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La mirada

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El ojo pétreo de la gorgona vigila desde su solitaria morada el quehacer diario de los humanos. Aburrida, se debate entre la jauría de las Parcas que tejen con delgados hilos de araña el destino de los hombres y los caprichos procaces del putero Júpiter que la desquician por vulgares.

Insatisfecha, envidia el variado colorido de las pupilas de los mortales y ensaya sortilegios, prepara pócimas y ungüentos, todo, con el único afán de apoderarse de tan preciado tesoro. Sueña con miradas verdes, azules, grises, caramelizadas y azabaches.


Sorprende en la mirada de un hombre un atisbo de rebelión?. Acaso esos ojos enrojecidos por la rabia podrán encontrar algún día la fuerza que le lleven a romper las cadenas que lo subyuga?.


En el templo la vestal, comienza el ceremonial. Sobre el altar deposita una paloma. La gorgona abre su boca sedienta de sangre. El cuchillo de la oficiante hace filigranas en el aire hasta caer al suelo ofendido: ¡Hoy diosa, reza la doncella , no habrá sacrificio! La mirada de hielo de la adorada penetra hasta lo más profundo del corazón de la muchacha que desbocado huye de su pecho y encuentra refugio en el de la paloma agradecida. La sangre se detiene. El cuerpo sin vida adorna el templo. Cuando la diosa reclama el fulgor verde de los ojos vestales heridos por su crueldad el arrullo de la paloma pone en guardia a las sierpes que silban alocadamente sobre la cabeza de Medusa

¡Cuidado, Gorgona! dice Céfiro, en su paso hacia el infierno, corren rumores de que robas los ojos a los hombres para apoderarte de sus miradas y Júpiter, su dueño, prepara las armas de legiones de centauros y pegasos para acabar con tu reinado de terror.

 

Vi a la niña cuando jugueteaba con un gatito a la puerta de su casa. Debería tener 9 o 10 años. Reía feliz. Cuando su amiga se acercó, soltó al gato que desapareció rápidamente, libre por fin de las manos que lo aprisionaban. Las dos niñas comenzaron a jugar. Durante un buen rato estuvieron persiguiéndose la una a la otra. Después, cansadas, se sentaron en la tierra de la plazoleta, junto a un árbol. Sus desnudas piernas no paraban de moverse. Reían y hablaban sin parar.

 

Tras la persiana de un piso el hombre observaba. La mirada, capturada entre las piernas de las niñas se volvía turbia por momentos. Las manos, presas de algún oscuro presagio se arrastraban por su vientre como tarántulas amaestradas. El sol al atardecer pintó de rojo las paredes de la habitación. El hombre se levantó, volvió a mirar a las niñas y Gorgona se coló por sus pupilas.

 

Las niñas dejaron de jugar durante mucho tiempo en la plaza. Las mujeres apenas si osaban mirar. Los ojos de los extraños las asustaban. Había miradas apenadas que sostenían el precario equilibro que ahora reinaba en la plaza. Otras, las más fieras, sorteaban las esquinas profiriendo amenazas. Las madres borraron sus miradas con tantas lágrimas derramadas tras el suceso.

 

Cuando los cuerpos de las niñas fueron encontrados los vecinos no pudieron creer lo que vieron: a todas les faltaban los ojos. El asesino les habían robado la mirada.

 

Durante el duelo revoloteé por toda la estancia. Mi presencia a nadie le inquietaba, algunos, los más pequeños, me conocían. Me miraban y sonreían. Los adultos no podían verme, pues ocultaban su mirada tras el dolor y el miedo. El oficiante, un sacerdote mayor, ejercía su ministerio con eficacia. Le vi bendecir los féretros y dar consuelo a los familiares de las niñas. Cuando el cortejo salió hacia el cementerio la ira acompañaba a los padres. Me quedé atrás, vigilando el camino de la muerte.

 

Pasó el tiempo y la plaza poco a poco recobró de nuevo la vida. Los niños jugaban bajo la atenta mirada de sus madres que no los perdían de vista. Tras la persiana de un piso el hombre observaba. Despacio se levantó de la silla. Comenzó a vestirse. De pie frente al espejo vio su negra figura reflejada. Salió de la casa. Cruzó la plaza sin detenerse y con paso seguro, se dirigió a la iglesia a ejercer su ministerio. Yo, le seguí con la mirada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Etiquetas: perversión
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Autor: Mary Carmen
Enviado por marycarmen - 16/08/2012
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