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"El ángel intruso" (Capítulo 5)

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5

  El viejo vagabundo logró convencer a un grupo de indigentes del albergue para que se fueran a un escampado que había no muy lejos de allí a jugar un poco a fútbol. Cómo lo consiguió era un auténtico misterio pero el desconocido vagabundo conseguía ser muy persuasivo cuando él quería. Una vez allí, costó un poco que se metieran de lleno en el juego, incluso que estuvieran dispuestos a jugar, por que, en principio, les había dicho que iban a hacer algo diferente, pero el viejo se puso el traje de comediante y comenzó a decirles que se imaginaran que aquello era el estadio del los Bucaneros de Tampa o de los Jets de Nueva York, y que la gente rugía esperando la final y aclamaba sus nombres y ese tipo de cosas y, contrario a lo que pudiera alguien creer, reaccionaron positivamente y, por un segundo, oyeron a la gente rugir y aclamarles como héroes y eso les impulsó a jugar, tal vez por que soñar no cuesta nada pero hacerlo es muy valioso para el alma y el espíritu. Bueno, al final terminaron jugando  apasionadamente, se cansaron, se golpearon, se revolcaron por el arenoso suelo, se ensuciaron, pero lo pasaron muy bien, como niños. En el transcurso del juego Claudio “el gusano”, como todos le llamaban al tipo que trató de quitarle los tenis al viejo en el albergue y al cual todos odiaban, les había seguido intrigado y se había quedado rezagado a unos metros, observándoles, primero con incredulidad, pero a medida que comprobaba lo bien que se lo pasaban, con cara desconsolada, pero sin atreverse a acercarse, se había sentido triste de no encajar en el grupo y no jugar con ellos, cosa que últimamente, había comenzado, extrañamente, a importarle, igual que había comenzado a experimentar cierto aislamiento y vacío que le desconcertaba y le fastidiaba. Su malhumor había disminuido y sus vicios habían comenzado a menguar de una forma casi milagrosa. Desde hacía unos días había comenzado a embargarle un sentimiento de fragilidad que le angustiaba. Se había abandonado a sus fantasmas, viéndose reducido a una existencia inconsistente y difusa. Claudio se plantó allí y les vio reír como niños. Ellos se divertían, lo pasaban bien, jugaban, compartían vivencias y él, sin embargo, sintió un pasado tan triste y árido que no experimentó siquiera satisfacción por el aire que respiraba, y menos aún al darse cuenta que, durante toda su vida, había sido una alimaña sutil y rastrera que solo había obtenido placer haciendo daño a los demás, siendo destructivo, y ahora se daba cuenta que eso también le destruía poco a poco a él mismo, y así creía que se despojaba de parte de esa frustración que le hacía ser perverso y estúpido. Percibió todas esas confusas y duras sensaciones con la rotundidad de un puñetazo en el estómago. Sintió pena de sí mismo. Se dispuso a dar media vuelta y largarse pues ya se había martirizado demasiado y entonces una voz le llamó:

-          ¡Eh amigo! Vamos, necesitamos un buen defensa, el flanco izquierdo está cojo...- Era el viejo vagabundo de ojos esmeralda.

  Claudio se quedó quieto, algo desconcertado, no sabiendo si se refería a él o si se trataba de una venganza cargada de ironía. Quiso decir algo pero su lengua no encontró las palabras precisas.

-          Vamos, hombre. ¿Quieres jugar o no?

-          Sí, sí...

-          Pues vamos, entra por mí.

-          Vale, vale.- Y se largó algo preocupado por si los demás iban a rechazarle e incluso impedirle que jugara.

  Al principio la mayoría de ellos se mostró algo receloso. Era evidente que no le caía bien a nadie, y los que menos, intentaban evitarle en lo posible. Pero a medida que comprobaron que se adaptaba al juego como cualquiera, si acaso con un entusiasmo extraordinario, le aceptaron y le incluyeron en el partido. Cuando terminaron de jugar estaban todos exhaustos y casi todos magullados, aunque a nadie le importancia eso. Se tiraron al suelo y se quedaron allí tendidos un buen rato, tratando de coger aire. Cayeron en la cuenta de lo sucios y desaliñados que estaban. Apestaban como a perros muertos. El viejo vagabundo de ojos serenos se sentó junto a ellos y comentó algo jocoso al respecto. Se le hizo difícil soportar el olor a sudor acumulado que enrarecía el aire.

-          ¿Qué os apetecería ahora?- Gritó uno de ellos.

-          A mí un buen bocadillo y una cerveza bien fría.- Contestó otro.

-          Sí, eso, eso.

-          Sí, pero antes, ¿no os pegaríais un buen baño?- Preguntó el viejo vagabundo.

-          ¿Un baño?- Repitió otra voz con cierta incredulidad.

-          Sí, un baño, un refrescante baño de “agua fresquita”...- Atajó con entusiasmo el viejo. Se levantó- Bueno, hoy es el día de las locuras, ¿no? Hoy toca hacer algo diferente, ¿no os parece? Se me ocurre una cosa, ¡vamos, vamos, levantaos, levantaos...!- El viejo se acercó a algunos de ellos y les tiró del brazo, y, sin ser su voz imperativa, si no más bien seductora y afable, todos le hicieron caso, como si estuvieran hipnotizados, y le siguieron al son de: “sí, vamos a darnos un baño, ¿por qué no?”

  Entonces se los llevó a una piscina municipal que había no muy lejos de allí. El portero quiso detenerles pero nada pudo hacer ante tal avalancha de decididos indigentes y vagabundos, que entraron escapando a los esfuerzos insuficientes de este con tal osadía que, después de comprobar que sus palabras no valían para nada, no pudo hacer más que quedarse boquiabierto mientras les observaba penetrar hacia el interior. Los indigentes se lanzaron a la parte menos profunda de la piscina formando gran estruendo, poniéndolo todo perdido y formando un gran bullicio. El agua, en poco tiempo se tiñó de un gris oscuro, pues llevaban ropas sucias y embarradas y ellos mismos tampoco iban demasiado limpios. Eso no les importó. Al resto de los usuarios sí, y se salieron protestando airadamente por tal repentina e impertinente invasión. Tampoco les importó eso, ellos siguieron a lo suyo, gritando y chapoteando, divirtiéndose, en definitiva. Por una media hora la piscina fue solo suya, hasta que llegaron varios agentes de policía y la diversión se acabó.

  Aparte de lo llamativa y sorprendente y hasta jocosa que fue la escena, pues los echaron a todos de allí, después de sacarlos con la colaboración de un par de vigilantes y socorristas de la piscina, la más absoluto perplejidad quedó grabada en los rostros de los bañistas, pero al viejo se lo llevaron a comisaría pues varios trabajadores, entre ellos el portero, le declararon el instigador de tal “proeza”. Una vez allí le tomaron las huellas y le ficharon con el nombre de “Albert Einstein”, pues, a falta de datos fidedignos, había algo en su expresión que a uno de los policías le recordó al personaje; esa sonrisa afable, esos ojos profundos y distraídos, ese pelo largo y blancuzco... Los cierto era que su fisonomía parecía evocar, en cierta forma, la del genial científico. Eso no fue óbice para que le llevaran al calabozo. Allí se encontró un variopinto grupo de gente, en su mayoría granujas y borrachos. Dos de ellos llamaron su atención con su conversación sobre cárceles y amigos comunes:

-          Sí, joder, la prisión estatal está mejor que la del Cerro. Te controlan menos y te dan más opciones, ya me entiendes. Solo tienes que saber elegir a tus amigos.- Comentó uno de los dos, un tipo delgado, fibroso y de ojos nerviosos y nariz afilada.

-          Claro, eso he oído. ¿Te acuerdas de “Jimmy Dragón”? Sí, ese que hace un año se peleó con “Marky Barracuda”. Está en la estatal por atraco, posesión de droga y no sé que más cosas.- Le contestó el otro.

-          Claro hombre, ese negrata hijo de puta que le llaman “J. Drag”, que tiene un tatuaje de un dragón en un brazo o algo así, ¿no?- El más alto y de pelo largo asintió- Era la mano derecha de Klove, “el cara cortada” según tengo entendido.

-          Sí, ese mismo, pues, el muy cabrón ahora dice que ha recibido la llamada del Señor- Ambos rieron estrepitosamente.- Sus mismos hermanos trataron de quitarlo de en medio.

-          Conociendo al “cara cortada” ese no me extraña.

-          El tipo le salvó el pellejo a un blanquito capullo. Los hispanos se la tenían jurada y los hermanos también. Era un “muerto viviente”, para que lo entiendas. Él mismo se la tenía jurada, y, de repente... plufff!- El tipo enjuto hizo un ademán de sorpresa.

-          Imagino que tanto esnifar le ha dejado tocado como una regadera. ¡Adónde vamos a llegar, joder¡

-          Habla de un viejo. Dice que un viejo le hizo una transfusión y que, a partir de ahí, comenzó a cambiar, le hizo ver las cosas con más claridad y ese tipo de cosas...

-          ¡Gilipolleces!- De súbito un tipo que estaba como aislado en un rincón del calabozo saltó como loco y fue hacia ellos. El tipo era delgado, de tez tostada y pelo muy corto que tapaba con la capucha de un suéter. Tenía los ojos inyectados en sangre, y parecía muy nervioso, como si tuviera el síndrome de abstinencia.- Conozco a ese tipo y es un auténtico hijo de puta. Hace un par de años le clavé un filo de unos diez centímetros y el tipo me partió la mandíbula de un puñetazo. Como si nada, ¿Entiendes? Puñeteros negros...- El tipo estaba desquiciado, irritable y no encontraba forma de canalizar esa irritación que la abstinencia le producía. De pronto su mirada se cruzó con la del viejo vagabundo.- ¿Qué miras joder?

  Albert había adivinado una maldad que se agazapaba dentro de su alma y que le resultó repulsiva y repugnante.

-          Tu propio veneno te está matando.- Le dijo con una voz directa y grave, como si no fuera suya.- Esa misma sensación que te atormenta y que nunca te sacia es la que te empuja a ser cada vez más mezquino.

  El tipo se acercó a él con cara desencajada, después de experimentar un profundo escalofrío al sentir como si aquel extraño penetrara en su interior con una claridad diáfana y exacta. Se acercó a él sin saber exactamente qué iba a hacer, si dar rienda suelta a esa bestia que se encontraba en su interior o tratar de dominarla delante de aquel variopinto grupo de desconocidos.

-          ¡Te conozco!- Dijo este con voz apacible pero a la vez firme, cargada de autoridad, mientras alargaba su brazo hacia él y hacía ademán de abrir su mano apuntándole con sus dedos al rostro, como si quisiera impregnarle de un influjo miserioso e invisible.- ¡Sé quién eres! ¡El monstruo que llevas dentro no me asusta en absoluto! ¡Mírame a los ojos! ¡Vamos mírame!- El tipo entonces no solo se frenó en seco si no que dio un pequeño paso hacia atrás, como si hubiera algo delante de él que le atemorizase. Entonces el tipo tuvo una súbita reacción violenta; haciendo un esfuerzo casi sobrehumano por salir de esa influencia intangible que le había frenado, lanzó un crochet a su mentón con toda la rabia del mundo, pero Einstein hizo un pequeño pero certero desplazamiento y esquivo la acometida, para, acto seguido, colocársele por detrás y agarrarlo como en una especie de abrazo, presionándole con una mano el cuello y con la otra atrapándole como un poderoso tentáculo que no le dejó apenas reaccionar.- Siente esa maldad, ese miedo, esa turbación que has disfrutando proyectando en los demás, siéntela...

-          ¡No! ¡No!- Gritó el delincuente tratando de zafarse de su abrazo, sin conseguirlo. Sus ojos entonces se rindieron ante una sensación profunda y lacerante que recorrió sus entrañas y en ellos asomó un miedo irracional y dramático que se proyectó hacia adentro, hasta que este comenzó a convulsionarse, y entonces el viejo le vio desfallecer, y el tipo, después de unos agitados segundos comenzó a hundirse en un letargo desconcertante hasta que perdió el conocimiento por completo. Albert entonces le soltó y se limpió las manos, pues fue tal el terror que ese desdichado había sentido que se había babado como un bebé asustado.

  Todos se quedaron pasmados, mudos. Tan solo uno de ellos, pasados unos segundos, se atrevió a balbucear: “¿Qué coño le has hecho?”

-          No le ocurre nada, tan solo le he tocado un punto de presión en un lado del cuello para que se relajara. Cuando despierte se sentirá como nuevo...

  En ese momento, antes de que nadie se atreviese a rebatir ese argumento, muy convincente, por otra parte, llegó un agente y abrió el calabozo.

-          ¿Qué le pasa a ese?- Preguntó al verle tirado.

-          Nada, nada, está durmiendo la mona, ya me entiende.

-          Bueno, vamos viejo, alguien quiere hablar con usted. Joder qué silencio, ni que alguien se hubiera visto un milagro.- Y con eso, el agente se lo llevó de allí.

 

    Jake, el policía que lo había llevado al albergue, le esperaba en un despacho. Le hizo señas para que se sentara pero él mismo se levantó, se dirigió a la persiana y la cerró, como si temiera que alguien pudiera espiarles. Después de eso se volvió a sentar frente a él y permaneció unos segundos en silencio, observándole con esos ojos profundos de sabueso que escruta a su presa cuidadosamente y que intenta ponerla nerviosa.

-          ¿Qué ocurre agente?- Preguntó el viejo con voz susurrante.

-          No lo sé, dímelo tú.- El vagabundo hizo una mueca de incertidumbre.- Por lo visto, los muchachos te han bautizado con el nombre de Albert Einstein.

-          Sí.- El viejo rió como si se tratara de un mal chiste.

-          Lo cierto es que, después de todo este tiempo, nadie sabe quién eres ni de dónde saliste.- Jake se detuvo en una pausa intencionada.- Todavía sigues siendo un fantasma.

-          Un fantasma...- Albert enarcó las cejas en un gesto de sorpresa.

-          Así es, ni huellas, ni documentos, ni nadie que te busque... nada de nada...  Un par de días antes que te encontraran un barco canadiense naufragó a unas millas de la costa... No hubo ningún superviviente.

-          ¿Y cree usted que puedo ser uno de ellos?

-          No, creo que no, me he preocupado de comprobarlo.

-          Pero eso no es lo que le preocupa, ¿verdad?- Afirmó el viejo como si le leyera la mente.

-          Bueno, las cosas han cambiado y, no sé por que, creo que todo tiene que ver contigo.

-          ¿Conmigo?- Preguntó Albert simulando sorpresa.

-          Sí, joder, contigo, no te hagas el tonto por que sabes perfectamente de lo que hablo.- Jake se levantó de su asiento. Parecía incómodo.- Aún no he olvidado lo que pasó en esa casa. He visto muchos casos como ese, y créeme, no suelen acabar así. Pero allí, ocurrió algo extraño...- Jake frunció el ceño como si reviviera el suceso de nuevo.- No sé explicarlo, como si algo hubiera “sedado” nuestros sentidos, o hubiese algo en el aire que nos manipulara... algo externo que disminuyera la tensión. No sé explicarlo, pero seguro que tú sí.

-          Y, ¿no te alegras de ello?

-          Bueno, digamos que me inquieta todo aquello que se sale de mi control, que no conozco, que me sobrepasa... De alguna forma, desde ese instante, algo ha ido cambiando en mí. Antes solía ser muy irascible, estaba siempre en tensión, nervioso, agobiado. Me relacionaba mal con la gente, sobre todo con mi familia, pero ahora...- Jake se volvió hacia él y le miro con intensidad.- No sé, ¡es distinto, joder!

-          Todo lo que ocurre a nuestro alrededor escapa a nuestra voluntad.

-          Es posible.- Comentó el policía comprendiendo que su interrogatorio no iba a dar los frutos que él había deseado.- Es extraño. Últimamente siento que dentro de mí está naciendo otra persona, como si alguien oculto hace muchos años tratara ahora de imponerse, alguien mejor que yo, mucho mejor. Soy capaz de controlar mis impulsos, mi mal genio... Estoy comenzando a sentirme diferente, menos estresado y áspero. Mi tensión incluso se está estabilizando, tanto así que cada vez necesito menos las pastillas...- Jake aspiró un poco de aire dejando a un lado su disposición defensiva y adoptó un matiz más distendido e íntimo.-  No entiendo por qué no quieres hablarme de ello, pero sé que tiene que ver contigo, aunque no de qué forma ni cómo... Cualquiera lo tomaría como una mera casualidad, pero soy policía, no lo olvides, y no creo en las casualidades… Sé que le diste sangre a “Jimmy Dragón” hace unos tres meses. Ahora anda diciendo que ha recibido la llamada del señor. Se ha convertido en el protector de los débiles o algo así, una especie de Quijote penitenciario. Dime que es casualidad. En la prisión ha bajado un veinte por ciento el índice de agresiones. Muchos de sus reclusos, delincuentes reincidentes y peligrosos, han mejorado su conducta, se han convertido en más sociables, de la noche a la mañana. ¿Vas a decirme que es casualidad? Las casualidades no existen, amigo...

-          Bueno, a veces solo basta con que alguien muestre el camino para que otros lo continúen.

-          Ya...- Jake asintió dándose por vencido y entonces le dedicó una mirada escrutadora pero a la vez afable, y entonces le dejó marchar.- ¡Cuídate!

 

 



Fuente: http://www.jamendo.com/es/list/a113913/nocturno
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Autor: Francisco Sánchez
Enviado por fanchisanchez - 01/10/2012
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1) Meliza dijo...
Meliza
quera saber si ahi termina la hermosa e interesante historia del Angel Intruso???
 0   0  Meliza - [03/10/2012 17:47:23] - ip registrada
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