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Santy y Chaco (dos gladiadores)

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Almas, casi solitarias, compartiendo el aire de una ciudad extraña.

Se amontonan las noches detrás del ventanal. Afuera se escuchan los autos, los colectivos, las risas, los gritos y la gente. Gente también extraña, indolente, solamente preocupada por su porción de vida.

Santy se evade del mundo en las epopeyas de los personajes de cada película que mira hasta que sus ojos vivos se adormecen victimas del cansancio laboral. Sus ojos están llenos de bondad. Su honestidad se derrama en la mirada y la sonrisa franca.

Me gustaría saber que sueña. Quizás con su pueblo, su mujer, sus hijos. Ellos están, allá, lejos, a más de mil kilómetros de distancia. En ese Santiago del Estero, que con tan solo nombrarlo se le vuelve nostalgia. Donde el paisaje de la ruta 34 se ilumina de alegría cuando está llegando en una fugaz visita a su familia. La misma ruta que, luego, se convierte en angustia cuando el corazón llora por quedarse en los brazos de sus amores negándose al regreso impuesto. Al regreso obligatorio a este Buenos Aires de mil cabezas. Pero “así es la vida, hay que seguir luchando”…la vieja frase que intenta un consuelo.

Menos mal que está el celular. Maravilloso invento de estos tiempos para los que estamos lejos de nuestros seres queridos. Pero el celular trae solo la voz de la mujer o del hijo que cuenta sus inocentes vivencias de la escuela o de la canchita de futbol. El celular no trae la piel, no trae la mirada ni la caricia del ser querido. El celular no besa con ternura; apenas acerca la voz y nos deja la impotencia de la lejanía, del abrazo truncado con el saludo que tiene el sabor de eterna distancia.

Chaco, es Chaco. Duro como el acero. Se adapta a la vivienda más precaria, al frio, al calor o a la habitación confortable. Jamás lo escuché quejarse. Cuando lo observo sentado, mirando de a ratos el ventanal parece un gladiador reposando de la batalla diaria. Es duro su trabajo, la construcción es así. Escucha radio y vuelve en cada chamamé a su tierra natal. A la orilla de su río. A los brazos de su pequeña hija. A sus quebrachales nombrados en miles de canciones.

Los admiro realmente. Pienso, para mis adentros, ¡si habrán abierto caminos estos dos! Si habrán visto pasar estrellas en soledad mientras su juventud se iba perdiendo enancada en el humo de sus cigarros.

Sin embargo, están bien. Tienen fuerza, ilusiones y proyectos. Mil proyectos que los gobiernos de turno, muchas veces hacen añicos con promesas y pagos incumplidos. Pero Chaco y Santy siguen firmes como esos marinos de las películas que, en una pequeña balsa, van avanzando entre aguas turbulentas, pasando por miles de travesías, tras la esperanza de sus sueños. Como si buscaran la tierra prometida de aquellos tiempos bíblicos.

Conviví con ellos. Compartimos el mate de la madrugada. Hablamos de mil cosas. Me llevo un hermoso recuerdo.

Deseo que Dios, con sus poderosas manos, les acaricie la frente y les dé, por favor, cumplimiento a sus sueños. Algún día les llegará, pecho adentro, lo que hoy me hace marchar en mi derrotero eterno de viejo trashumante andador de caminos. La sangre. El corazón despliega las alas y nada lo detiene.

Chaco y Santy, sentirán ese llamado y responderán. Entonces los cielos tendrán un celeste más claro, el sol brillará iluminando sus rostros y… ¡allá irán a buscar los recuerdos y las almas amadas! De nuevo con las espaldas cargadas de años pero con un adolescente soñador adentro para empezar a contar de cero, total hay tiempo para empezar a sumar otra vez.

Así, como Santy y Chaco, hay miles de almas en toda esta inmensa patria que es Argentina. Cuando uno circula por las rutas del país, cuando ve esos hombres que parecen hormiguitas en las alturas modelando un edificio, debería recordar la dureza de ese trabajo y la injusticia que, a veces camina, en los zapatos lustrados de despreocupados señores que llenan sus bolsillos pisando las espaldas dolientes de los trabajadores de la construcción.

Santiago y Chaco, amigos que me regaló la vida. agradezco al creador por haberlos conocido.

 

 

 

 

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Autor: joaquín piedrabuena
Enviado por joaquinpoeta-01 - 11/09/2012
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