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El metro. Línea 5: Sagrada Familia

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Desde que me sucedió el percance no he sido capaz de salir de esta habitación. Llevo varios años encerrado. He perdido a mi novia, ahuyentado a los familiares más cercanos. Los amigos también fueron desapareciendo; no entendieron mi reacción, mi silencio. Sólo recibo la visita cada 1º de mes, por expreso deseo mío de mi madre. No soporto verla sufrir. Llega cargada de víveres, ropa limpia y se pasa el día arreglando el apartamento y cocinando. A veces la sorprendo mirándome y las lágrimas, mudas sobre sus mejillas resbalan hasta perderse en su pecho. Me parte el corazón no poder hablar con ella, pero es que desde el percance no ha salido una sola palabra de mis labios, por eso he decidido escribir lo que pasó aquella noche, ahora, cuando los cuervos ya han dejado de vigilarme y él parece que ya no viene a reclamarme. Llevo algunos días que puedo conciliar el sueño. Me he acercado hasta la ventana tapiada por la persiana y he sentido la luz del sol como una promesa… Aún no soy capaz de mirar a través del cristal desnudo, tal vez solo sea una treta, una trampa que él me pone para atraparme.

 

Todo comenzó aquel día de verano.

 

Yo tenía 24 años y se habían acabado las clases en la universidad. Por fin iba a recibir mi título. Mi madre y yo íbamos a celebrarlo comiendo en un pequeño restaurante cerca de casa. Nos despedimos a media tarde. Tenía que presentarme en las oficinas del metro, pues esa misma noche, gracias a un amigo que trabajaba de guardia de seguridad, yo trabajaría, durante los meses de verano, también allí y debía ponerme al corriente de mis obligaciones. Me dieron un uniforme y se me asignó una taquilla, donde debía guardar mis pertenencias. Luego me dieron un plano del metro y me indicaron dónde debía hacer la guardia.

 

Sobre las 21 horas me puso el uniforme y con un libro, el tabaco y un café bien cargado, obsequio, por ser mi primer día, de una joven muy agradable del bar, me encaminé a donde debería permanecer toda la noche haciendo guardia.

 

Los andenes estaban llenos de luz y a pesar de ser la última estación de la línea 5, estaba llena de gente que esperaba pacientemente la llegada del transporte que los llevaría de regreso a su casa. Miré con simpatía a un par de chicas que se rieron cuando yo pasaba, no podía culparlas yo también me había reído al verme en el espejo.

 

Dejé la luz atrás y según iba bajando por unas escaleras la oscuridad se iba abriendo paso; me adentré por un largo pasillo que parecía no tener fin. Por un momento creí que me había perdido, intenté volver hacia atrás y fui a parar a un nuevo pasillo. Decidí consultar el mapa que me habían dado; a duras penas podía leer las instrucciones. Me acerqué a una pequeña lámpara roja que descubrí a unos metros de donde yo estaba, empotrada en la pared. Un ruido a mis pies rebeló que no estaba sólo: unos ojos brillaron en la oscuridad, luego otros y otros; me sorprendió el número de ratas que me observaban. Apresuré el paso consciente de que aquellos perversos ojos me seguían. Corrí durante unos minutos para alejarme de aquel túnel húmedo y putrefacto. Llegué hasta otro túnel, sería por el que ya había pasado?. A medida que avanzaba por él el techo y las paredes cada vez se acercaban más a mí por un momento tuve la impresión de que iban a engullirme. A mi espalda sonó una voz: hola, eres el nuevo vigilante?. Un hombre con mono azul se dirigió hacia mi. Al explicarle que me había perdido, dijo que era natural que al principio les pasaba a todos y como si andara por su propia casa me dejó enfrente de una garita de cristal, iluminada por una mortecina luz amarillenta haciéndola parecer, en la oscuridad, una enorme luciérnaga amaestrada.

 

Entré en la garita y cerré la puerta con cuidado. Me senté en la silla frente a los monitores, que enfocaban diversos túneles y pasillos por los que sólo se adentraban los empleados del metro. Me acabé el café ya frío y me dispuse a pasar la noche leyendo. De vez en cuando miraba a los monitores, convencido de que en aquel extraño lugar nunca pasaba nada.

 

Así pasaron varias noches. Decidí llevarme un termo de café y unos bocadillos, así como una lámpara supletoria para poder leer mejor.

 

Recuerdo que aquella noche hacía mucho calor. El uniforme se me pegaba al cuerpo y a pesar de las órdenes de qué en todo momento debía de llevar la gorra puesta , yo en cuanto llegaba a la garita, me la quitaba. Serían sobre las tres de la madrugada. Debí de quedarme dormido mientras leía. Me desperté sobresaltado y vi una sombra en la pared . Salí de la garita, grité a la oscuridad y seguí a la sombra hasta donde acababa el pasillo. ¿A dónde había ido?. No había ninguna puerta por la que poder escapar. Supuse que había tenido un mal sueño y volví a la garita. Cerré la puerta con el pasador y miré atentamente los monitores. Nada, ningún movimiento.

 

Llamé por el teléfono móvil a mi compañero que hacía guardia en los andenes de la estación para saber si había bajado para algo. Me contestó que nó. Cachondeándose me dijo : a ver si ha sido el fantasma del metro. Y entonces me contó la historia. Hacía muchos años un hombre que trabajaba de guarda, había secuestrado a varias jóvenes, las llevaba hasta las profundidades del metro y allí las mataba. Solían ser encontradas en un vagón sentadas, desnudas, degolladas y con los pechos cercenados. Se sospechó de algún trabajador del metro. Un día después de mucho vigilar un guardia que había apostado en el metro, vio como el guarda se llevaba a una joven a rastras hasta su guarida. Después de darle el alto, soltó a la joven y se inició una persecución que acabó cuando al parecer el metro lo arrolló. Nunca se pudo encontrar su cadáver.

 

Desde entonces decían que algunas noches le habían visto vagar por los túneles vestido con su uniforme de guarda y con un cuchillo en la mano.

 

Desde luego la explicación en lugar de calmarme me puso más nervioso. Volví a mirar los monitores para tranquilizarme y en uno de ellos parecía como si hubiera algo o alguien. Cerré y abrí los ojos y ya no había nada.

 

Cogí el libro y decidí entretener mi mente atormentada. Cuando levanté la vista para mirar a los monitores frente a mi y al otro lado del cristal había un hombre uniformado que me miraba fijamente. Sus ojos brillaban como ascuas en la oscuridad y en su mano derecha empuñaba un cuchillo. Grité como un loco. El siguió mirándome sin decir nada. El cuchillo brillaba como un talismán en la negrura. Cerré los ojos mientras rezaba. Al abrirlos de nuevo, ya no estaba allí.

 

Algunos trabajadores llegaron corriendo a mis gritos. Les expliqué lo sucedido. Me miraron y rieron. Tranquilo muchacho, me dijeron, tranquilo… no hay nadie.. Uno trajo una botella de coñac y me sirvió un trago. Ya más tranquilo me senté y les dije que estaba mejor. Antes de irse me dijeron, señalándome una fotografía que hasta ese momento no había visto y que estaba pegada en la pared de la garita, éste es el guarda que dicen que mató a tantas mujeres. Cuando me volví para mirar la fotografía vi que era el mismo hombre que había visto tras la cristalera.

 

No volví más al trabajo. Me encerré en esta habitación y hasta que ese espectro salga de mi vida, aquí permaneceré oculto a su mirada.

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Autor: Mary Carmen
Enviado por marycarmen - 16/07/2012
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