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Un viaje a la Toscana, siete horas en Firenze®

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(Narrativa de una vivencia personal) Tercer Premio en Narrativa de la Asociación Toscani de Aragua y la Escuela Dante Alighieri del Estado Aragua, Venezuela, julio del 2012.

Las noches de diciembre en Roma son frías pero los días en la Toscana lluviosa son peores, húmedos, grises, solitarios pero bellísimos. Soñé toda mi vida con ir a la Toscana, a Florencia en especial, en primavera o verano, pero llegué en un crudo invierno a comprobar todo lo que había estudiado y leído en mi época de adolescente, ver la cuna del arte era una curiosidad enorme, sus calles, sus valles, sus flores, sus olores, sus puentes, sus museos, pero ahí estaba una caribeña, casi varada en Roma con un frío sepulcral que se había preparado dos años para hacer ese hermoso viaje, sin dinero porque su Banco quebró en Venezuela, con el dinero que llevé para viajar y disfrutar, totalmente recortado pues tuve que asumir mi compromiso y cancelar la otra mitad que adeudaba a la escuela donde fui a estudiar un mes.

De pronto me vi obligada a hacer serios recortes a mi exiguo presupuesto pero llegué a Florencia por el consejo de la Sra. Anna, una simpática alemana que estuvo casada con un señor italiano y quien es más italiana que ninguna persona, me alojaba en su casa, una hermosa casa posmodernista de lo más impresionante, ella sabía del horrible impasse que estaba viviendo y me consiguió el lugar más cercano para visitar, me dijo, mañana tienes que comprar en Termini tu boleto a Firenze, ya te averigüé los horarios.

Tomé la decisión ipso facto porque ya faltaban seis días para regresar a Venezuela y no podía irme sin conocer nada importante, salvo Roma por supuesto y mi sueño era Firenze y Venezia, por eso había hecho ese viaje y me iría sin conocer ninguna de las dos ciudades más hermosas de Italia. Mi preocupación era que tan sólo tenía 60 euros, tomé su consejo y al día siguiente fui a Termini en Roma, pregunté por el costo del viaje, son 32 Euros y sale a las 6:30 am en el Regionale, llega cerca de las 10 de la mañana, regreso a las 5:15 pm, démelo le dije al señor de la boletería y me fui a acostar temprano, al día siguiente tendría un gran día y debería de madrugar.

Regresé a casa e iba pensando que estaba cerca Navidad y tan lejos de casa, también iba preocupada de cómo saldría tan temprano a la calle, el frío, la noche, la lluvia, no puedo tomar taxi, me asaltaban los miedos que por estos lugares se sienten por la inseguridad, me sentía totalmente sola, estaba sola, casi al borde del llanto, en un bus solitario a las 8:30 de la noche y pasando necesidad no por mi irresponsabilidad precisamente, me repetía hasta el fín, ya sólo faltan seis días pero hay que asumir y antes que saliera una lágrima, llegué a mi parada, bajé y caminé las tres cuadras que me separaban de casa. Al llegar me esperaba una riquísima cena de la hermosa Sra. Anna y le hablé contenta del viaje que haría, se alegró muchísimo que ya tuviera mi boleto.

El día siguiente llegó y salí antes de las seis de la mañana, era noche cerrada, una fina garúa caía sobre Roma, tuve un poco de miedo de lanzarme a la calle solitaria a esa horas inusuales, observé el panorama y abrí la reja, todo bien, la tranquilidad de un país seguro, silencio de madrugada, un perro ladraba a lo lejos, el frío mortal, pero seguí adelante con mi paraguas en mano; al llegar a la avenida me vino un poco el alma al cuerpo, vi a un señor repartiendo periódicos quien me saludó muy atentamente, me sentí acompañada y esperé mi bus. Puntual pasó a las 6 de la mañana y llegué a Termini a las 6:15, la estación estaba llena de gente activa, los kioskos ya estaban vendiendo los periódicos, las cafeterías abiertas, gente bien vestida que iba y venía arrastrando sus maletas de mano, gente que llegaba o salía a diversos lugares de Italia, caminé hasta el chequeador automático de boletos y avancé hacia los andenes, llegué a mi tren diez minutos antes de que saliera, el movimiento de personas, la bulla que hacen los frenos de los trenes es un sonido especial que solo se siente ahí, observé todo, había vapor en el ambiente, se mezclaba con el olor a café y sandwichs, observé a todos muy abrigados, hacía mucho frío, esperábamos nos dieran la orden de subir a los vagones.

Puntualmente a las 6:20 nos dejaron subir, me acomodé en una cabina que estaba vacía, no había mucha gente a esa hora, solo recuerdo el frío tan tremendo que hacía, creo que casi cero grados, el cuerpo casi se me sacudía no me servía ningún abrigo que me puse, medias pantys, pantalón de lana, otro pantalón más y mis bluejean, Dios, creí que iba a morir congelada, el vagón estaba helado hasta más no poder, tenía mi gorro y guantes de lana, botas, tres pares de medias, una gruesa camiseta, dos sweters, una chaqueta más un abrigo de piel encima que me hacía ver como un oso, tenía las manos y pies helados pero me sentía integrada a la vida italiana, observaba cada cosa en la estación de trenes, cada cara era para mí una historia, una vida, en eso el tren comenzó a moverse y emprendí mi viaje soñado a Firenze, no puedo describir la emoción que me embargó en ese instante.

El día comenzaba a abrir, pasamos varias paradas y llegamos a Latina, qué gris estaba el día, qué lluviosa travesía y comenzamos a pasar lugares y sitios, en una oportunidad ví como un campo, eran como una zona de montaña todo estaba blanquito en la superficie, ahí entendí que hacía cero grados, pero el paisaje se veía hermoso. Tuve la suerte de viajar sola en un cubículo de cuatro y pude estirar las piernas para no llegar tan incómoda, a esas alturas los ojos ni se me veían de lo que me envolví con la bufanda cuello y cara.

El tiempo pasó volando y a las 10:15 am llegué a la romántica Firenze, lo primero que vi fue una antigua estación con sus adoquines negros en el piso, salí veloz sin reparar en pedir un folleto turístico de la ciudad, algo de lo que luego me arrepentí, llegué demasiado como apurada por visitarla toda o por lo menos lo principal que podría ver de ella en tan pocas horas. Lo confieso, tenía un amigo de Facebook en esa ciudad, pero no me sirvió de nada porque desapareció increíblemente cuando le dije que iba, en fín, cosas que pasan y así me lancé a la ciudad a visitar Firenze.

Lo primero que vieron mis ojos fue una pequeña iglesia que era Santa María Novella que está pegada de la Estación de Trenes, pequeña pero muy bella y delicada arquitectura y pinturas en su nave central, al lado hay un pequeño museo que no pude visitar. Comencé a caminar casi sin rumbo, como haciendo de‘tinmarin de dopingüe’ porque no sabía hacia dónde me dirigía, con mi bastante avanzado italiano iba preguntando dónde estaba la Plaza del Duomo, fue lo primero que vi de Firenze, con una insistente y fina lluvia; por una callecita curva y empedrada me enrumbé a esa hermosísima y antigua plaza. Dios qué belleza de arte vieron mis ojos cuando arribé, ahí estaba yo, frente a la más hermosa obra del gótico que jamás pensé iba a conocer, pensé en su Arquitecto Di Cambio, Giotto, Pisano y los otros artistas que construyeron y pintaron semejante belleza, no sabía para dónde mirar, quedé en estupor, la plaza está cerrada para los vehículos y los Carabinieri cuidan con mucho celo que nadie entre con sus carros, solo las patrullas pueden entrar porque están pendientes de los turistas.

Pensé qué trabajo, imaginé las placas de mármol una a una instalándolas, con qué mimo trabajarían estos eximios artistas para haber construido y pintado esa belleza inigualable, me sentí enanita ante la majestuosidad de su tamaño y sus puertas abiertas que a lo lejos veía y me invitaban a entrar, son tantos los lugares que no sabía cual escoger, miré en rededor y escogí entrar a Santa María Reparata que es la misma Santa María del Fiore, qué excelente escogencia, ví los más hermosos frescos religiosos del renacimiento temprano y el gótico mezclado en bellos frescos en el techo y en la cúpula con sus ábsides primorosamente pintadas con paisajes bíblicos, esculturas, altares, los pisos de mármol de colores que jamás había visto, todo era digno de admirarlo por horas, no sabía hacia dónde dirigir mis ojos y mi cámara, creo que hice como cien fotos ahí nada más, me quedé más de una hora, recuerdo que había un nacimiento hermoso al medio de la iglesia y me paré a pedir al Niño Jesús que no me dejara desmayar, observé detenidamente su rostro y me pareció el más bello que jamás había visto, ya me quedaban pocos días para irme y no quería hacerlo, por mí me quedaba un mes más, todo era tan delicadamente hermoso, había un árbol de navidad de metal con velas, dice la tradición que quien prende una de sus velitas nueva, vuelve, pues prendí la mía con el deseo viviente de regresar, pero lo haré en verano.

Ese fue un día demasiado mágico, hice algunas filmaciones y salí presurosa a ver más y tomar fotos del campanario y los otros monumentos, hice un recorrido un poco rápido porque me esperaba mucho aún, hice las fotos de rigor y me enrumbé por una callecita hermosa que me llevó a unos bellísimos portales a una enorme plaza, era la Piazza della Reppublica, miré así como a vuelo de pájaro todo alrededor, la gente, sus ropas, sus caras alegres y amables, el olor, el sol que abría tímidamente en el cielo gris, me llamó muchísimo la atención el carroussel victoriano que está de un lado de la plaza, quería fotografiarlo todo y sentarme en los cafecitos de la plaza pero el tiempo y la falta de dinero me apremiaban.

Qué hermosísimos palacios, hubiera querido poderme quedar aunque sea dos días para fotografiar cada uno de esos monumentos, la belleza de la arquitectura del arco de la Plaza de la República, me imaginé ahí con los artistas en sus andamios cuando construyeron eso, cómo habría sido? Me vi de pronto guindada con algunos de ellos colocando los mármoles tallados, me sentí que pertenecí a esa época renacentista en esa Firenze con sus calles todas húmedas, grises y frías. No pude detenerme mucho ni seguir más adelante porque el reloj controlaba mis pasos, estaba un poco perdida pero seguía adelante. En un santiamén cambié de rumbo y caminé por una calle con negocios cerrados porque ahí todos cierran sus negocios a medio día, sería como la una del día, mis pensamientos en mi casa con un plato de comida caliente, ya me había comido los sándwiches que había llevado para el camino y mis mandarinas salvadoras, me quedaban dos para el regreso, los olores a comida italiana me alborotaban aun más el apetito, Dios qué increíble, era hora de almuerzo, las personas normales comen a esa hora y yo caminando en una calle de Firenze con una lluvia insistente no muy fuerte y con un frío tremendo, donde más o menos veía de comer, era muy caro, no me alcanzaban los euros, menos mal que siempre habían pizarras afuera con el precio de la comida, así que no pasaba la pena de preguntar.

De pronto tenía necesidad de entrar al baño, porque el frío iba haciendo sus estragos, en fin, entré a un restaurante y la gente muy amable me prestó el servicio, no tengo que contar que me alimenté a olfato puro, porque olía como a comida de dioses. Seguí mi camino viendo algunos negocios que no cerraron y veía los pequeños espacios donde funcionan, lo antiguo de los locales muy bien cuidados, visité un negocio de antigüedades, qué bellezas vi, pero no podía detenerme mucho, seguí por sus aceras estrechas y la fina garúa sin fín que son características de la Firenze de invierno, con gente muy abrigada y yo seguía caminando sin rumbo, cualquier cosa era buena, no sabía ni cuánto me había alejado de la estación de trenes, tenía ansia de conocer todo y era tan poquísimo tiempo.

Seguí caminando en una calle sin fin que ya no veía nada y comencé a asustarme porque ni veía gente, hasta que llegué a una plaza pequeña, era Porta Roma con unos inmensos portales en piedra negra, de pronto vi a mi izquierda, había mucha gente y una entrada como a algún recinto, luego me enteré que era la Universidad de Arte de Firenze, ahí a un lado estaba estacionada una camioneta antigua y mucha gente comiendo parada, muchachos y gente mayor, de pronto me acerqué para ver qué era y no entendía bien qué era lo que vendían hasta que vi un gigante sandwich con algo de tomate, era mondongo hecho a la italiana con salsa de tomate, laurel y vino, el olor era supremo, pensé inmediatamente en que no tenía tanto dinero y como todo en la vida, primero observé y ví los precios decía 1 Euro.

Ok, me dije aquí puedo recuperar fuerzas, el sandwich era inmenso, el señor me preguntó si quería un bichieri de vino, le digo uno pequeño pensando en los estándares de aquí, pues no, era uno como los de jugo grandes, full de vino tinto, Dios me dije, esto es una bendición y me puse a comer ahí entre profesores y alumnos el mondongo más riquísimo que me haya podido comer, bañado en tomate al vino, el olor era exquisito, una verdadera delicia, creo que si no tomaba algo caliente me iba a desmayar, es que tenía que llegar a ese lugar porque sí, comí lentamente disfrutando esa riquísima comida, me tomé el vino de a poquitos, estaba reviviendo, entré en calor, ya tenía los pies entumecidos del frío, escuché hablar a los muchachos, a los profesores sus cosas de estudio, como cualquier profesional preocupado por sus alumnos, estuve lo necesario y pagué, no gaste ni 2 Euros, increíble y tremendo snack que me hizo volver a la vida.

De pronto sentí un hermoso calor en el cuerpo y no tenía más los pies entumecidos, sentí mi cara enrojecer un poco, pero tenía una sensación divina de calidez, volví a la vida, inmediatamente pregunté por la Universidad si uno podría entrar a visitar porque veía de afuera algo así como edificios medievales con un gran parque y caminerías, se veía un jardín muy hermoso, los espacios eran muy amplios y bellos, demasiado grandísimos los jardines con sus árboles totalmente desnudos y ya no me daba tiempo de entrar totalmente, di una pequeña vuelta a sus espacios y me devolví, ya iban a ser las dos de la tarde y pensaba en no perder el tren.

Comencé a bajar hacia Ponte Vecchio y me maravillé con todas esas calles lindas que vi a paso de soldado, en algunos sitios me tomé las fotos pertinentes e hice interesantes filmaciones de la vida cotidiana de Firenze, conocí el estudio de un pintor, hay muchos pequeños estudios de pintores en Firenze, mucho artista entre sus callecitas, uno pinta mejor que el otro, qué arte, qué manos, qué dedicación le prodigan a sus bellas pinturas, todo es mágico en Firenze. Seguí bajando buscando el río y de pronto vi Ponte Vecchio de lejos, en ese momento una ráfaga de luz se encendió para mí, salió el sol e iluminó todo el puente y pude hacer una hermosa foto, caminé hacia su estructura, qué bello, cuentan que el primer puente era totalmente de madera, vi su pequeño monumento, me hice la infaltable foto, ahí estuve unos 15 minutos y seguí camino pues estaba lista para seguir al Museo Uffizi que ni sabía dónde estaba, la intuición me iba llevando, la gente, el olor, no sé, era como que estaba caminando lo que ya conocía, eso es demasiado mágico, hay que estar sobre las calles de Firenze para sentir lo que a mí me pasó allá, fue increíble y lleno majestuosidad.

Bajé de Ponte Vecchio y ahí se me terminó la magia, porque al bajar uno tiene que dirigirse hacia la derecha y me confundí, todo por culpa de un hombre de medio oriente que se me pegó como un chicle, me habló, fui amable, le contesté y el tipo no se me despegó más, que situación tan horrible, no veía a ningún Carabinieri para decírselo, fue una situación incómoda, el tipo queriendo sacarme la cámara o el celular para tomarme fotos, me hablaba en un italiano horrible que casi no lo entendía, fue una situación límite, yo ni hablaba ya, el tipo al lado mío hablando no sé qué, molestando y yo con miedo a que me hiciera algo, tenía fastidio, trataba de zafarme del tipo y el tipo ahí como lamparita, entonces caminé de frente, vi las joyerías hermosísimas, me extasié en muchas vitrinas iba viendo los edificios antiguos, la gente, su forma de vida, simplemente seguí caminando y dejé atrás por unos metros de dirigirme a la zona del Museo Uffizi.

Ahí tenía yo al lado a un árabe enamorado que me hablaba todo amartelado como si me conociera, recién me había visto e iba hablando promesas de amor, eso fue demasiado loco, quería mi número de teléfono para llamarme a Roma, no se cansó de decirme palabras bonitas y casi que me propone matrimonio creo, fue demasiado chistoso y bizarro a la vez, pero de haber sido conocedor, me hubiera hecho ir a la zona del Museo Uffizi, en fin, no todo mundo sabe de cultura estando en una ciudad tan bella, para cuando vi la hora eran las 4:30 de la tarde y estaba muy lejos de la estación de trenes, me entró como pánico porque si perdía el tren, tendría que pernoctar en la Estación, era como una situación límite, ahí el tipo me hizo cortar camino, me brindó un café y me ayudó a ir por unas callecitas muy concurridas con gente y carros, así por varias cuadras recovequeando; casi corriendo llegué a la estación pasados unos minutos de las 5 pm, estaba bastante lejos, confieso que si no es por ese encuentro, aun que me fuñó la visita a la Plaza del Museo Uffizi, hubiera perdido el tren, conocía la ciudad y me condujo a la Estación por otras calles, se lo agradecí, a esas alturas tuve que darle mi teléfono, pero uno falso así como un mail falso, Dios, las cosas que le pasan a una en los viajes, son como de película o sólo me pasan a mi?

Así dejando esa estela loca y las hermosísimas calles de Firenze, sus iglesias y sus hermosos puentes medievales, llegué a la carrera a la estación de trenes, con un dolor de pies mortal no sé si era el frío o la caminata de siete horas con tacones, llegué con el tiempo necesario para pasar el boleto por la maquina y subir a las voladas al tren, encima me olvidé de chequear el boleto y tuve que bajar volando del tren y correr a chequearlo porque se iba, fue demasiado agitado eso y no me pregunten por el árabe porque ahí estaba en el andén con cara de carnero degollado pidiéndome permiso para visitarme en Roma, hoy me acuerdo y me da mucha risa porque el tipo estaba con cara de esperanzado y yo anonadada viviendo una situación loca. La tarde caía ya como noche, entré al tren y la puerta se me cerró detrás, fue como en las películas, un tipo ahí parado afuera que lo veía a través de las ventanas del tren porque iba caminando casi corriendo para que le contestara si lo iba a llamar,como que si era el amor de toda mi vida, ya a esas alturas me dio susto que el tipo sería medio psico y me dije, por un pelo y me quedo y encima con ése loco.

Qué aventura y qué ganas de haber visto todo lo que me falto, esa fue una visita loca pero que la llevo en el corazón con las mejores fotos de ese bello recuerdo de mi visita a la Toscana de Firenze, sin las flores de primavera ni el sol que hubiera añorado, pero con la delicia de un invierno encantador, gris y de una ciudad presurosa en ebullición plena como lo es Firenze. En el tren de regreso llevaba en la retina el día fabuloso que pasé, esas calles grises y llenas de personas en tanta actividad, turistas por todas partes, un pedazo de mundo que vive en constante movimiento, el frío tremendo que casi me doblaba, pensaba qué de cosas no habrán más de bellas para verlas, hasta pensaba que me hubiera quedado a dormir en la estación, quería ver más de Firenze, sentía que no vi nada, quedé con un gusto roto de súbito, quería más de la ciudad cultural, sabía que había visitado muy poco, pero me fui con el corazón lleno de que algún día volvería, me lo prometí.

Iba en el tren detallando cada lugar, esos puentes con sus postes de luz antiguos de bronce tallado, demasiado espectaculares, un pequeño estudio antes de Ponte Vecchio de un pintor que me enseñó bellezas de sus pinturas, hubiera querido quedarme toda la tarde ahí, cada calle empedrada se me venía a la mente, cada monumento que vi en la más bella ciudad de la cultura de Italia; ya ni sentía el frío y me iba riendo del árabe enamorado que me salió allí, que dicho sea de paso ni me acuerdo el nombre, sólo me acuerdo que era muy chiquito y a mí me gustan los hombres altos, creo que de haber sido un italiano le hubiera dado todas mis señas.

Llegué a Roma a las 8:30 de la noche, con la retina llena de todo un día de belleza inusual en la ciudad más hermosa de la toscana..., Firenze y me dije, volverás Rocío, volverás! Y todas esas bellas experiencias lo resumí en un bello poema a Firenze: A FIRENZE Entre lluvia toda humedecida amaneces, escoltada de tu campanario gótico duermes... te circundan iglesias imponentes, con sus blancos mármoles a cuestas, sacro tu techo de ocho lados, tus calles como vericuetos empedrados, caminos estelares húmedos, llevan hacia el Arno sinuosos... el frío decembrino golpeando el rostro, los árboles desnudos en silencio mudo, no dejaron oír el canto de las aves, por el gris de tu cielo calostro, tu agua de los cielos bendita, con tu lluvia serena y constante, te atraviesan celosos tus puentes... con sus arcos abiertos de luces, conducen al más viejo existente, tus calles senderos radiantes, despiertan alegres al amor incitante, sueños que brotan a cascadas, entre los castillos perfumados de rosas, reluce famosa su calle de oro, deleitando las estancias del alma.... cae la noche en un sendero de versos.

Rocío Chalco Vargas Maracaibo, Venezuela

Un viaje a la Toscana, siete horas en Firenze®

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Autor: Rocío Chalco Vargas
Enviado por Rosa5de5Azafran - 29/10/2013
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