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ZIRZIR la ciudad soñada

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Mi madre se fue a vivir a Zirzir, la ciudad soñada un día de Invierno cuando yo tenía 8 años. Recuerdo aquel día porque fue la primera vez que vi nevar. Corrí para llegar a casa y contárselo a ella pero la casa estaba vacía.


Cuando mi padre regresó a casa yo estaba entretenido jugando con el Meccano. Oí abrir la puerta de entrada y pensé que era mi madre. Fui a su encuentro para contarle que estaba nevando y pedirle me hiciera la merienda pero sólo vi a mi padre, junto a la puerta. Sobre su pelo y abrigo aún quedaban algunos copos de nieve y en las manos sostenía un paquete alargado, envuelto en un papel marrón. Durante un rato se quedó allí quieto, sin decir nada. Parecía muy triste y sus ojos estaban enrojecidos.


Dejó el paquete en el suelo se quitó el abrigo como si le pesara mucho y lo puso en el perchero. Entonces se dio cuenta de que estaba observándole. Me sonrió. Cogió el paquete de donde lo había dejado y fuimos a sentarnos en el sofá del estar.


Sentía mucha curiosidad por saber qué había en el paquete y supuse que hasta que no viniera mi madre no lo abriríamos ¡Estaba impaciente porque llegara!


- Papá, ¿dónde está mamá? –le pregunté.


El no dijo nada, pero comenzó a rasgar el papel que envolvía el paquete. Cuando me lo enseñó con sorpresa vi que era un cuadro.


- Toma este cuadro es para ti, es un regalo de tu madre – me dijo mientras me lo entregaba.

Me quedé callado intentado entender. Aún faltaba mucho para mi cumpleaños y mamá sabía que yo quería un patinete...


- Papá, ¿dónde está mamá? –volví a preguntar.


Se quedó mirando el cuadro y señalándome una figura me dijo:


- Mamá, está ahí, en Zirzir, la ciudad de los sueños ¿ la ves?


Si, si que la veía. La reconocí porque llevaba el vestido blanco que tanto le gustaba y las sandalias rojas que se había comprado en verano. Pero ¿por qué estaba dentro del cuadro y no estaba en casa?


- Se que estás un poco confundido –oí que decía mi papá- pero enseguida te lo explico. Tú sabes que a mamá no le gusta el Invierno y que últimamente no se encuentra muy bien ¡Pues bien hemos encontrado la solución para que se cure! Hay una ciudad ...


- Zirzir, la ciudad soñada ¿verdad? –le interrumpí.

- Exacto. Es la ciudad que ves en el cuadro y la llaman Zirzir, la ciudad soñada. Está rodeada de los más maravillosos ríos que puedas imaginar donde nadan miles de peces y el agua forma grandes lagos y cascadas. En ella brilla el sol siempre ¡Fíjate qué árboles tan grandes y tan verdes crecen! ¿y qué me dices de las flores, a qué son bonitas? Las hay de todos los tamaños y de todos los colores. A mamá le gustó en cuanto la vio. Así que decidimos que ella iría primero así no tendría que pasar otro Invierno aquí y se recuperaría de su enfermedad. Esa casa de color naranja, si, si, justo la que está junto a tu madre es la nuestra. Mamá dice que la va a preparar para cuando nosotros vayamos. Hará unas cortinas de cretona y en el jardín pondrán un columpio y un balancín para que tu juegues.


- Me gusta que haya pintado la casa de naranja, es igual que la que pinté en el colegio. ¿A qué si, papá? Y qué contenta parece en esa ciudad. Está sonriendo. “Seguro que pronto hará las cortinas y vendrá a buscarme, espero que haga esas rosquillas que tanto me gustan ¡hace tiempo que no las como! ¡yo enseguida adivinaba que las había hecho porque toda la casa olía a rosquillas! Mamá nos reñía a los dos porque en cuanto se descuidaba cogíamos una y luego decía que no teníamos ganas de comer. Papá no se enfadaba se iba de la cocina gruñendo lamiéndose los dedos y cuando pasaba por mi lado me hacía un guiño”

También recuerdo ese día porque fue la primera vez que vi llorar a mi padre.


Pasaron los días, los meses y mi infancia se fue alejando tanto como Zirzir, la ciudad soñada iba creciendo en el cuadro. No había día que no le explicara a mi madre, siempre con su vestido blanco y sus sandalias rojas mis avances en el colegio. Los árboles siempre estaban verdes y las flores nunca se marchitaban. Cuando yo le preguntaba a mamá cuándo iríamos a vivir con ella papá me decía: pronto. En cuanto quieras darte cuenta ya estaremos allí. La vida pasa muy deprisa. Y entonces comenzábamos a hablar de lo que haríamos en Zirzir los tres juntos.


- ¿Cómo se llaman los habitantes de Zirzir, papá? Zirzirses, Zirzenses...mamá ya es una Zirzirciense, y por qué es la ciudad soñada? 

Entonces él volvía a explicarme de nuevo lo maravillosa que era esa ciudad. Que en ella podría tener todo aquello que yo deseara por eso se la llamaba así.

 - Pues yo cuando esté en Zirzir tendré un perro – le decía pues últimamente tenía unos deseos enormes de tener uno, como Tristrás, el perro de mi amigo Jon. Era negro y blanco y siempre que me veía movía la cola, señal de que estaba contento y no paraba de lamerme.

Un día vi que en Zirzir, junto a mi madre había un perro negro y blanco. Cuando se lo enseñé a papá me dijo:


- Mamá dice qué cómo lo vas a llamar?


- ¡Rosquilla! – grité, mientras oía a mi padre como se reía.


Recuerdo aquel día porque fui muy feliz. Tenía un perro como Jon.


Pasaron los años y mi padre y yo pasamos más tiempo paseando por las calle de Zirzir, la ciudad de los sueños que por la que habitábamos. Nos gustaba perdernos entre los paseos llenos de casas de colores. Unas eran palacios de mármol, otras chalets con tejados rojos, las había verdes y azules y amarillas con grandes porches donde se veían hombres y mujeres descansando en balancines mientras miraban como los niños jugaban en el césped. También nos gustaba ir a un pequeño restaurante italiano que tenía unas mesitas con manteles de cuadros rojos y blancos. Yo siempre pedía espaguettis y mamá se reía mientras se tomaba un vaso de vino tinto.


Pasé mi niñez y adolescencia deseando ir a Zirzir, la ciudad soñada pero siempre que le preguntaba a papá cuándo íbamos a ir siempre me contestaba que aún no era el momento.


La universidad me alejó de casa y de mi padre. Saqué mi título de Ingeniero y permanecí durante algunos años en el extranjero perdido entre el trabajo y el hastío. Hacía años que no lo veía. Lo dejé sólo. Cuando me llamó para decirme que estaba muy enfermo y quería verme, él ya no estaba.

Volví a casa vacía. No pude evitar los recuerdos. Los remordimientos por mi egoísmo no me dejaban dormir. Lloré como un niño por su ausencia y mi soledad.

 Entonces busqué consuelo como lo hacía cuando era un niño en Zirzir, la ciudad soñada y cual fue mi sorpresa cuando vi junto a mi madre con su traje blanco y sandalias rojas a mi padre. Y al mirar como sonreía y lo feliz que parecía junto a mi madre supe que me había perdonado.

 A su lado, saltando estaba Rosquilla. Nuestra casa en Zirzir seguía siendo naranja. En las ventanas se veían unas floreadas cortinas de cretona y sobre el columpio un niño subía y bajaba.

 Recuerdo ese día porque fue cuando decidí ir en busca de  Zirzir, la ciudad soñada.

 Desde entonces he andado errante durante años atravesando ciudades y más ciudades, sin más compañía que el eco de mis pisadas.

 He vagabundeado arrastrando mis doloridos pies y soportado el peso de mi cuerpo hasta lo insoportable y me he visto obligado a abandonarlo sin piedad, entre callejas malolientes y el espíritu vencido.

 Recuerdo los ingratos años de peregrinaje cuando ni los castillos más bellos, ni las almenas más altas, ni los templos más osados, ni las ruinas más antiguas conseguían detenerme para aspirar el perfume producido por las esencias impregnadas en sus paredes. Huí de la belleza de las ciudades bien urbanizadas siempre prestas a engullir a sus presas entre rosas y cerezas tanto, como eludí la fealdad de las más mezquinas y perezosas.

 Anduve alerta la mirada siempre vigilando el horizonte y avanzando, avanzando sin descanso; un camino tras otro fue hollado por mí. No hubo plaza, ni santuario, ni hotel, ni playa que no visitara; ni mujer, hombre, anciano o niño con el que no hablara, amara, despreciara o acariciara. Aún llevo prendida en la retina el vacío de algunas de aquellas almas y el calor de ciertas miradas.

 Durante años perdí el rumbo de mi vida y me detuve en una estación de tren. Indagué entre los andenes y enloquecí jugando a la ruleta rusa con los raíles largos y brillantes, como sendas inacabadas, que el amanecer me dibujaba. Sólo el vacío de mis brazos, al despertar, me confirmaba que otra vez soñaba. Me fui, ciego de hollín y negras las entrañas.

 Desesperado avancé, avancé sin que nada se interpusiera en mi camino. Las ciudades pasaron por mi retina tan rápidas como las páginas de un libro de ilustraciones muy visto, muy conocido, muy aburrido... Allí el mismo café, cerca el viejo cine, la plaza, la fuente sedienta, la vieja muralla medieval, siempre en guardia y el camino de salida, esa vieja fuga de la vida anodina.

 Mis piernas estaban desfallecidas pero no aminoré la marcha. Seguí caminando, buscando sin descanso, el lugar, la ciudad, la calle que por fin me ofreciera hospedaje. Sólo la noche me acogía entre sus brazos.

 Pero hubo un día en que mis pasos se detuvieron. Me di por vencido y caí sobre la tierra en la soledad de la noche.

 Recuerdo ese día porque fue cuando Rosquilla vino hasta mí corriendo y mostrándome el camino, me llevó hasta la casa naranja.

 Sé que he dejado de huir y que al fin he encontrado lo que buscaba. Aquí sentado en el porche, junto a mis padres, contemplo el atardecer en Zirzir, la ciudad soñada.

 

 

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Autor: Mary Carmen
Enviado por marycarmen - 10/08/2012
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