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"El hombre que quiso detener el mundo"

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El hombre que quiso detener el mundo

(Francisco Sánchez)

Un día me detuve, así, sin más, simplemente me paré, por extraño que pueda parecer. Primero me sentí extraño y después sentí un vértigo terrible. Todo a mí alrededor iba a una velocidad vertiginosa. La gente nunca se detenía, ni siquiera disminuía su actividad, solo se desplazaba de forma acelerada, como a cámara rápida. Me senté en el suelo, cuando aquello me perturbó tanto que pensé que me iba a caer mareado. Después de eso me pregunté cómo había podido vivir así durante tanto tiempo, y cómo podían hacerlo ellos. Entonces, por primera vez sentí latir mi corazón, y por primera vez tuve consciencia de mí mismo. Por primera vez pude reflexionar sobre mis pensamientos, y tuve tiempo para reconocer lo equivocado que estaba. Por primera vez disfruté de mis sentidos; me sentí afortunado de tener todas esas pequeñas cosas que antes habían pasado desapercibidas. ¡Dios mío! Todos iban tan rápido que era imposible que pudieran sentir nunca lo que yo había sentido en esos momentos. Todo es tan efímero…

 Intenté hablar con ellos, de veras que lo intenté, hacerles recapacitar. Ni siquiera me oyeron. Por supuesto, estaban demasiado ocupados para ello. No tuvieron paciencia para oír lo que tenía que decirles. Estaban demasiado enfrascados en sus asuntos particulares, como si vivieran en una especie de perpetua contrarreloj personal, sin tiempo para otra cosa que no fuera superar a su vecino, a su amigo o a su compañero de trabajo. Todo era cuestión de cinética; aceleración, velocidad… Habían vivido siempre así y no sabían actuar de otra forma, aunque no supieran por qué o para qué. Tenían que vivir rápido, consumir la vida, hacer cosas y más cosas, aunque no tuviera sentido o realmente no las quisieras hacer. Para ellos, eso era la felicidad, llevar un ritmo frenético a toda costa. La felicidad de plástico a la que ellos aspiran. O como una vieja gloria dijo en una ocasión: “vive rápido, muere joven…”. Muchos le siguieron y aún algunos lo consiguieron.

 Entonces me di por vencido, lo reconozco. Me senté en una esquina y los vi deambular como insectos locos dentro de un espejismo colectivo. Sus caras, sus caras no eran de felicidad, eran de soledad, de vacío, de perplejidad, de hastío… Y me dije: “tienes que volver a intentarlo, tienes que ayudarles a liberarse de todo eso”. Sentía que debía hacerlo, no sé por qué, pero debía intentarlo de nuevo, tal vez porque no quería ser el único que pudiera disfrutar de esa quietud, de esa serenidad, necesitaba compartirlo con otros, y me dije: “volveré a intentarlo de nuevo, pero utilizaré otra forma de hacerlo; me adaptaré a ellos, me pondré a su altura, correré tanto como ellos, viviré frenéticamente, hasta que entiendan, hasta que comprendan que todo puede ser mejor, que necesitamos oírnos a nosotros mismos, oír a los que nos rodean, sentir que nuestro corazón late dentro de nosotros, y después nos detendremos, suavemente, gradualmente; lo haremos, y podremos disfrutar de compartir ese estado tan sencillo como intuitivo, esa capacidad para expandir nuestras almas, para sentir la paz de esos innumerables pequeños instantes… Así que me dispuse a hacerlo. Y, al principio me costó bastante, me refiero a hacerme de nuevo un ser veloz e insustancial. Me había convertido en un ser lento y no conseguía igualarlos, pero me esforcé mucho, y cuando estaba a punto de desfallecer recordé eso de dejarme llevar por la corriente, de deslizarme sobre la cresta de la ola y conseguí de nuevo la velocidad de crucero necesaria, pero dio igual porque tampoco me escucharon. Mi mensaje no era popular, y me miraron con ojos desorbitados, y se rieron y algunos me preguntaban si estaba loco y entonces me dieron un empujón para impulsarme aún más y la vorágine de la brevedad me devoró las entrañas y ahora que quiero detenerme de nuevo me doy cuenta que ya no soy capaz de hacerlo, que mi cuerpo apenas me obedece, que se resiste a parar, que me voy transformando de nuevo en un ser efímero y trivial, y, con terror contemplo que mi cuerpo se tensiona, que mi alma se contrae, que mis sentidos se embotan, que mi mente se distorsiona, que estoy volviendo a ser como ellos, un adicto a lo momentáneo, a lo insustancial, a lo superfluo…

 Y en un último intento grité con fuerza: “¡Por favor, paren el mundo!” “¡Párenlo, que quiero bajarme de él…!” Pero el autobús no se detuvo, nunca lo había hecho en esa parada…

  

 

 

 

 

 



Fuente: http://www.wattpad.com/mystories
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Autor: Francisco Sánchez
Enviado por fanchisanchez - 31/10/2012
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