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Alcahuete de ocasión

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Si no paramos a pensar un momento (¡por el amor de Dios, no lo hagáis, que seguro dejáis de leer!), todos tenemos en nuestro circulo de amigos algún chismoso o chismosa —todos somos un poco correveidile, pero siempre hay alguien que destaca por encima de los demás— que se encarga de narrarnos, un poco a hurtadillas y con todo lujo de detalles, lo que le ha pasado a fulano, con quien ha tenido sobeteo mengano, a donde fue anoche zutano y lo que sea que le haya pasado a perengano. No, no mires a otro lado porque sí, eres tú.

En mi cuadrilla está Alanis, una querida pero a la vez exasperante amiga, que es la encargada de ir comadreando con unos y con otros, aunque en vez de hacerlo en persona, se ayuda de las nuevas tecnologías —términos anejos que constituyen uno nuevo nunca usado a estas alturas del cuento. Lo sé, no cuela— que tiene a mano: "er tuenti" (suprimo, surmano, supare, sumaaare; no se nos puede olvidar arrastrar la última silaba), Facebook (caralibro: término acuñado por los modernos de hoy día y que ya comienza a extenderse por demás minorías; porque en estos tiempos que corren, si no eres un moderno perteneces a las minorías, chaval.), Twitter (red social que no termina de despegar en nuestra amada patria) e incluso aquéllo que en su momento fue la bomba, "el messengger".


Pues anoche, sin comerlo ni beberlo, me vi convertido en un alcahuete de ocasión, por la ocasión.
Pepe, esa persona con la que comparto padre y madre hace veintiséis años, me llamó de madrugada. El pobre se encontraba algo indispuesto. Indispuesto hasta el punto de reclamar de mis cuidados.
Como buen hermano que soy —exceptuando cuando no lo soy, que son pocas y si no me tocan las gónadas que tengo por la zona sur—, dejé todo lo que estaba haciendo en ese momento (dos y pico de la mañana, ya miércoles y despierto. Nada bueno.) y me encaminé, desde la Redonda hasta más allá de la mitad de la Cuesta de Gomérez, a la casa de mi hermano.

¡Oye, ni un alma!. Como había dicho mi amigo Shanty Domo horas antes en el muro de su caralibro (porque yo soy moderno y puedo decirlo), era "la calma que precedía a la tempestad...". Lo decía por la festividad de la patrona de Granada, la Virgen de las "Agustias" (homenaje a mi tía).

Paré en la farmacia de guardia a comprar, petición del enfermo (no)imaginario, Augmentine —para los torpes como yo amoxicilina—, pero la señora farmacéutica, aunque cumpliendo con su deber de no vender medicinas sin receta, no me la quiso vender. ¡La tía puñetera!. Seguidamente , me soltó una "agradable" perorata sobre los peligros de auto-medicarse y demás pamplinas (muy a nuestro pesar, auto-medicarse no es una tontería y es una mala costumbre difícil de erradicar, sobre todo en España). Al terminar de explayarse a gusto, me despedí con un despechado "gracias por nada" y seguí caminando en busca de la siguiente farmacia de guardia en la que, después de esperar una incipiente cola de púberes y postpúberes comprando profilácticos de sabores, retardantes y estriados, lubricantes con capacidad de subir la “bilirrubina” o emular la refrescante sensación que produce hacer de vientre después de haber ingerido varias grageas de chicle de menta o similar “frescote” , y pastillas de acetato de ulipristal (la píldora de los cinco días después, si lo prefieres), me vendieron la dichosa cajeta de amoxicilina.

Al llegar a Chez Pepe, encontré un ser en un estado funesto. Incluso había actualizado su estado de caralibro (porque mi hermano también es moderno) con un “estado cebo”, que aunque estén muy mal vistos entre los miembros de la ciber(secta)comunidad, se pueden usar tres veces al año sin, por ello, tener que entrar en el grupo de “los necesitados de atención popular” (que no tiene nada que ver con Rajoy y su banda).

Le administre su pildorita de amoxicilina y lo arropé en su cama y me apalanqué en el sofá.

Como era de esperar, no me entraba el sueño — o el señor Morfeo se encontraba de baja por depresión post-vacacional aguda, o no encontraba un terminal seguro para salir de MATRIX— y así pude darme cuenta de lo indiscreta que puede la mezcolanza del silencio y la noche.

A pesar de los rugidos de león que daba mi hermano por ronquidos, se podían escuchar todos los secretos que oculta la noche, pero si te paras un momento y prestas atención, la noche se convertirá en el “diez minutos” de tu barrio.

Lo primero que escuché fue una trifulca entre compañeros de piso por no haber fregado el baño en el piso contiguo, después escuche el trapicheo de dos camellos el callejón de enfrente del balcón, a continuación fue los gemidos de placer de una chica a la que le estaban dando lo suyo y lo de su tía, y por lo que se oía, la cosa iba para rato.

Y así fue cómo, por una noche, me convertí en un cotilla por accidente. Un alcahuete de ocasión.

Alcahuete de ocasión

Fuente: http://francoispiele.blogspot.com/
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Autor: Francois Piele
Enviado por FrancoisPiele - 16/09/2011
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