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El pececito

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Ramón fue a la playa con su hijo y su mujer. El verano había llegado de forma tardía, y los tres estaban ansiosos por disfrutar del mar, sobre todo el pequeño pepito, que siempre andaba preguntándole: “papá, ¿Cuando vamos a ir a la playa?” “Pronto hijo, pronto, en cuanto haga un poco de calor.” Y, por fin, llegó un fin de semana realmente soleado, uno de esos en los que no ir a la playa se convierte en un pecado imperdonable. Se levantaron, desayunaron, cogieron los bártulos y se fueron a la costa, a aprovechar el regalo divino del sol. Cuando llegaron contemplaron casi anonadados el horizonte, el cielo, la arena brillante y el mar eterno que zumbaba al son de las olas. La marea estaba baja, por lo cual se colocaron abajo, cerca de la orilla. No había demasiada gente aún, y les recibió una agradable brisa marina.

Ramón puso el paraguas y su mujer tendió las toallas mientras el pequeño pepito jugaba por la arena. “Papá, papá, vamos a bañarnos.”

-No, vete tú, yo voy a tomar un poco el sol.

-¡Solo no quiero papi, ven conmigo, vamos al agua!

-Que no Joselito, báñate tú, ahí en la orilla. Todavía no me apetece. Venga, báñate tú solito.

Pero Pepito le agarró de la mano y comenzó a tirar de él con insistencia. Todavía era pequeño y le atemorizaba entrar solo al agua. Siempre imaginaba que desde las sombras de esta emergería un monstruoso pulpo o algo así, y, hasta que no se convencía de lo contrario o se olvidaba de ello, no permanecía solo en ella.

-Vamos hombre, no seas así, vete con tu hijo. Ya sabes cómo es.- Le incitó su mujer.

-Mira que es pesado este niño.- Se levantó pero a disgusto y se fue a la orilla con él.

Estuvieron un buen rato en esta, remojándose y jugando, mientras pepito brincaba de un lugar a otro salpicándole las piernas y la espalda mientras él le reñía para que no lo hiciera, pero cuanto más lo hacía más le mojaba. Cuando Pepito se cansó de hacerlo comenzó a coger arena y a tirarla hacia adentro, hasta que cayó en la cuenta de un chico, algo mayor que él, con un palo y una especie de red, que parecía dispuesto a atrapar pequeños peces. Joselito le vio tirar migas de pan y observó cómo algunos pececitos comían y se le iban acercando cada vez un poquito más. El muchacho le tiró unas migas más y los peces aumentaron a su alrededor. De pronto a Ramón le entra unas ganas incontenibles de darse un chapuzón. Y eso mismo hace. Le dice al pequeño: “no te asustes, papá vuelve pronto”, y tarda el tiempo necesario para lanzarse al agua, refrescarse, salir del agua, notar el frescor resbalando por todo su cuerpo y volver.

-Mira papá, mira.- Le indica el niño inquieto.- Mira los pescaditos que ese chico está cogiendo.

-Sí,- le contesta Ramón.- Sí, mira, qué bien. Fíjate, el chico va a coger uno ahora…

El muchacho, con la paciencia que da la maestría aprovecha que un par de pescaditos están comiendo el pan tan entretenidos, alarga su red, la sumerge con cuidado y ¡zas! atrapa uno de los pescaditos y lo saca del agua.

-¡Mira papá, mira! ¡Cogió uno!

-Sí, hijo cogió uno.

Pepito queda fascinado ante la visión del pequeño pez debatiéndose nerviosamente entre la vida y la muerte, saltando convulsivamente presa del pánico y el dolor. Aquello parece divertido pero su intuición le dice que no lo es. Ramón se queda un segundo observando al pobre pez, y piensa lo siguiente: “si lo deja afuera un rato más va a morir. El pez está agonizando, y ¿Para qué?” Acto seguido, se responde: “bueno, después de todo no es más que un insignificante pececito.”

Permanece un rato en silencio viendo la escena, hasta que se decide a decirle al muchacho, cuando el pez está a punto de sucumbir a su suerte: “si no lo metes otra vez va a morir”

El muchacho lo mira protegiéndose del sol con la mano y luego mira al pez, que ya apenas se mueve y mantiene su boca abierta como si tratara de atrapar un soplo de aire. Entonces asiente y mete la red en el agua, liberándolo. Sin tiempo para más, ocurre algo inesperado: el cielo se abre como si de un desagüe al que le quitas el tapón se tratara y emerge de allí una especie de manga de viento, una especie de tifón grisáceo, que se acerca a él y lo atrapa irremediablemente y lo eleva más rápido que cualquier ascensor, con una fuerza descomunal, hacia el firmamento.

Cuando Ramón se da cuenta está tan alto que apenas puede ver el suelo como un mosaico lejano en un contraste amarillento y azulado, como un puzle, lleno de pequeñas hormiguitas que se bañan en la franja costera o caminan por la arena de un lado a otro. También se siente mareado. Esa fuerza lo lleva arriba, muy arriba, más allá de las nubes, incluso más allá de la luz, donde hay un vacío inescrutable e infinito.

Y la tierra queda abajo como una hermosa pelotita azul que flota en ese inmenso vacío. Y Ramón, aterrorizado, nota como el soporte vital de sus pulmones comienza a escasear y se revuelve, lucha, se convulsiona, pero en vano. Y cree observar, a intervalos, unos seres extraños y etéreos, como sombras fluorescentes, cual luciérnagas espectrales, que le observan y curiosean y hablan entre ellos y forman un murmullo de toneladas de litros de agua o vientos de cientos de kilómetros por hora. Y una de esas sombras alza su reverberante voz y se enfurece, como un trueno bullicioso, y les ordena algo y entonces la titánica mano invisible que le sostiene le baja como en una furiosa montaña rusa o una insoportable caída libre y, cuando esta le pone en la cálida superficie arenosa Ramón no puede sentir nada más. La fuerza le coloca en la playa con delicadeza y queda allí, inerte, sin voluntad ni energía, como el pececito, quieto, dócil, inerte, aunque, después de todo, solo era un humano, un insignificante humano…

El pececito

Fuente: es.scribd.com/
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Autor: Francisco Sánchez
Enviado por fanchisanchez - 04/06/2012
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