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"El ángel intruso" (Capítulo 8, final)

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"El ángel intruso" (Cap. 8, final)

 8

 Como los expertos de Inteligencia supusieron, Albert se dirigió a la cumbre de los mandatarios. Sin duda se trataba de la gente más poderosa del planeta, y, por ende, la que tenía mayor capacidad de cambio ante la sociedad mundial. Antes de hacer eso visitó a J. Drag, que ahora hacía llamarse Jimmy Courtfield, que estaba retenido en otro lugar de la base, pues también le habían apresado para interrogarle y hacerle diversos tipos de pruebas, y estuvo conversando con él durante un par de minutos, los suficientes para decirle que no tuviera miedo porque las cosas cambiarían pronto. No hubo tiempo para mucho más, a pesar de que Jimmy tenía verdadera ansiedad de hablar con él y de preguntarle muchas cosas pues tenía la convicción que era una especie de mesías, o ángel, más concretamente “un ángel intruso en un mundo malvado y ruin”, o, al menos, así le había llamado. Se quedó muy tranquilo y satisfecho en su habitación. Como en estos casos, el cordón de seguridad era extraordinario. Abandonando la sede natural de las conferencias en Ginebra, esta  vez la reunión iba a celebrarse en Washington DC. Allí estaban prácticamente todas las agencias: la CIA, el FBI, la NSA y la policía. Albert no se escondió ni trató de pasar inadvertido, simplemente se mezcló entre los numerosos curiosos y los que aprovechaban el momento para manifestarse por más igualdad social, que estaban por fuera del Capitolio, sede del Congreso, y la policía le interceptó, en concreto un grupo de cinco agentes. Dos de ellos se le acercaron y le pidieron que levantara las manos. La gente, al instante, abrió un amplio corro alrededor de ellos. Él lo hizo sin oponerse en absoluto.

-          Muy bien amigos, aquí estoy. Detenedme si es preciso.- Dijo él y dos agentes se le acercaron y le cachearon, poniéndole boca abajo. Una vez que comprobaron que no iba armado le mandaron que se pusiera de pie.- Está bien, sé que solo hacéis vuestro trabajo. Eso está bien.- Continuó él con semblante tranquilo pero uno de los agentes le cogió bruscamente el brazo y se lo retorció para ponerle unas esposas. El otro le apuntaba.- Sé que os preocupa el futuro, como a mí. Os preocupa el día de mañana, el futuro de vuestros hijos y el vuestro propio... Este mundo no es muy halagüeño, ¿no es así? Pero no tiene por que ser así. Puede cambiar. Y sé que va a hacerlo. ¿No te gustaría que tus hijos viviesen en un mundo mejor de lo que lo es en la actualidad? ¿Qué vivieran en un lugar donde el odio y el miedo no fuesen el pan de cada día?

-          Sí, por supuesto.- Contestó el agente que le apuntaba. -Entonces bajo el arma, como si de pronto algún tipo de droga le hubiese dejado sereno y dócil. Después de eso se quedó como reflexionando, atrapado en un pensamiento continuo.

-          No es necesario que hagas eso. No soy peligroso. Busco lo mismo que buscas tú, lo que todos buscamos.- Después de eso el policía que había acabado de ponerle las esposas pareció caer en el mismo estado de trance que su compañero y comenzó a quitarle las esposas. Los demás bajaron las armas y se quedaron en un estado pasivo, no como si estuvieran sin voluntad si no como si de repente hubieran comprendido que habían cometido un error, excepto el último que miró inquieto lo que acababa de ocurrir, como tratando de salir de ese desvarío.

-          ¿Qué ocurre?- Preguntó al ver como sus compañeros tomaban esa actitud pasiva y sumamente inaudita.- ¿Qué coño hacéis?- Después de eso dio un par de pasos hacia Albert con intención de colocarle de nuevo las esposas o algo mucho peor, golpearle tal vez.

-          No es necesario.- Le dijo uno de ellos.- Solo trata de ayudarnos.

-          Sí, solo trata de ayudarnos.- Manifestó otro.

-          Claro...- comentó este cayendo también en ese trance insólito.- No es necesario, solo trata de ayudarnos.- Y guardó la pistola.

   Entonces le dejaron ir, y se mezcló en medio de la gente, y esta se arremolinó en torno a él, ocultándolo.

  Salió de allí y cruzó el primer cordón de seguridad. Se introdujo entre los periodistas. Estos fueron pasando a través del perímetro del edificio, atravesando el segundo cordón de seguridad mientras sus credenciales eran minuciosamente investigadas. Uno de ellos, que tenía cierto parecido físico, “voluntariamente”, le ofreció la suya, y eso, unido a sus dotes persuasivas, le hizo penetrar con el resto de corresponsales hacia una pequeña sala de conferencias, donde habría en breve una rueda de prensa dada por el portavoz de la conferencia. Este entró rodeado de un sequito de cuatro personas y se sentó detrás de una mesa, dispuesto a comenzar el evento. En ese instante un escuadrón de ocho hombres provistos con dispositivos anti-agentes bioquímicos y portando metralletas de asalto hizo acto de presencia de pronto, asustando a todo el mundo. Realmente asustaban con las máscaras, las gafas y las armas, y se desplegaron por toda la habitación hasta que le identificaron. Uno de ellos le disparó un dardo con una potente toxina. Albert al instante cayó al suelo, sin sentido. Los soldados se lo llevaron de allí a cuestas, entre el revuelo y la conmoción que esto había causado. Uno le dio instrucciones al oído al portavoz y entonces comenzó la rueda de prensa, ante un aluvión de preguntas.

  A él le depositaron en una habitación trasera dentro del hemiciclo. Dos guardias le custodiaban afuera, pero permanecían tranquilos, esa toxina podía tumbar a un elefante. Al instante apareció el Mayor Black, mostró su acreditación especial y relevó a los soldados de ese puesto. Entró en la habitación. Albert permanecía inconsciente en una camilla, a oscuras. Encendió la luz. Albert entonces abrió los ojos y sonrió levemente.

-          Te estaba esperando.- Comentó tras incorporarse.

-          ¿Es cierto? ¿Todo lo que dijiste?- Preguntó el militar con un gesto duro en su cara.

-          Sí, lo es.

-          Todo resulta tan extraño... Conozco tus habilidades y sé que explicación tiene pero, no puedo luchar contra ellas. Ahora me siento tan diferente... No sé que me has hecho...- Albert le miró afablemente.- Llevábamos un tiempo controlándote. Todo ocurrió cuando alguien nos hizo llegar el informe del Doctor Murria. La naturaleza que hay en ti es... portentosa... Eres como un milagro. Se supone que estoy entrenado para solventar situaciones complicadas. Se supone que debía informar a mis superiores, llevarte ante ellos. Es más, se supone que deberías estar muerto; pones en peligro todo el sistema. Hay demasiado envuelto en ello. Pero algo me retiene, algo dentro de mí ha cambiado..

-          El cambio es profundo.- Dijo Albert poniéndose de pie.- Actúas así por que algo dentro de ti dice que es así cómo debes actuar. Eso es bueno. Significa que estás comenzando a romper las viejas ataduras, que estás comenzando a evolucionar, a pensar por ti mismo. Nada ocurre por que sí, ten paciencia...

-          Pero eso significará el caos, la anarquía. El gobierno no lo permitirá, lo impedirá a toda costa, te matará. Tienes que huir. Lejos de aquí. Ellos no quieren que nada cambie, ni siquiera a mejor, quieren que todo continúe como hasta el momento. No les interesa que se sepa la verdad, que se eviten las guerras, el hambre, la explotación indiscriminada. Conservarán su status cueste lo que cueste...

-          No se trata de anarquía ni de caos. Créeme. Es un estado tan armónico y superior que casi la única ley que el hombre se impone a sí mismo es la de su propia conciencia, libre de ese ego destructor del pasado. Aprenderemos a desprendernos de lo superfluo, de lo insustancial, de toda aquella maldad que aprisiona nuestras almas y nos hizo, durante mucho tiempo, seres vulnerables, egoístas y crueles. El ser humano se depurará, poco a poco, cambiará...- Le miró con afabilidad.- Ahora solo queda una cosa por hacer.

  Salió de allí y desapareció por el pasillo ante su vista. Se dirigió en realidad al hemiciclo, donde la reunión se llevaba a cabo, y allí los principales líderes políticos debatían sin cesar sobre sus propios intereses, sus posturas políticas y sus estúpidos tratados que solían incumplirse. Albert apareció desde la parte más alta del anfiteatro. Los observó a todos, sintió la inseguridad, el miedo, la división, la incertidumbre que ellos abrigaban, y sintió lástima por la especie humana. Comenzó entonces a bajar por las escaleras en dirección al presidente y moderador, que permanecía en una pequeña plataforma. Todo el mundo cayó entonces en la cuenta de su presencia. Extrañamente, nadie dijo ni hizo nada, tan solo le observaron con atención e incredulidad, mientras bajaba las escaleras y se acercaba al moderador con naturalidad. Se acercó a él conociendo su destino, sí, conociéndolo y aceptándolo, y este llegó un par de segundos más tarde en forma de certero disparo que un francotirador, que permanecía oculto, y obedeciendo órdenes, realizó, segando su vida en un instante. Albert cayó al suelo, pero esto sirvió para que su cuerpo comenzara a liberar millones de “retrocélulas reparadoras”, que se propagaron por el aire como un agresivo virus y se expandieron a través de los presentes, infectándolos, produciendo más y volviendo a expandirse, como una plaga, y entró en sus corrientes sanguíneas, y a su vez se multiplicaron exponencialmente, taladrando el ADN, modificándolo, subsanando el mal que había en nuestra naturaleza, las mutaciones del pasado. La tara genética que hizo del ser humano un ser cruel y malvado fue enmendada, y así, una vez más, la muerte de un solo hombre salvó a la humanidad...



Fuente: http://es.scribd.com/
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Autor: Francisco Sánchez
Enviado por fanchisanchez - 16/10/2012
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