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Para siempre (3)

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Juan Carlos hablaba con toda naturalidad de estas cosas como si estuviera contando cómo había descubierto el buen uso de sus oficios de pescador. Me miraba tranquilo y agregó : "Me dijo que yo la voy a ayudar". Lo dijo con esa alegría que tienen los predicadores evangelistas que de tanto en tanto se dan una vuelta por el delta, recorriendo los ranchos y las casas de las islas diciendo que todo está listo para partir hacia el Juicio Final. No me contó en ese momento, sino que lo descubriría más tarde yo mismo, cual sería su papel ni en qué consistiría su colaboración.
Yo lo estaba mirando con toda mi envidia y mi nostalgia y me parecía estar en la calle de la pensión donde nos juntábamos los estudiantes, de madrugada, con vino o mate, según el ánimo, a profetizar la inminente claridad de las conciencias y la inevitable avanzada de las masas al poder, cuando a los tumbos con su enormidad apareció en la puerta el vasco, todo sudado como siempre y sin dejar de hacerse el boludo, se secó las manos y nos saludó.
Su mirada, los manotazos de mirada que tiró alrededor, me sacaron de aquél rincón que tanto temía visitar y al que fui involuntariamente al escuchar a Juan Carlos. Yo también estaba ahí por lo mismo.
No sé si fue un acuerdo entre los dos, pero lo dejamos venir y que se largara solo a preguntar.
Su curiosidad morbosa lo llevó a intentar averiguar qué hacía nuestro amigo bañándose "en pelotas y con una minita" y a preguntar "dónde la metiste, che, no me la prestás ? - y largando su risa guaranga de siempre intentaba inútilmente disimular su nerviosismo.
Después, sin dejar del todo el interés por lo que vio con sorpresa desde su chacra esa mañana, relató el episodio nocturno agregándole un poco de espectacularidad propia que incluía una persecución a tiros. Su perturbación era más que notoria: jamás se hubiera esperado ver a Juan Carlos bañándose con una mujer desnuda en el río, sencillamente porque no le conocíamos mujer alguna. Por otra parte, no terminaba de presentar bien la historia que lo sorprendiera la noche anterior sin quedar desfavorecido y dudoso.
Yo, por mi parte, tampoco estaba tranquilo y lo absurdo de toda la escena me impedía pensar algo coherente. Hacía fuerza por dentro para que el vasco se vaya y así poder seguir sacándole algo más a este tipo que decía tener en su casa a una aparición sobrenatural que se lo había cogido, que desordenó mi casa y mi alma y que andaba por ahí nomás, desnuda, mientras todo transcurría en ese rancho como una cosa normal.
Por fin el vasco, viendo que no habría cosecha por ahora, se decidió a pegarse la vuelta y al llegar a la puerta se topó de frente, contra su panza, con nuestra aparición. Desnuda como siempre y toda mojada como si recién saliera del agua, ésta se quedó frente a él a unos pocos centímetros y sin dejar de mirarlo a los ojos hizo como si le impidiera el paso por algunos segundos, le sonrió con la punta de la lengua entre los dientes y juntando las piernas se puso en puntas de pie y giró para dejarlo pasar.
El vasco, obediente, caminó como un ciego, sin poder evitar tropezar con sus propios pies y dándose vuelta varias veces se fue más trastornado que nunca.
No sé que pasó conmigo, la cuestión es que no pude permanecer mucho tiempo más ni reparar en nada que en ese momento me pudiera ser útil. A la vez no podía estar tranquilo viéndola pasear por la habitación el cuerpo más hermoso que había visto en mi vida. En un momento se acercó a Juan Carlos y le habló al oído. Con total descaro, se fueron hasta el catre y comenzaron a hacer el amor sin que ella dejara de mirarme sin ningún gesto en su rostro. Juan Carlos la miraba con fervor religioso y comenzaron a besarse y a reír.
Con un doloroso rencor salí avergonzado al sol que, desde esa mañana, comenzó a molestarme como si siempre lo hubiera odiado. A mí, que amaba la luz del sol como si fuera mi propia piel.
Creo que el vasco Ibarzábal sabía que se había encontrado con su muerte desde el momento en se topó con la mujer de esta historia al salir del rancho de Juan Carlos.
Lo que no se esperaba era que esa misma noche la tendría en su cama, y que ése sería su último acto humano antes de colgarse para quitarse la vida.
Al caer la tarde Juan Carlos tomó su canoa y luego de convencerse de que más por prudencia que por tranquilidad no estaba mal dejar a su Venus trágica en el rancho, partió con la idea de comprarle algún vestido. Necesitaría primero llevarse algunas presas del río para hacerse de algún dinero, esto le llevaría la mayor parte de la noche y estaría de vuelta recién por la mitad de la mañana, luego de comprar en el pueblo el vestido y algunas mercaderías.
Lo que siguió lo conocí por una carta que con letra desesperada dejó el propio vasco para alertarnos, sin saber que con eso sólo lograría que todos creyeran ya se le había ido la razón cuando se mató.
Era ya de noche cuando sintió que habrían su puerta y lo primero que le sorprendió fue no haber sentido ladrar a los perros. Estaba sentado a su mesa liquidando un vino que era su favorito mientras hojeaba con sus manazas sucias unos números viejísimos de la revista "Chacra". Había terminado el puchero con el que cenaba inflexiblemente todas las noches.
Al volverse a la puerta estaba allí "la minita de Juan Carlos", como no dejó de llamarla aún después de tener su propia versión de su origen.
Esta vez estaba con el viejo ponchito con que aquél la abrigó al recogerla en su casa. La mujer se acercó lentamente a la mesa del vasco y lentamente también se sentó en la silla que lo enfrentaba. Tomó con ambas manos el vaso de las propias del estupefacto Ibarzábal y casi se lo vacío con los ojos cerrados, con sorbos cortos pero sin despegar los labios, mientras por debajo de la mesa estiraba una pierna para apoyar y fregar con mucha suavidad el pie en la entrepierna del hombre, siempre sin mirarlo.
El pobre Ibarzábal dijo lo único que podía salir de su cabeza : - Ya me parecía que lo que el Juan Carlos tenía era una flor de putita - Quiso levantarse para tomarla y hacer lo suyo pero le ganaron de mano. Ella se levantó el poncho y atravesando la mesa se sentó sobre su barriga, tomó el vaso nuevamente y le dio de beber el pequeño resto.
El vasco tuvo una visión en la que estaba en medio de su chacra y vio que la tierra se abría y brotaban unas enormes plantas llameantes, de entre sus tallos emergió una figura tan bestial y horrenda en su aspecto que lo paralizó el miedo mientras sentía cómo las fauces del monstruo espeluznante se lo devoraban por pedazos. Quiso gritar pero al abrir la boca tenía metida dentro la lengua de su visitante y estaba nuevamente en su casa, pero esta vez en su cama sin saber cómo ni cuando había llegado allí. La mujer estaba montada en él y mientras se lo cogía lo miraba con la expresión más dulce que el infeliz había visto en su vida.
Al terminar, sin bajarse, su poseedora comenzó a hablarle en el mismo modo en que me contara Juan Carlos.
Usó el mismo mecanismo para hacerse entender y decirle que era una fugitiva del infierno, prisionera del demonio por ser diestra en el don de dar eternidad y riqueza a quien quisiera, que con sólo ayudarla a permanecer en la tierra ella le daría todos sus dones a la vez que sería suya para siempre. Para ello debería él mismo enfrentarse a la bestia que viera en sus visiones y obligarla a comerse toda la cosecha de su chacra pues esta aborrece todo fruto de la tierra alimentado con agua que venga del cielo. Contaría para su éxito con la fuerza que ella le proporcionaría dándole de beber unas gotas de su propia sangre. Si esta tarea no se llevaba a cabo ella misma adoptaría la forma de la bestia y volvería cada noche para atormentarlo.
El vasco pegó un salto lanzando a la mujer contra la pared, manoteó su escopeta y luego de arrojarla de su casa tiró unos tiros a la oscuridad y cerró la puerta apoyándose en ella con todo el cuerpo sacudido con temblores de pánico. Contaba en la nota que yo descubriría después de la tragedia, que desde afuera llegaba una carcajada tan inhumana que no lo dejaría volver a dormir nunca más.
El cuerpo colgante fue visto a la mañana por Juan Carlos, desde su canoa, al doblar el último recodo del río que pasaba frente a la casa de Ibarzábal antes de bajar los cincuenta metros hacia su rancho. El susto fue tal que no se detuvo sino que siguió hasta la mía, olvidándose por completo de su carga y su destino.
Fuimos juntos hasta donde pendía el vasco y lo encontramos con una expresión tan serena que no se correspondía con el contenido de la carta que yo descubriera y ocultara a todos sin explicarme sino hasta ahora el porqué. Sus perros rodeaban la morera y estaban todos tan dormidos que no nos sintieron llegar.
Juan Carlos se dio cuenta en ese momento de que todo esto significaba la presencia de la policía y de otros curiosos y este pensamiento lo llevó sin dudas a salir corriendo hacia su casa recordando que había alguien allí que no podría exhibir ni explicar tan fácilmente. Me dejó solo con el problema y aproveché para entrar a la casa del muerto para ver si algo me daba alguna razón de su fin. Allí vi la carta sobre la mesa y luego de leerla sin tocarla la manoteé para escondérmela y salir a buscar a la policía.
No sentí en ese momento ninguna alteración en mi ánimo, ninguna turbación por la muerte del amigo, ninguna congoja. Solo pensaba en la carta del suicida pero más que en su contenido, - que hasta ese momento no había asumido totalmente - en el tesoro de Juan Carlos, y más que en su presencia en ese relato enloquecido, en que ya me había hecho cautivo el deseo por acercarme a ella y poseerla yo también.

Etiquetas: Ricardo Altabe
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Autor: Ricardo Altabe
12/08/2000
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