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"El ángel intruso" (Capítulo 6)

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El viejo indocumentado, junto a un grupo de indigentes, fueron a pescar a un lugar apartado de la costa. Allí, el sol bañaba suavemente la piel, acariciándola con afabilidad agradable, el mar refulgía con un brillo esmeralda como si de un espejo plateado se tratara y el cielo parecía un infinito mural azulado que, de vez en cuando, era invadido por níveos ribetes de espuma que flotaban formando abstractas pero hermosas figuras que cabalgaban con pacífico deambular a través del espacio atmosférico. Allí Albert encontraba un sosiego reconfortante y liberador. Era como estar en paz con el resto de universo y consigo mismo.

-         ¿No sentís como el sonido de las olas penetra en vuestra alma y la adormece como una nana? ¿No sentís como el sol toca vuestra piel y es como un masaje estimulante y tranquilizador?- Un brillo mágico brotó de sus ojos.

-         Sí, la verdad que sí, un lugar donde la quietud y la armonía prevalezca sobre el bullicio y la agitación de la ciudad.- Comentó James, al que todos llamaban “el profesor”, pues eso era lo que había sido en su juventud, unos ocho años atrás, pero había caído en una gran depresión cuando su hijo murió de una letal enfermedad y su mujer le había abandonado un año más tarde, largándose con un profesor de tenis, y eso había acabado por lanzarlo hacia la bebida, que a su vez había contribuido a que se hundiera tanto en sus propias miserias que le había hecho perderlo todo, desde su trabajo hasta una vida digna como ser humano.- Antes a menudo estaba demasiado ebrio y embotado como para poder apreciar algo como esto. Lo echaba de menos. No sé de dónde estoy sacando las fuerzas pero llevo seis días sin beber. Algo dentro de mí ha cambiado. ¿No es extraño?

-         A mí también me ocurre lo mismo.- Dijo otro.

-         A mí también.- Declaró un tercero.

-         No sé, llega un punto en que lo ves todo tan negro, tan confuso, que solo quieres beber y emborracharte- comentó con voz trémula el profesor- y sabes que nada de eso va a solucionarlo, que nada de lo que hagas va a devolverte a tu hijo ni a tu mujer, ni tu vida, y lo demás deja de tener importancia y te conviertes en alguien egoísta, mezquino, sin esperanza, sin conciencia... Siempre me he preguntado por qué tuvo que morir mi hijo, por qué me abandonó mi mujer... ¿Por qué me tuvo que pasar a mí, por qué...?

-         No sé qué responderte.- Comentó el viejo con resignación.- Supongo que hay preguntas que no tienen respuesta, o, al menos, una respuesta sencilla. Vas siempre por la misma ruta al trabajo y un día tu mujer te hace un encargo y tienes que desviarte para hacerlo. Coges por donde nunca sueles coger y resulta que vas tranquilamente en tu vehículo y un loco insensato se salta un stop y te embiste... o hay un tiroteo y te alcanza una bala o se derrumba un muro y te cae encima...- Albert hizo un ademán de perplejidad.- ¿Quién tiene la culpa? ¿Dios? ¿El destino? ¿La más absoluta casualidad? No lo sé, pero personalmente no creo que se trate de nada de eso. Estamos sujetos a la imprevisibilidad de los acontecimientos. Nuestra existencia pende de un hilo que está sujeto a un millón de combinaciones y circunstancias que van cambiando de forma aleatoria. La mayoría de las veces ni siquiera nos damos cuenta de esos cambios, de esos pequeños accidentes, pero otras veces esas casualidades nos arrollan de forma inevitable e imprevista.

-         ¿Y eso es todo?- Preguntó una voz anónima.

-         Bueno, nada más y nada menos. Es una explicación tan absurda e inverosímil como otra cualquiera. Es mi forma de verlo.

-         ¿Por qué permite Dios que ocurran cosas como esas?- Dijo un tipo de barba pelirroja y cabello repeinado que estaba a unos tres o cuatro metros junto a él.

-         Bueno, supongo que la gente cree en el Dios que le han enseñado, un Dios a su medida, a la medida de los demás, fabricado por una sociedad compuesta de mentes obtusas y egoístas. Muchas de las desgracias que le ocurre al ser humano, en general, se debe a que estamos demasiado absorbidos y enturbiados por una forma de vida confusa y vertiginosa. Las guerras, en su mayoría, están promovidas por la intolerancia y el egoísmo humano. La falta de carácter hace de nosotros personas maleables y nos despoja de la voluntad de querer ayudar a los que nos rodean. Muy contrario a eso, se fomenta pisotear al prójimo como medida de supervivencia, cuando resulta todo lo contrario, por que puedes pisotear a muchos pero algún día alguien te pisoteará a ti. El hambre, la explotación indiscriminada, la desigualdad... todo parte de la misma raíz, en nuestro ego malvado, apático y miserable. Hasta que no aprendamos eso, el ser humano será lo que ha sido siempre y provocará en sus semejantes dolor y muerte...

-         ¿Crees en Dios?- Preguntó uno de ellos.

-         Bueno, mi concepto de Dios es diferente al que tiene la mayoría de la gente. La humanidad ha ido a la guerra en nombre de Dios, han matado y destruido en su nombre. Piden la victoria a Dios, le rezan para poder ser mejores que los demás. Las religiones someten a sus creyentes al miedo y a la ignorancia en nombre de sus dioses. Todo eso me resulta tan insustancial, tan vacío... ¿En qué clase de Dios cree la gente? ¿En qué Dios crees tú?

-         Pues no lo sé, en Dios, supongo, en el único.

-         ¿Crees en un Dios que favorece a un país por encima de otro? ¿En un Dios que prefiere una raza sobre las demás? ¿Un Dios que castiga o se lleva a las personas? ¿En un Dios que tiene un jerarquía? ¿En esa clase de Dios?- La pregunta flotó por el aire haciéndoles pensar sobre el asunto. Nadie dijo nada, tan solo le miraron con interés.- Yo no creo en ese dios. Creo en Alguien que ha dotado de armonía y orden todo lo que nos rodea, que ha proporcionado al universo de una especie de equilibrio total que escapa a nuestras limitadas mentes, que está por encima de las frivolidades humanas, que manifiesta un sentido de la belleza sublime...

-         Si, pero entonces, ¿Por qué? ¿Por qué todo lo que ocurre?- Volvió a incidir “el profesor”.

-         ¿Quién tiene esa respuesta? Podríamos estar toda la vida buscándola y nunca la encontraríamos, aunque tal vez la tuviéramos delante de nuestras narices. Solo soy un pequeño e indefenso humano... Supongo que gran parte de las cosas que ocurren hoy es culpa nuestra, pero nuestro ego es tan grande que somos incapaces siquiera de valorar esa posibilidad. El ser humano está borracho de su propia maldad, esa es la verdad. Tiene una percepción de la realidad falsa. No se da cuenta que todo el daño que hace a sus semejantes, a todo lo que le rodea, se lo hace a sí mismo.

-         ¿Cómo sería, entonces, esa otra realidad...?- Se interesó “el profesor”.

-         ¿Queréis saberlo?- Albert les escrutó con la mirada. Vio en ellos miradas expectantes, personas que deseaban abrir sus sentidos a esa realidad alternativa; que querían ver las cosas tal y como eran, libres de prejuicios ni velos que les impidiera reconocerse a sí mismos- Está bien, recoged vuestras cañas y venid conmigo.- Dicho esto, todos le siguieron expectantes hasta un lugar donde la sombra les cobijo del sol.- Sentémonos en una posición cómoda, vamos.- Albert fue el primero y los demás le imitaron, formando un círculo.- Esta bien, ahora haced exactamente lo que os digo: cerrad los ojos poco a poco, lenta y pesadamente, como si quisierais no volver a abrirlos. Después respirad lentamente con el abdomen, aspirando tragos profundos y llevándolos hacia este con fluidez pero con intensidad. Eso es, muy bien. Con cada trago de aire sentiréis una grata sensación de serenidad, y con cada expiración soltareis todo aquello que os asusta, lo que os limita. Muy bien, eso es...- Su voz se convirtió ahora en un arrullo, en un son hipnótico que los hizo caer en una especie de trance.- Vais a sentir que vuestros sentidos se agudizan, el cuerpo se hará muy receptivo a todo lo que os rodea, la brisa que acaricia vuestra piel, como si os diera un masaje, los sonidos que antes pasaban inadvertidos ahora serán percibidos con claridad... a medida que vuestra mente se relaja vuestros sentidos se agudizan. Siguiendo el ritmo de vuestra respiración lo conseguiréis, llegareis a un estado de relax total... Ahora crearemos una cadena sensorial dándonos las manos. Yo generaré una chispa que viajará a través de vosotros y, dependiendo de vuestro grado de aislamiento será la experiencia...

 Eso mismo hicieron y eso mismo ocurrió. Todos, en mayor o menor medida, de una forma u de otra, experimentaron sensaciones agradables y, en algunos casos, extrañas, que les hicieron quedarse, cuanto menos, perplejos, lúcidos o hasta embelesados.

-         ¿Qué ha ocurrido?- Preguntó uno de ellos pasada la sacudida inicial.- Ha sido estupendo.

-         Sí, ha sido tan asombroso... – Comentó otro.- He sentido como si el tiempo se detuviera de repente.

-         Yo he sentido lo contrario, como si estuviera en una especie de burbuja, y todo a mi alrededor fuera impulsado por un huracán en una espiral de fuerza y energía, una fuerza y una energía intensa, que hacía que todo girase alrededor de mí...

-         Pues yo sentí como si estuviera dentro de muchas envolturas, como si fuera una semilla. De pronto todas esas capas fueron desenvolviéndose, como si alguien las arrancara y, cuando me quedé sin ellas, me sentí libre, puro, liviano... Fue maravilloso.

-         Pues yo no sentí nada, como si me hubiese entrado como un sopor o algo así, simplemente parpadeé y abrí los ojos.

-         Yo sentí una especie de hormigueo por toda mi piel, como si tuviera muchos bichos correteando por mi cuerpo, pero no fue una sensación desagradable, al contrario. Al principio fue sobre la piel pero poco a poco fue calando por mis músculos hacia el interior de mi cuerpo, pero todo muy agradable...

-         Joder, yo me sentí como si estuviera en el feto de mi madre. Era un entorno oculto, penumbroso y acuático... muy cálido y confortable. Ha sido lo más alucinante que he sentido en toda mi vida.- Terminó de decir el más viejo de todos, un hombre de barba cana y ojos vidriosos.

-         ¿Y tú, Claudio? ¿Has sentido algo?- Albert le miró con persistencia.

-         ¿Yo?- Preguntó pasado un largo instante.- Me he sentido... pesado, lento, cargado de un lastre que me aprisionaba. Y entonces... entonces he querido arrancarme todo ese maldito peso que me agobiaba y era como si estuviera adherido a mi piel...- Se miró la piel de los brazos y las manos como temiendo encontrar algo maligno en ellos.- Pero aún así me lo he arrancado, como si me despellejara vivo, y fue doloroso y punzante... Pero al final, cuando logré desgajarme todo esa porquería, aún estando como sin piel, en carne viva, he sentido un alivio y una paz indescriptible, y me he sentido también frágil, desnudo, libre...

 El viejo vagabundo le miró satisfecho y entonces se alejó con pasos lentos de ellos, que permanecieron sentados aún extasiados por la sublime experiencia. El único que le siguió unos metros por detrás fue el mismo Claudio, que en principio no se acercó, como temiendo molestarle.

-         Maestro...- Claudio le llamó con cierta reverencia.

-         ¿Por qué me llamas así? No merezco ese título...

-         Sin duda lo eres.- Contestó Claudio con expresión concisa.- Eres algo más que eso, eres un ángel...

-         No...- Albert sonrió con la inocencia de un niño,- soy como tú.

-         Has cambiando mi vida. Ya no me siento la misma persona, soy totalmente diferente al Claudio que todos conocían una semana atrás. ¿Cómo es posible?

-         No lo sé, supongo que las cosas ocurren y no pueden explicarse... Tal vez tú, en el fondo, querías cambiar.

-         Suponía que ibas decirme algo como eso- Continuó Claudio mirándole con intensidad.- No busco ninguna explicación, sería absurdo tal vez, tan solo quiero que me indiques el camino...

-         No puedo hacer eso, Claudio.- Contestó Albert con determinación.— No debes reverenciarme ni seguirme como si yo fuera un mesías o algo así. Solo continúa tu camino conforme a la persona que ahora eres por dentro. Intenta ser cada vez un poco mejor.

-         Entiendo maestro.- El vagabundo asintió con sumisión.

 Durante una media hora continuaron caminando sin cruzar apenas palabra, absorto cada uno en sus propios pensamientos, y en la caída de la tarde, hasta que un grupo de cuatro tipos con aspecto de no muy buenas intenciones les abordó como si de una emboscada se tratara.

-         Vaya, por fin te dignas a aparecer...- Dijo uno de ellos, el que parecía llevar la voz cantante, un tipo con ojos hundidos y gorrito de lana. Al momento el resto de tipos les cogieron a la fuerza y le llevaron a un rincón apartado. Uno de los tipos se quedó en la esquina, vigilando para que no apareciera ningún intruso.- Llevamos un par de días esperando el envío. Será mejor que me des el dinero tío, o de lo contrario lo vas a pasar mal.

 Claudio se quedó como mudo. Le miró con miedo y después miró a Albert con una expresión que mezclaba la vergüenza con la incertidumbre.

-         ¿Qué ocurre tío, te ha comido la lengua el gato?- El tipo le empujó contra la pared. Regístrale, vamos, regístrale.- Uno de los secuaces le cacheó por completo.

-         Está limpio Steve.

-         Ahora quiero que me digas algo, vamos, algo que me convenza.- Le miró con irritación.

-         El paquete está donde siempre, a buen recaudo. No he cogido nada. Pero creo que no voy a seguir con este trabajo, lo siento tío, no quería causarte ningún tipo de molestias... Te compensaré. Quédate con mi comisión, de acuerdo, renuncio a ella...- Claudio estaba muy nervioso. El cabecilla le miró con incredulidad y después comenzó a sonreír, gesto que imitaron los vasallos.

-         ¿Quieres dejarlo y me ofreces tu comisión?- Continuó riendo, esta vez de forma exagerada y desproporcionada, hasta que de repente le atizó un gancho al estómago que le dejó sin aire, doblado, mientras le cargaban dos de los matones.- Ahora piensa de nuevo tu respuesta...- Dijo acercándose agresivamente al rostro de Claudio, y después se acercó a Albert, que lo agarraba el cuarto matón.- Y tú ¿Quién eres, viejo?

-         Soy alguien que acompaña...

-         ¿Qué acompaña...? Eso qué es ¿una adivinanza?

-         Acompaño a los que van acompañados. Antes le acompañaba a él. Ahora os acompaño a vosotros...

-         ¿Habéis oído? Nos acompaña... Uuuuhhh.- El jefe trataba de burlarse de él con aspavientos exagerados y muecas absurdas.- ¡El acompañante! Mira, este es mi compañero del alma- Entonces sacó de su chaqueta una pistola, y se la acercó a la cara, intentando parecer un loco divertido.- ¿Qué dirías de este acompañante, viejo?

-         ¿Crees que eso te librará de cualquier cosa? ¿Crees que eso te puede proteger de todo?  ¿Crees que podría protegerte si ocurriera algo como por ejemplo un terremoto?- Forzó una pausa de unos tres segundos y los tipos le observaron con cierta curiosidad jocosa, pero de súbito, un crujido seco que pareció surgir del interior del pavimento les borró la sonrisa de la cara.

-         ¿Qué coño ha sido eso?

-         No lo sé- Comentó Albert.

 Los tipos se quedaron quietos y en sus rostros se dibujó muecas de confusión. Esperaron tras un par de segundos intentando convencerse de que no había sido nada pero tras esa breve espera el suelo volvió a crujir, esta vez con más violencia, llegando a convertirse en un auténtico y virulento terremoto, y, en pocos segundos, los maleantes se vieron tambaleándose de un lado a otro, temiendo que en cualquier momento los edificios cayeran sobre ellos o la tierra se abriera a sus pies, y así mismo fue lo que ocurrió, por que una grieta se abrió en el pavimento a unos metros, y se miraron asustados y entonces cedieron al pánico, soltándoles y corriendo como alma que lleva el diablo. Un instante después todo había cesado, y, en un abrir y cerrar de ojos, todo volvió a la normalidad. En un simple parpadeo Claudio comprobó que todo estaba como antes. El suelo no se estremecía, y la grieta ya no existía. Entonces le miró como creyendo ver una visión celestial, y no supo decir ninguna palabra durante unos segundos.

-         Bueno, creo que esos no nos molestarán más.- Con esas palabras continuó su camino, dejándole atrás.

-         ¿Eres el mesías o algo así?- Le preguntó cuando estaba a unos metros. Albert se giró y le sonrió con afabilidad.

 



Fuente: http://www.wattpad.com/mystories
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Autor: Francisco Sánchez
Enviado por fanchisanchez - 04/10/2012
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