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El Muñeco

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El Muñeco.

(Francisco Sánchez)

Juanjo vivía solo en un sótano hundido bajo varios metros de hormigón, y solo veía la luz del sol por un pequeño tragaluz que había colocado de forma estratégica con un ingenioso sistema de espejos que iluminaba un rincón de la estancia. Por lo demás, tenía varias pantallas planas de unas cuarenta pulgadas y en donde a veces ponía imágenes del mundo exterior; el sol, la luna, una noche estrellada, el mar. Aunque, en general, la luminosidad del lugar era penumbrosa, vaporosa, casi fantasmagórica, cosa que le hacía feliz. Hacía mucho tiempo que había perdido todo contacto con la civilización, con el mundo exterior. Un día, sin más ni más, comenzó a sentir una presión en su pecho que le oprimía de tal modo que no le dejaba a penas respirar y le causaba angustia y ansiedad, y, para su sorpresa, descubrió que ese dolor y esa sensación asfixiante desaparecía parcialmente a medida que se aislaba de los demás, del ruido, del bullicio, del mundo. Y eso mismo fue lo que precisamente hizo, poco a poco, muy poco a poco. Cuanto más solo estaba menos desazón, cuanto más se escondía más protegido se sentía. Así, cuando salía a espacios exteriores su cuerpo reaccionaba casi como si de una alergia se tratara, y sentía agobio y nauseas y sudores fríos. Se aislaba y estaba bien, se relacionaba y mal. Algo realmente preocupante. Una vez fue con su padre a una gruta y se perdió en ella, quedándose solo, extraviado, allá abajo, en un rincón, lejos, olvidado del mundo, y entonces sintió una paz y una armonía tan sublime que, a partir de ese momento, supo que lo que, en realidad quería en la vida, era llegar a conseguir una independencia y un destierro voluntario y total de la convivencia con el resto de la humanidad. A partir de entonces decidió que era eso lo que quería, así que se propuso aislarse del mundo por completo. Se lo propuso y lo consiguió. Estudió por correspondencia programación informática, para poder trabajar solo. Cuando murió su padre, pues su madre había muerto unos años atrás, vendió su casa y se compró una especie de bunker, y lo fue condicionando poco a poco de tal forma que ni siquiera tuviera que molestarse en salir a comprar ni víveres ni nada de nada, todo lo hacía mediante internet y por medio de una especie de montacargas le hacían llegar todo lo necesario del mundo exterior. Consiguió vivir en una especie de cárcel de lujo, totalmente equipada con todo lo necesario y más para no echar de menos nada del exterior, al menos las necesidades más elementales; una cárcel que para él era un lugar perfecto; asilado y oculto de todo el estúpido y ruidoso mundo de allá afuera.

Y esa llegó a ser su vida. Trabajaba cuando le apetecía, conseguía lo que necesitaba, pagaba sus facturas, todo gracias a su ordenador y a su conexión a la red. Allá adentro dedicaba su tiempo, además de a eso, a relajarse y a reflexionar sobre su existencia, y, cuando no hacía eso, lo dedicaba a hacer gimnasia, a tocar el sintetizador, a jugar al ordenador, a leer libros, a inventar juegos y programas, a navegar por internet y a ver películas. Allí abajo, en aquel agujero, se sentía totalmente feliz. Ya ni siquiera recordaba la palabra “agorafobia” o “antropofobia”. Tampoco era de esos tipos que a falta de hablar con alguien hablaban solos o con una foto o algo así. Ni siquiera tenía una pequeña mascota. No la necesitaba ni la deseaba.

Siempre, durante los días 1 y 15 de cada vez, recibía la compra religiosamente en el montacargas-despensa. Así que, después de oír cómo esta se accionaba y mirar en el monitor de la mini-cámara colocada dentro de este, se dispuso a recogerla: mantequilla, pan de molde, cacao, chocolate, café, huevos, legumbres, pizza, arroz y garbanzos, tal como había pedido. Pero, en esta ocasión, además, venía incluido un feo peluche que era una mezcla de un elfo y un oso. Juanjo lo recogió y lo observó algo confundido. ¿Quién lo habría puesto allí? ¿Para qué necesitaba él un muñeco tan espantoso como ese? ¿Acaso se trataba de una broma o qué? Después de eso lo tiró a un rincón y comenzó a recoger las provisiones y, cuando estaba terminando de hacerlo creyó oír una especie de gruñido ahogado o algo ligeramente similar. El sobresalto fue tremendo. ¿Qué había sido eso? Del exterior era imposible. Allí abajo no se oía casi nada, entre otras cosas, porque el bunker estaba insonorizado, sin contar con lo oculto que se encontraba. Hacía mucho que no oía nada del exterior así, en vivo y, menos aún un alarido humano. Intentó prestar atención y después de un buen rato se convenció de que aquello había sido producto de su imaginación. Aunque sabía que no era así, el decírselo a sí mismo le hizo que se relajara. Siguió guardando la compra. Al terminar se sentó ante la pantalla del ordenador a continuar su partida de ajedrez.

-Eh tío, ¡Vamos, ven aquí! ¡No me dejes tirado!- Juanjo se sobresaltó y su corazón se aceleró tanto que creyó que se le salía por la boca.- ¡No seas capullo, tío, sácame de aquí!

-¿Quién… quién eres?- A duras penas logró articular palabra.

-Lo sabes de sobra, me dejaste tirado en este montacargas de mala muerte. ¡No te hagas de rogar!

-Es imposible, esto es una alucinación, no puede, estoy aquí solo …

Juanjo se puso tan ansioso que tuvo una crisis y se fue quedando laxo, y se escurrió por el sillón hasta el suelo y se mantuvo allí durante un buen rato. Se quedó como sin conocimiento pero sin haber perdido la consciencia, muerto de miedo. “Despertó” cuando logró respirar con normalidad y cuando el cuerpo le devolvió el control. Poco a poco fue recuperando la noción de las cosas. Agudizó el oído. De nuevo nada de nada. Se escondió tras un mueble. Nada de nada. Caminó sigilosamente hasta que se sintió ridículo. Respiró profundamente y volvió a calmarse. Allí no había nadie. Trató de olvidarlo. Entonces decidió hacerse un café. Hirvió la leche y se echó el café y el azúcar. Olió su aroma y este le devolvió la tranquilidad que había perdido y se sentó en el sillón relajadamente a tomárselo.

-¿Ya te has despertado? Vamos, ven aquí, no me gusta estar tirado en el suelo como un trapo. ¡Sácame de aquí, tío! Esto está muy oscuro y sucio.- La voz casi le hace desmayar de nuevo, aunque tan solo consiguió hacerle escupir el sabroso café. Se quedó inmóvil, agazapado, expectante, perturbado, sin saber qué hacer.- ¡ven aquí! ¡Ven! ¡Veeeen!- La voz gritaba cada vez más

-1Está bien!- Contestó harto de aquello, sin saber con quién exactamente hablaba. Y más por curiosidad que por otra cosa, fue hasta el montacargas. Abrió la puerta con precaución, como pensando que la procedencia de la voz podía estar allí. Las piernas le temblaban. Pero allí no había nadie.

-Estoy aquí, tío, tirado en el suelo, enfrente de ti.

-¡Tú! ¡tú…!- Juanjo tartamudeó.

-Sí, yo ¿Puedes recogerme de una vez?

Juanjo se agachó a recoger ese maldito muñeco. Le dio la vuelta, lo examinó y lo miró como si fuese un engendro maligno.

-Vamos tío, no me mires así. Y no seas malo hombre, no me dejes ahí tirado. Llévame dentro, contigo, para hacerte compañía.

-Pero eres… Eres.. Bueno, no puedes… Ni siquiera mueves la boca ni los ojos ni nada. No es posible…

-Sí, sí, vaya novedad. Ya sé lo que soy hombre, no hace falta que me lo repitas.

Juanjo lo cogió y lo colocó en un sillón. Se sentó enfrente de él, en el suelo, y se pegó un buen rato allí, recostado en el suelo.

-Que aburrido es esto ¿no?- Preguntó el muñeco- ¿Esto siempre es así?

-Debo de estar volviéndome loco, estar delirando, drogado, o algo peor. De lo contrario ¿cómo se explicará esto?

-Ya entiendo, eres uno de esos tipos raritos ¿no?- El muñeco seguía a lo suyo sin mostrar la más mínima atención a él y sus paranoias mentales.

-Esos malditos empleados ¿por qué tuvieron que perturbar mi paz? ¿Por qué te colocaron ahí?

-Está bien tío, no hables como si no pudiera oírte ¿vale?

-Lo mejor será que te ignore. Eso es, no existes, eres producto de mi mente, nada más…

-Sí eso, es prefieres ignorarme… ¡maldito estúpido!- Protestó el muñeco.

Juanjo entonces comenzó a actuar como si este no existiera. Primero se fue a jugar de nuevo al ajedrez frente a la pantalla del ordenador. El muñeco le cantaba todas las jugadas. Resultó un fastidio. Después trató de leer un poco pero el muñeco no le dejaba concentrarse. Se preparó la cena, vio una peli. El muñeco no se calló hasta que lo colocó frente a la pantalla. Después se emborrachó con ron y coca cola. Durmió la mona. La voz desapareció. Se sintió por fin satisfecho. Después de eso se dio una ducha. La voz comenzó de nuevo a incordiarle. Su maldita voz estridente se le hizo insoportable. Le llamaba y le decía cosas desagradables, como era un capullo y que dejara ya de huir, que no fuera tan gallina, y ese tipo de cosas. Algo realmente insidioso.

No pudo soportarlo más. Lo atrapó como a un enemigo y lo lanzó al fregadero. Lo roció con alcohol y le prendió fuego con una cerilla. El muñeco le advertía que no lo hiciera. Parecía un loco demente que disfrutara haciéndole daño.

-¡Ya está bien, joder! ¡Me encerré aquí para estar solo y no tener que aguantar a nadie! ¡A nadie! ¿Entiendes? Ahora te callarás de una puta vez. Un muñeco que habla, que gilipollez…

El muñeco ardió como una pira. Sus alaridos rebotaban en las paredes formando ecos agudos y punzantes. Sonaban espeluznantes, sobrenaturales. En un momento los alaridos se transformaron en carcajadas malvadas. Juanjo tuvo que taparse los oídos para no enloquecer. Entonces saltaron varias chispas y algunos muebles del fregadero comenzaron a arder. En un segundo, el fuego se propagó por toda la cocina como una mecha. No tuvo más remedio que reaccionar rápidamente. Fue al otro extremo del salón y cogió un extintor. Lo dirigió hacia las llamas pero estas no cesaban de arder, se apagaban y volvían a encenderse. Juanjo intuyó el asunto con cierto grado de temor y entonces dirigió el polvo blanco hacia el muñeco. A medida que iba apagándose iba ocurriéndole lo mismo al mobiliario hasta que todo dejó de arder. Se dejó caer contra la pared. Todo estaba chamuscado y el maldito y molesto polvo se hacía irrespirable.

-Mira lo que has conseguido.- Le regañó el tostado muñeco.- ¿Estás loco? ¿Así tratas a tus huéspedes? Maldito zoquete estúpido.

Juanjo no dijo nada. Se fue al sofá y se quedó allí por un buen rato. Después se levantó resignado y enfadado y se puso a limpiarlo todo. El muñeco no volvió a decir palabra. Se duchó y cayó rendido en el sofá. Al despertar, lo primero que vio fue al muñeco, chamuscado como había quedado, con una expresión más diabólica si cabía, frente a él, en una silla, cómodamente sentado.

-Despiértate, bello durmiente.

Se levantó, fue al baño y orinó, se preparó un café y se lo tomó tratando de encontrarle algún sentido a todo aquello.

-¿Quieres un poco?- Le preguntó con ironía- ¡Ah no, olvidaba que vosotros, los muñecos, no tomáis café!

-Ja, ja , ja! Que gracioso eres.- Juanjo le devolvió la sonrisa con cierto cinismo.- Además de cobarde…- Juanjo dejó de sonreír.

-¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¡Vamos, dímelo! No creo haberme vuelto loco a pesar de conversar con un maldito muñeco…

-¿Qué quién soy? Eso no te lo voy a decir. ¿Qué qué quiero? Bueno, digamos que estoy aquí para ayudarte. Quiero que seas capaz de enfrentar tus miedos, que te portes como un hombre de una vez.

-¡Que te den!- Exclamó furioso Juanjo.

Se largó al otro extremo de la estancia, donde no pudiera verle. Al rato volvió y se puso de nuevo frente a él.

-¿Qué quieres decir con eso? ¿Qué tengo que convertirme en una especie de “Superman” o algo así?

-No, solo tienes que dejar de esconderte.- Contestó el muñeco insidiosamente.

-Mira, maldito capullo,- bramó Juanjo- estoy aquí porque quiero estar. Me ha costado mucho conseguirlo y ahora no voy a renunciar a esto ni por ti ni por nadie ¡Lo que me faltaba, que un trozo de trapo me dijera lo que tengo que hacer! ¡No me gusta la gente! Así de sencillo ¿Entiendes? ¡No me gusta el mundo de ahí afuera ni mezclarme con ellos! ¡Nada del exterior! Me siento más a gusto en este agujero que ahí arriba. Así es como soy y así quiero seguir siendo ¿vale?

-Míralo de esta forma- replicó el muñeco- te estoy haciendo un favor, aunque ahora no lo sepas. En cualquier momento podrías perder del todo la comunicación con el exterior y morirías aquí abajo como una auténtica alimaña. O tal vez eso no ocurra, pero vengan a buscarte para sacarte de aquí a la fuerza y te internen en un manicomio grande y horrible, lleno de tipos desconocidos e insoportablemente dementes. ¿Te gusta más esa posibilidad? Creo que tú debes dar el primer paso. Tienes que ser valiente y salir al exterior.

-Eso no va a ocurrir. Nada de eso. ¿Por qué tendría que ocurrir?

-¿Y por qué no podría que pasar?- Objetó el muñeco mostrándose implacable.

-Ya estoy harto de ti, ¡harto! Esto tiene solución, oh, sí que la tiene.- Juanjo cogió entonces al muñeco como un trapo y lo lanzó dentro del montacargas. Accionó el botón elevador.- Adiós amigo, espero que hasta nunca.

-No te vas a librar tan fácilmente de mí. Recuérdalo…- El montacargas siguió su lento pero seguro camino hacia la superficie. Al contemplarlo, Juanjo respiró lleno de tranquilidad.

-Bueno, recuperemos la normalidad.- Se dijo a sí mismo aliviado. Y, para celebrarlo volvió a emborracharse con una botella de licor que le quedaba, mientras oía música, y se tiraba en el sillón a disfrutar el momento. Repitió una y otra vez, durante unas diez veces: ”no os necesito, mundo, no os necesito.” Cuando se sintió exhausto se sentó en el suelo y siguió conversando con el aire: “¿Quién quiere estar en medio de una caos absurdo y estúpido?” “Algún día todos pasaremos a la historia, ¿Qué más da?” “Para mí vosotros ya sois historia”. Y se quedó dormido.

Despertó de súbito teniendo la impresión de que una mano lo zarandeaba y lo llamaba. Abrió los ojos sobresaltado. Allí no había nadie más, como era lógico. Sintió un tremendo dolor de cabeza. Se levantó y se fue al baño. Se lavó la cara y se contempló en el espejo. Se vio demacrado, angustiado, casi perturbado.

-Maldita pesadilla…

Se sentó en el sillón. Encendió la televisión y comenzó a pasar uno tras otros los canales de cable. Seriales estúpidos, noticias trágicas, deportes insulsos… Puso una peli de suspense de su colección particular. Le gustaban las películas de investigación y crímenes, intriga, ese tipo de películas, preferentemente de los años cincuenta y sesenta. Se quedó por un rato viendo una de Hitchcock y al rato creyó oír algo que se salía del filme. Era como un gemido silencioso. Bajó el volumen de la televisión intrigado y aguzó el oído. Durante un rato no oyó nada, hasta que una voz bronca le sobresaltó diciendo: “amigo, ten cuidado, voy a liquidarte”

Se levantó sobresaltado. Miró a su alrededor mientras trataba de no caer hacia atrás, para comprobar que el muñeco estaba a su espalda sentado sobre una estantería, con esa cara bobalicona que esgrimía.

-Pero, pero qué… - Juanjo tartamudeó desconcertado.- No puedes estar aquí.

-Ya te lo dije. No te librarás de mí tan fácilmente. Hasta que no hagas lo que tienes que hacer…

-¡Dios mío! ¡Esto es imposible! ¡O es cierto que me he vuelto loco de verdad!- Juanjo se fue hacia él con rostro desencajado y estuvo a punto de cogerlo de nuevo, pero un profundo temor le invadió y no fue capaz de hacerlo.

-Vamos, déjate de tonterías.- Le indicó este con voz casi afable.

Entonces Juanjo se puso como histérico a caminar de acá para allá haciendo aspavientos y vociferando incongruencias. A veces, en medio de toda esa locura se paraba frente al muñeco y le miraba fijamente como deseando que aquello fuese tan solo un espejismo que desapareciera en cualquier momento, pero no desaparecía. Después comenzaba de nuevo a caminar a lo largo de la habitación protestando y riendo.

-Tengo una idea.- Dijo Juanjo como si hubiera tenido una especie de revelación o algo parecido.

-¿Otra vez vas a intentar asarme a la parrilla?- Preguntó el muñeco jocosamente.

Pero no le contestó. Se limitó a lanzarle una fulminante mirada que solo duró medio segundo y lo llevó la pollo de la cocina. Luego cogió un cuchillo y le atrapó un brazo. Entonces trató de cortárselo. Al momento soltó el cuchillo pues sintió un lacerante dolor en su brazo. No tenía herida pero el dolor fue como si él mismo hubiese intentado cortárselo. Perplejo y aturdido como estaba, hizo un nuevo intento. Esta vez trató de clavárselo al muñeco en el abdomen. Imprimió un poco de fuerza y sintió un leve cosquilleo en la barriga. Presionó más, casi como si le diera una cuchillada y retrocedió presa del dolor, como si una mano invisible lo hubiera hecho con él. Soltó el cuchillo y se descubrió la camiseta. Se miró en la parte correspondiente y no tenía herida ni señal alguna pero todavía podía sentir el dolor punzante. Se fue hacia un rincón y trató de evadirse de esa sensación de impotencia y miedo que sentía. Estuvo así un buen rato. Después comenzó a sentir la voz del muñeco de nuevo. Aún permanecía encima del pollo, donde él lo había dejado.

-Eh tío, no seas borde y ponme bien, no me gusta estar aquí tirado. Sabes que soy capaz de ponerme a gritar hasta que lo hagas.- Juanjo hizo eso mismo.- No, mejor llévame al salón.- También lo hizo. Era capaz de hacer cualquier cosa con tal de no oírle gritar de esa forma tan estridente e insidiosa.

Estaba como bloqueado, así que se abrió una cerveza y tomó un par de sorbos tratando de airear sus pensamientos y aclararse. El muñeco no dijo nada, permaneció inanimado durante ese intervalo de tiempo. Después de eso vinieron un par de latas más, y, mientras las degustaba no dejaba de pensar en que agradable era aquel momento de silencio y que ojalá el muñeco callase para siempre. Deseó conocer más que nada en el mundo la forma de vencerle, y, acto seguido, cuando reflexionó en ese pensamiento se rio de sí mismo, sintiéndose ridículo.

-No lo entiendes.- Le dijo mientras sentía como el mundo giraba sobre él.- No se trata solamente de la fobia en sí. No siento ningún motivo, ninguna razón para relacionarme con ellos, para vivir entre ellos. Les detesto. ¿Cuánta maldad se puede llegar a soportar? ¿Cuánto egoísmo? ¿Cuánta hipocresía?

-A pesar de que todo eso pueda ser cierto, estás excusándote para no vencer aquello que te asusta, que te da miedo. Solo te engañas a ti mismo.

-¡No me engaño, joder! ¿Es que no puedes entenderlo? No existe nada que me ate al mundo de arriba. No hay nada que eche de menos. No les necesito.

-¿Ni siquiera el calor de una chica?

-Todo es una mentira. Enamorarte para después ser engañado, para vivir una vida ficticia, para ser detestado con el paso del tiempo. Vivir en tu pequeña cárcel de cristal, preso en tu propia vida, maniatado por una mujer que tarde o temprano será el motivo de tus decepciones. Mujer, dos hijos, un perro… Todo es una cruel mentira. No quiero eso, gracias…

-Excusas, solo excusas…

-¡Sí pudiera matarte lo haría, pedazo de estúpido…!- Juanjo estaba ofuscado e irritado.

El muñeco comenzó a reír diabólicamente, como un demente, con una risa delirante y cargante. Juanjo se quedó pensativo, clavando su mirada en él. Una mirada no homicida, sino de incomprensión y trastorno.

-Sé lo que estás pensando.- Dijo el muñeco.

-¿Lo sabes?

-Sí, lo sé. Estás pensando en cómo deshacerte de mí. Y es más, estás pensando en meterme en el frigorífico. Sé que sabes que es una idea absurda, pero ahora quieres experimentar, tal vez para tratar de encontrar un punto débil o algo así.

Juanjo sonrió con lentitud.

-¿Por qué no?- Entonces lo cogió con brusquedad y lo llevó al refrigerador, y abrió la puerta para meterlo allí.

-Antes de mañana me sacarás de ahí.- Le vaticinó sin vacilar apenas.

-Ya veremos.- Y, con esa sentencia cerró la puerta tras él.- Maldito muñeco.

A continuación se tumbó en el sofá y durmió un rato. No fue un sueño grato, reparador, fue más bien un sopor tenso, agitado, hasta que al par de horas despertó sintiendo unas agujas en las manos, cientos de agujas lacerantes que se le clavaban sin misericordia, produciéndole un dolor insufrible, penetrante. Tenía las manos entumecidas. Trató de frotárselas y entonces cayó en la cuenta que no eran solo las manos, también los pies, las articulaciones, todo el cuerpo. Es como si a cada segundo le aumentara esa extraña e insoportable dolencia. Entonces recordó las últimas palabras del muñeco, y clavó una mueca de disgusto en su circunspecta y entumecida cara. Sabía que nada que hiciera le iba a aliviar, y tampoco le apetecía estar probando cualquier cosa para recuperar el calor corporal como darse un baño o tomar algo caliente, ya se sentía bastante jodido, e intuía que sería en vano, así que, haciendo acopio de todo su coraje y sintiéndose un imbécil también, se dirigió hacia el refrigerador y, a duras penas, logró abrirlo y sacarlo de allí.

-¿Ya estás aquí? Antes de lo que pensaba.- Le dijo el muñeco con guasa.

Pero Juanjo no dijo nada, tenía demasiados dolores como para poder replicarle. Se tendió en el suelo durante un buen rato y, como temía y deseaba, los dolores fueron despareciendo, los síntomas de hipotermia desvaneciéndose; fue sintiéndose poco a poco mejor, y entonces se preparó un baño caliente y permaneció en él hasta que entró de nuevo en calor. Después se preparó un café muy cargado.

-¿Te has convencido ya que no puedes librarte de mí? ¿No sería más fácil abrir la puerta, salir al exterior y mirar al cielo, aunque sea por última vez?

-¿Eso es lo que quieres de verdad?- Replicó Juanjo- ¿Solo eso? Ahora va a resultar que eres mi ángel de la guarda.

-No hay prisa, sé que acabarás haciéndolo, y antes de lo que crees. Por ahora, háblame un poco de ti, con eso me conformo.

-¿Que te hable de mí? Pero ¿qué podrías tú querer saber de mí?

-Bueno, cuéntamelo todo, desde el principio.- Pidió el muñeco.- ¿Qué es lo que realmente te ha llevado a esta estúpida situación?

-No hay nada que contar.- Objetó Juanjo molesto.- Ya lo sabes. Soy hijo de un carpintero y una ama de casa. Me gustaban los ordenadores. Siempre he sido algo introvertido. Con el tiempo desarrollé algunas fobias; a la gente, a los lugares masificados, a los lugares abiertos… Ese tipo de cosas. Me hice programador y comencé a trabajar por internet. Después de la muerte de mi padre me aislé del mundo… Porque me sentía bien al hacerlo. No hay nada más que contar.

-Bueno, antes de subir al exterior, déjame darte mi versión- el muñeco dejó un par de segundos de reflexión-: creciste teniendo un referente paterno poco comunicativo y más bien áspero, y uno materno demasiado protector que te hizo ser inseguro. Te desarrollaste como un ser inestable y vulnerable. Todo eso se fue agravando a medida que ibas creciendo y te sentías débil y menospreciado por la gente que te rodeaba. Con varios fracasos sentimentales y muchos sociales te volcaste entonces en tus estudios y comenzaste a detestar a la gente, que te hacía sentir innecesario, insignificante. A raíz de eso comenzaste a aislarte de todos para sentirte protegido de ellos. Eso llevó a que desarrollaras esas fobias, que no eran más que una extensión de tus propias debilidades, y preferiste hacerte un ser huidizo, cobarde, que tratar de superarlo. Escogiste ocultarte, hacerte invisible, en vez de afrontarlo, despreciar tu ego, buscar respuestas. Piensas que vales demasiado para tolerar la indiferencia de todos. Por eso los odias y los desprecias, porque te han hecho ser la criatura maldita que ahora eres. Y, créeme, eso solo lo vencerás si eres capaz de subir por ti mismo allá arriba. Es una losa demasiado pesada que soportas, aunque no quieras verlo. Así que ahora prepárate para hacerlo. Vamos a subir, yo te acompañaré.

Juanjo aplaudió jocosa e irónicamente.

-No hay fuerza humana ni sobrehumana que me haga salir de aquí.- Sentenció Juanjo, muy seguro de sus palabras.

-¿Y si yo te dijera que soy una especie “genio”, como ese de la lámpara?

-¿Un genio? ¿Qué gilipollez es esa? Ahora dime que vas a concederme tres deseos…- Comentó Juanjo mientras reía como un demente, con una risa maliciosa y enfermiza.

-Tres no, solo uno…- Continuó la broma el muñeco.

Entonces se hizo un silencio cargado de tensión que les envolvió por unos larguísimos cinco o seis segundos.

-Está bien.- cortó Juanjo continuando con su burlona parodia,- está bien, si eres un genio, concédeme este deseo: “que todo el mundo se vaya al carajo y no haya nadie para darme la lata” ¿Te parece bien ese deseo? Yo solo solito. Y el resto de la humanidad a la mierda.

-Está bien, concedido.- Esta vez la respuesta del muñeco estaba exenta de guasa.

Y, al termino de esas palabras, todo comenzó a temblar, primero levemente y después con mayor profusión, como si se tratara de un terrorífico terremoto. Las paredes se estremecieron, cayeron al suelo muchos objetos, el techo se resquebrajó y cayó a pedazos, y el suelo se agrietó. Curiosamente, la puerta cayó a plomo, como si hubiera saltado de sus goznes, causando un estruendoso estampido. Juanjo se sobrecogió de temor y comprendió que si no salía de inmediato de allí iba a ser aplastado por los escombros, así que guiado por un espontáneo impulso salió con varias zancadas ágiles. Al subir las escaleras comprobó sorprendido que llevaba al muñeco en la mano. Ni siquiera recordaba haber decidido hacerlo, pero lo llevaba prendido a esta, como pegado. No reparó en nada más, ni tampoco fue capaz de soltarlo, siguió subiendo con un ímpetu frenético hasta llegar al primer piso. Los temblores cesaron y él se encontró en el umbral de la puerta que lo llevaba al exterior. Se paró notando su cansancio y la tensión en sus músculos, la cara rígida y las piernas pesadas. Se paró y cogió algo de aire. Pensó en volver pero era una completa tontería, aquello probablemente estaba sepultado por completo. Además, pensó en que solo le faltaba un solo paso para completar su huida hacia el exterior y sintió también que alguna extraña fuerza le impelía a ello. El corazón le latía con fuerza.

-Ahora me vas a decir que tú provocaste esto ¿No? ¿No dices nada? ¿No vas a regodearte? ¿No vas a burlarte? ¿No vas a disfrutar tu victoria? ¿Qué pasa, te ha comido la lengua el gato?- El muñeco estaba inanimado, silencioso, como sin vida.- Está bien, ahora quédate callado. Ya hablarás cuando quieras…

Y se dispuso a cruzar el umbral que le separaba de todo aquello que tanto detestaba. Puso la mano en el pasador y tomó aire. “De acuerdo- se dijo,- veamos cómo sigue todo, aunque supongo que nadie me habrá echado de menos”. Abrió entonces el portón del edificio y salió al exterior. Apenas reparó en este, sino en lo que ese pequeño paso significaba para él. Cuando levantó la cabeza y miró a su alrededor lo primero que vio fue la calle llena de vehículos, como si hubiera un enorme atasco. Pero una sensación que no supo explicar le hizo intuir que algo no andaba bien. ¿Podría ser el ruido, o más bien la falta de ruido? Se acercó a los vehículos intrigado. Estaban detenidos, vacíos, en silencio. Caminó entre ellos con incredulidad. Miró a su alrededor. Ni una sola alma, nadie. Caminó avenida abajo, y después corrió por ella pero todo estaba inerte, muerto, silencioso. Las calles desiertas, los vehículos desiertos, las tiendas desiertas, los bares desiertos… Había un silencio hermético y sobrenatural. Corrió en todas direcciones, llamó a la gente, gritó, berreó, pero ni una sola voz le contestó. No había nadie más, sino él, solo él, muy solo… El cielo arriba, azul y eterno, el suelo abajo, duro y desgastado, y, entre ambos, millones de objetos vacíos y muertos.

Entonces dejó caer el muñeco y lo miró con terror y sintió un escalofrío que le recorrió cada rincón de su piel. Le temblaron las piernas, y cayó en el duro asfalto como una marioneta que algún ser diabólico manejara.

-¿Qué es todo esto? ¡Vamos, contéstame! ¿Qué significa todo esto? No tiene gracia, joder, ¡Contéstame! ¡Dime algo!- Le gritó, le zarandeó, le exigió, pero permanecía tan muerto como todo lo que había a su alrededor.

Entonces supo qué el muñeco no volvería a hablarle, y que no contestaría más a sus preguntas ni le diría nada más. También supo, sin saber cómo ni por qué, que nadie más lo haría nunca, nunca más. Y sintió un nudo en la garganta, y se le resecó la boca, y sintió un vértigo atroz y quedó de espaldas al suelo, sintiendo que el cielo le oprimía y que el suelo era frío, muy frío.

-Estoy solo, yo solo.- Se dijo como intentando convencerse de lo contrario. Miró al horizonte y vio nubes oscuras que presagiaban una terrible tormenta. Y entonces no pudo hacer otra cosa que reír, reír como un demente, como un perturbado, como un enajenado, como un trastornado, reír y reír, sabiendo que su deseo se había hecho realidad…

El Muñeco

El Muñeco

Fuente: http://es.scribd.com/
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Autor: Francisco Sánchez
Enviado por fanchisanchez - 21/05/2012
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