que los místicos llaman experiencia extática, esa frecuencia de ondas cerebrales theta, donde los ciclos de mi cerebro se van aquietando y se entra en una especie de estado hipnótico, logrando romper esta aparente fractura entre mi yo clásico y el mundo, es allí donde es posible tener vía a lo sagrado, y poder acceder a ese yo estático y envuelto de soledad, aquél capaz de reflejar esa imagen sagrada de Dios.

El ser humano siempre ha emprendido la búsqueda del yo profundo (el otro), el ser, la esencia o como quieras llamarlo, aquél que acredita que no hay fractura entre lo que está y lo que eres...de eso como diría Descartes no se puede dudar, es algo que existe necesariamente, si yo soy finito no puedo haber creado algo infinito, o sea, que el efecto no puede ser mayor que la causa, ontológicamente hablando claro....

Se trata de la búsqueda de mi yo profundo, o ese yo que observa inafafectado desde la otra orilla, el que está en el otro lado, aquél que si tuviera la posibilidad de mirar a los ojos comprobaría que me está mirando con los míos. Entre esta orilla y la de mi yo profundo, está ese mar profundo que nos separa. A veces puedo comprobar que cuando dejo de ser consciente, ese yo se aproxima a una velocidad instantánea, me embarga y se produce una experiencia de unidad, que rápidamente se desvanece cuando vuelvo a ser consciente. ¿Existe ese mar que separa ambas orillas?, si aquél soy yo, ¿qué hace ahí ese mar? Ese mar representa la fractura en mi forma de percibir el mundo, cada objeto al que tengo acceso intelectualmente a través de mis sentidos, es percibido e interpretado mentalmente gracias a ese mar ilusorio. Percibimos visualmente gracias a los contornos, el contraste por diferencias en la intensidad de las luminancias reflejadas, lo que da origen a las formas, los colores, etc.… Resulta que esa fractura ilusoria no está ahí fuera, sino que está en mi yo consciente, en mis campos perceptivos que interpretan el mundo dualmente, y que me hacen tener una impresión errónea al concebir a mi yo profundo como diferente y separado de este yo superficial que cree ser consciente. ¿Qué sentido tiene estar separado, o al menos tener la sensación de estar separado de mi verdadero ser?  Estas parecen ser las reglas de un juego llamado existencia, unas reglas que abolen mi voluntad y me alejan de la verdadera armonía, de la ecuanimidad que atesora mi yo profundo que observa impertérrito en la otra orilla. Lo único que he aprendido, y de lo que debo ser consciente a cada momento, es que debo parar esta especie de vórtice sin sentido en el que está inmerso mi  yo conocido, aquel con el que me identifico. Debo dejar mi zona de confort y atravesar la orilla para darme cuenta de que ese que está al otro lado es mi verdadero yo, aquel niño olvidado que está a la espera de volver a casa.

Si mi forma de percibir el mundo está basada en mis sentidos, habría que tener en cuenta aquello que Descartes ya había apreciado refiriéndose a los datos de los sentidos como fuente de conocimiento:”no es razonable confiar en quienes nos han engañado alguna vez, aunque sólo sea una”. Debo trascender mis sentidos y activar mi hemisferio derecho, ascender al estado creativo, la esencia de mi verdadero yo.

Nos pasamos la vida buscando, y tenemos la sensación de no saber qué. Esa es la constante y trémula búsqueda a la cual nos someten nuestros sentidos. Por ejemplo, el sistema visual es muy bueno ignorando estímulos que son esencialmente muy similares para poder perfeccionar así la capacidad de detectar lo diferente... No podemos mantener un solo pensamiento ante la constante entrada de estímulos. Incesantemente estamos buscando la diferencia, y esta búsqueda claro está no puede aportarnos la sensación de completitud. Una vez que nuestra inagotable búsqueda cesa, nos damos cuenta de que no había nada que buscar, la ilusión de las líneas fronterizas que flanquean las diferencias se desvanecen, y empezamos a tomar consciencia de que hay un mismo sustrato, en el cuál impera la identidad, un estado donde no hay percepción puesto que no hay nada que interpretar, y donde nuestra mente analítica deja de operar, ese es el territorio de nuestro verdadero yo, aquel que se cobija en el inmenso océano  de nuestro subconsciente. Es allí  donde son posibles los cambios, puesto que allí se destila la mejor materia prima del Universo, precisamente no es materia, aquello es posibilidad, posibilidad de reprogramar tu mente, dejar de ser un autómata, asumiendo que una persona que logra conectar con su interior interno, vive su vida por el camino del autoconocimiento, enfocando ahora su mente consciente en todos los rasgos de identidad que comparten los seres humanos como especie, y relativizando el escenario y nuestra puesta en escena de nuestro personaje en el desarrollo de nuestra obra, nuestra propia vida.

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Autor: Valle-Arocha
Enviado por anannella - 24/09/2014
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