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La verdadera utopía: el momento en el que ser humano llegó a conocerse

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La situación mundial que vivimos, en las que las diferencias entre explotadores y explotados, cada vez son más marcadas, pero a la vez más sutiles, más difíciles de apreciar, nos obliga a pensar de una forma que nos permita empezar a revertir tal situación. En tal sentido como afirmaba A. de la Herrán Gascón “Es preciso reaccionar, entusiasmarse y volver a colmar de abstracciones realizables (es decir, de concreciones no llevadas a cabo todavía) las alforjas de las pretensiones”. La utopía viene del griego y significa lugar que no existe. La verdadera utopía creo que debería ser aquella que lograse la comunión entre los seres humanos a través de una conciencia colectiva de primer grado acompañada de una conciencia individual dependiente de la primera. En nuestro mundo, la solidaridad es orgánica porque realmente, puesto que no hay conciencia colectiva, sólo existe una interdependencia entre servicios básicos con los que supuestamente se conseguirían un cierto nivel de bienestar. No es concebible en los tiempos actuales una pequeña comunidad que aunque tenga una fuerte conciencia colectiva, que existiera por sí misma. En nuestra sociedad, una sociedad que como marca de agua fuera, lleva impreso el símbolo del dinero y del poder, todo gira en torno al manejo del dinero y su existencia como un símbolo poderosísimo de dominio, vanidad, poder, estatus, propiedad privada, etc. Todos los condicionamientos que impone la sociedad bajo el prisma de la simbología de la felicidad, una felicidad que sólo es accesible a través del dinero. Se trata de un escenario creado y tejido a propósito del poder que, incluso, se aprovecha de la mismísima religiosidad, algo que contrasta con tener la vida asegurada, y en ocasiones, opulenta, de los jerarcas religiosos. La realidad debería ser la utopía, es decir, esto que llamamos realidad, la configuración del mundo, o más bien el nuevo orden mundial que se está tejiendo, debería ser la utopía, un modelo que sirviera de referencia para que nunca más fuera aplicado al ser humano. En esa realidad no utópica, debería exigir como requisito sine qua non, el ser feliz para poder hacer felices a los demás, y amarse uno mismo para amar a los demás. La utopía pienso llegara a ser realidad y dejará de ser utopía en el momento en que el ser humano deje de ser religioso y logre llegar a conocerse, llegar a saber cuál es su papel en este universo incierto que le rodea. En nuestro plano dual, vida-muerte, luz-oscuridad, bueno-malo, bondad-maldad, etc., nada es para siempre, todo acaba. Es por ello, que se produce la sensación en forma de bucle de insatisfacción, ya que cualquier meta material que nos impongamos, de forma necesaria resultará no satisfactoria, debido a su temporalidad, ya que todo objeto está afecto a su fecha de caducidad. Por tanto, vivimos y creamos una realidad de la cuál somos responsables, pero hasta cierto punto, puesto que esa responsabilidad estará ligada a la proporción del grado de conocimiento, más bien autoconocimiento que tengamos de nosotros mismos, de cómo operamos, de cómo nuestros pensamientos forjan nuestra realidad cotidiana, de cómo el yo creo del verbo creer va cincelando de forma constante el yo creo del verbo crear. De esta forma, nos erigimos en los arquitectos de nuestra propia realidad, y es por ello que deberíamos tener presente que mientras mayor autoconocimiento hayamos alcanzado, nuestra realidad se acercará más a la verdad, y de forma inversa, mientras seamos unos verdaderos desconocidos para nosotros mismos, nuestra realidad se convertirá en una auténtica falacia, un irremediable mundo de sombras, donde la nota común será vivir en un mundo de realidad simulada, un mundo que nos provocará buscar la verdad fuera, en un mundo reflejado que nos muestra la interacción constante de la luz y la materia, un mundo creado y reproducido continuamente por nosotros mismos. Vivir en este mundo de imágenes especulares, nos llena de una irremediable sensación de incompletitud. Como decía P. Teilhard de Chardin “Si desde la didáctica no se considera natural trabajar en función de una utopía, ¿que nos queda?”. Mientras no pensemos que otro mundo, otra forma de concebir nuestra vida en comunidad es posible, no hay utopía que pueda liberarse de las redes del egoísmo, el poder ni el dinero. Quizás si vivimos en comunidad, ya esté llegando el momento de tener un verdadero pensamiento, o más bien una conciencia colectiva. La verdadera sociedad que logre materializar la utopía y logre convertirla en una realidad tangible y mensurable, debe fraguarse sobre el manto de una autoconciencia, un despertar generador de responsabilidad, compromiso y capacidad de visión, que a su vez pueda proporcionar una mayor libertad. En este sentido, pienso que el hombre lograra la verdadera felicidad cuando logre alcanzar la certeza de saber que o quien es, es decir, cuando alcance un autoconocimiento pleno sin la necesidad de imágenes especulares mediatizadas por ningún medio. Está claro que ese sería el final que llevaría a un nuevo principio, como así lo ponía de manifiesto Teilhard de Chardin “El porvenir del hombre, en el seno de un Océano tranquilizado, pero en el que cada gota tendrá conciencia de permanecer siendo ella misma, terminará la extraordinaria aventura del Mundo”. Aspiramos a eso, a que la identidad manifieste la verdadera supremacía sobre cualquier diferencia, a eso que este mismo autor llamaba “La unión diferencia”. En la medida que esta utopía pueda tener una mínima posibilidad de realización futura, debemos acometerla, y parece ser que la cuenta atrás ya se ha activado.

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Autor: Valle-Arocha
Enviado por anannella - 15/09/2014
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