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El carrusel de las almas perdidas (CAP.9)

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Juan Ramón es uno de los encargados de mis sesiones individuales. En la parte superior de mi cabecera hay un panel que explica y detalla toda mi rutina dentro de esta cárcel de cristal. Ahora mismo lo tengo frente a mí: “sesiones individuales con el doctor Díaz Laca o, en su defecto, con la doctora Gutiérrez Vera todos los lunes a las diecisiete horas de la tarde, y las colectivas los miércoles y los sábados a las diecisiete y a las once respectivamente”.

Juan Ramón tiene unos treinta y cinco años, de piel juvenil y ojos traviesos, pelo cargado y canoso y barba muy cuidada y simétrica. Es listo, amigable y observador. Intenta conquistarte a base de preguntas escrutadoras, preguntas que más parecen comentarios fortuitos pero que él formula para conocerte por dentro con tu forma de contestar y con lo que dices. Penetra en tu interior a base de palabras que se deslizan con serenidad, casi con sensualidad, creando un clima cómodo y amistoso que él intenta componer para que te dejes llevar y le cuentes todo lo que pasa dentro de ti. Es un poco un ladrón furtivo de sentimientos y emociones, por que intenta cavar en lo más hondo de tu alma y descubrir qué es lo que te ocurre y por qué. A menudo va como un ciego, palpando aquí allá; descubrir la verdad que ronda nuestras almas es algo arduo e inaccesible para cualquier ser humano. La sesión de hoy ha sido interesante. Ocurrió lo siguiente: cuando pasé a su despacho él estaba tras su mesa, perdido en un revuelo de papeles y formularios. Después de unos segundos de desorientación me recibió con una sonrisa:

 -Hola Laura, ¿Cómo estás? ¿Que tal va la cosa? Me alegro de verte.

-         Muy bien, gracias José Ramón.

-         Siéntate, por favor.- Eso mismo hice, pero no al otro lado de su mesa, sino en un sofá que había enfrente. Ese rincón de la habitación es una especie de lugar ideado para que tus sentimientos afloren por sí mismos; la luz es tenue, la decoración suave, hasta la temperatura es agradable.- En un momento estoy contigo.- Me dice y trata de ordenar ese caos de papeles. Después se sienta frente a mí y me observa con ojos inocentes. Me sonríe con naturalidad pero me siento incómoda, es como si tratara de averiguar lo que pienso.- Y ¿Bien?- Solo dice eso por que espera que yo encamine la conversación en uno u otro sentido, pero a mí solo se me ocurre encogerme de hombros. Supongo que no debe ser fácil tratar de entablar un diálogo con una paciente como yo.- Bueno, ¿Has notado alguna mejoría, por pequeña que sea? Cualquier cosa puede ser una buena señal, recuerda que el primer paso es el que comienza un largo camino.

-         No sé, todo sigue igual.

-         ¿Qué tal con los medicamentos? Espero no hayan producido ningún tipo de efecto secundario. Al contrario, espero que cumplan su cometido.

-         Aparte de estar harta de ellos, lo mismo de siempre.

-         Bueno,- y continua alongándose hacia mí, como acostumbra cuando va a entrar en materia,- el tratamiento que estás tomando potencia la conexión sináptica de las neuronas. Sería el principio, la llave para abrir ese “baúl de los recuerdos”, como dice la canción,- sonríe y yo hago lo mismo, aunque lo cierto es que no me resulta gracioso.- Normalmente, las personas que no retienen información de forma sistemática se debe a que esas conexiones sinápticas están deterioradas y es como si perdieran esa información por el camino, como cuando una tubería de agua tiene fisuras. Basta con tapar esas fugas para solucionar el problema.- Sé que ellos creen que existe un problema físico que tal vez la ciencia, con el tiempo, pueda resolver, pero yo creo que debe de haber alguna razón de otra índole para ello, aunque no sabría explicarlo, pero tengo esa confusa e interna sensación.- Lo normal es que el tratamiento hubiera dado ya algún tipo de resultado, pero como esto no resulta exacto, tendremos que tener un poco más de paciencia, ¿no crees?

-         No sé, es posible.- Contesté sin ningún tipo de convencimiento.

-         ¿Recuerdas algo de las sesiones pasadas? ¿Algo de la historia que te conté quizás?- Negué con la cabeza.

-         No recuerdo nada de lo que me contó.- Continué.- Es curioso, recuerdo nuestros encuentros, incluso recuerdo el mobiliario de la habitación, me acuerdo de usted, pero no recuerdo nada de lo que hablamos. Imagino que ya estará harto de escucharlo, ¿No?

-         No te preocupes por eso Laura, para eso estoy aquí. Bueno, no perdamos la esperanza, así que, como de costumbre, te contaré otra historia, ¿de acuerdo? Escúchame con atención y trata de acordarte de algunos detalles. Pues bien, en esta ocasión se trata de un hombre que vivía solo y tenía un perro al cual quería mucho por que era su única compañía. Este solía esperarle todas las noches a que volviera de la facultad y siempre estaba muy alegre, y le encantaba jugar con él. Existía una especie de conexión entre ambos. A propósito de ello, incluso le llamaba Compi. Un día este chico vino borracho por que había salido con unos compañeros y dejó la puerta de su casa abierta de par en par, así que Compi quizás interpretó que su amo le dejaba salir y lo hizo con la precipitación propia de un animal dinámico que está todo el día encerrado en la casa, con tan mala suerte que cruzó la calle sin cuidado y un vehículo que venía a una velocidad considerable le atropelló.Nuestro amigo oyó el aullido desgarrador desde su casa y se asomó a la ventana, y vio al pobre Compi moribundo, tirado en el asfalto. Bajó a toda prisa y, comprobó destrozado que no había nada que hacer, y que su compañero estaba experimentando un gran sufrimiento, así que no pudo hacer otra cosa que sacrificarlo para que no sufriera más. Eso le hizo sentirse muy mal y se sintió como un miserable, y culpable por la horrorosa muerte de su perro.- El doctor permaneció en silencio por un instante esperando a ver mi reacción. Yo me sacudí al ver esa misma escena en su retina y al sentir como me transmitía todo el dolor y la desazón que había experimentado en ese aciago momento.

-         Es una historia muy triste. Debió de ser muy duro para él...- Juan Ramón no dijo nada pero sus ojos asintieron. Todavía existía culpabilidad y tristeza por dentro.

-         Así es.- Contestó observando los matices de mi rostro.- ¿Qué piensas? ¿Crees que debería sentirse culpable? ¿Tenía motivos para ello?

-         Bueno, es posible que estuviera pasando por una mala racha, un mal momento. Es posible que alguien muy querido hubiese muerto recientemente después de luchar contra alguna enfermedad terminal..- Los ojos del doctor me enfocaron con atención, y su piel se erizó por completo. Ahora era él el que sentía como se agitaba su interior.- Es posible que estuviese saliendo de una relación intensa pero espinosa. Quizás había sentido que su chica había estado saliendo con alguien más a sus espaldas. Y puede que se sintiera furioso cuando se enteró que ese alguien era un íntimo amigo. Esa furia acabó en una trifulca y ambos quedaron heridos y magullados por la fogosa reyerta. Todo eso había hecho de él alguien desesperado y agobiado. Eso le hizo perder las riendas de su vida. La gota que colmó el vaso fue lo de Compi, y eso lo lleva dentro desde hace mucho tiempo. Lo único que pudo hacer es enfrascarse en sus estudios para tratar de superar esa sensación de frustración y desaliento. Al menos, de esa forma, evitaba pensar en ello. Tal vez eso le ayudara a olvidar ese estado de abatimiento que parecía imposible de superar...

 Juan Ramón se había quedado atónito. Su boca semi-abierta demostraba el impacto que habían significado mis palabras. Era como si se sintiese tan sorprendido como desnudo. Se aferraba a los brazos del sillón como tratando de paliar la sensación de vértigo que había experimentado por unos segundos. Tengo que confesar que fue divertido verle así. Es como si, de repente, descubriera que algún ojo indiscreto había estado espiándole desde un lugar insospechado e increíble.

-         ¿De dónde has sacado todo eso?- Preguntó después de hacer un gran esfuerzo por sobreponerse. Tragó saliva.

-         Bueno, por decirlo de alguna forma, lo he supuesto. Detrás de cada circunstancia específica hay circunstancias aleatorias que pueden llegar a desencadenar en un punto concreto. La vida es como una gran piedra redonda que va cayendo por una ladera, y cada vez lo hace a mayor velocidad. Cuando era pequeña la piedra rodaba muy lentamente, apenas parecía moverse del lugar, ahora parece que la piedra comienza a coger más velocidad y me parece divertido, cuando tenga más edad supongo que la velocidad se transformará vertiginosa y los años parecerán irse volando, y en la vejez la piedra volverá a ralentizarse aunque lo cierto será que irá tan veloz que no llegaré a apreciarlo hasta que esté apunto de chocar para detenerse de forma abrupta y súbita. Los acontecimientos siempre se suceden de forma continuada y paulatina, y es cuando nos paramos a mirar hacia detrás cuando nos damos cuenta de lo que ha rodado nuestra vida y hacia dónde se ha inclinado nuestra existencia. 

-         Y tú, ¿Cómo puedes saber todo eso? Eres muy joven aún y con tu problema, resulta un poco sorprendente que hables de esa forma. Además, ¿Cómo puedes suponer la historia que hay detrás del “personaje” que te he narrado? Podría ser una invención mía- El doctor trataba de averiguar de dónde sacaba yo esa verdad que le hacía sentir vulnerable ante mis ojos, una insignificante paciente. Intentaba ahondar en mi mente procurando sacar conclusiones extrañas.

-         No lo sé, doctor, se lo prometo. Tal vez sea por el hecho de tener que pensar en ese tipo de cuestiones. No tengo la posibilidad de ocupar mi mente en los asuntos triviales y cotidianos de la gente que sabe quién es y recuerda todo lo que ha hecho, y, en vez de eso, pienso en estúpidas cuestiones que tienen que ver con mi existencia y el por qué de las cosas. Eso me atormenta pero también me ayuda más a conocerme. Estoy como ciega en sentido emocional, y, por eso, debo aguzar y desarrollar otros sentidos que en la mayoría de las personas están dormidos, supongo. Si fuésemos capaces de romper esa barrera que supone todo lo superficial, lo meramente físico, seríamos capaces de navegar dentro de nuestros sentimientos y, a su vez, sentir con mayor intensidad lo que los demás sienten. Eso nos ayudaría a comprendernos y, por ende, también a los demás. También nos ayudaría a romper ese caparazón que intentamos construir para protegernos de los demás y que en realidad nos hace más débiles porque nos aísla de ellos. Como tengo apuntado en mis diarios, aunque no recuerdo quién lo dijo o dónde lo he oído: “si las puertas de la percepción se purificasen, cada cosa parecería al hombre cómo es, infinita, pues el hombre se ha encerrado hasta el punto de no ver sino a través de las grietas estrechas de su caverna...”

-         Está bien.- Juan Ramón parecía sentirse incómodo y descolocado por las cosas que estaba oyendo. Carraspeó desconcertado. Era un terreno en el que se sentía inseguro y por eso intentó pasar a otro cosa- Ahora quiero que te pongas en una posición cómoda y que intentes relajarte. Cierra los ojos, cuida que la respiración sea con el abdomen y de forma pausada y acompasada. Muy bien.- Espero tres segundos a que yo me relajara- Ahora intenta recordar algo sobre ti misma. Vamos a tratar de estimular tus mecanismos de recuerdos.

-         De acuerdo.- Aflojé mis músculos e hice lo que él me dijo. Trate de concentrarme.- Veo imágenes sueltas que no sé ordenar. Son como espejismos que aparecen y se difuminan en un lugar incierto y confuso. Veo una niña pequeña que llora, pero no sé si soy yo. Un hombre mayor que tropieza y está a punto de caer. Un perro que ladra, una playa con muchas olas, unos niños peleándose, un hombre que llora... Recuerdo la cara de mi padre, la de Julia, mi abuela en el pequeño jardín de mi madre. Es curioso, recuerdo a mi abuela enseñándome una foto de mi madre y contándome historias sobre ella pero no recuerdo ni su rostro ni esas historias. Sobre todo recuerdo sensaciones, frustración, soledad, tristeza, miedo, rabia...

-         Tal vez esas imágenes inconcretas y esas sensaciones difusas vayan materializándose poco a poco hasta registrar recuerdos nítidos y completos.- El doctor me hablaba intentando transmitirme un poco de optimismo, pero lo cierto era que no había nada que pudiera hacer al respecto, y él lo sabía. Había un extraño guiño de incertidumbre cuando trataba de hacerme creer que mi problema se solucionaría con unas inyecciones o unas pastillas.- Háblame de tu relación con Julia.

-         ¿Qué puedo decir? Nunca ha sido demasiado buena. Por lo que sé y lo poco que recuerdo, hubo un tiempo en que la vi como una especie de usurpadora. Ahora reconozco que mi padre tiene derecho a rehacer su vida y que yo no soy nadie para impedírselo, pero supongo que eso me hizo tratarla de forma algo áspera. Aunque lo cierto es que siempre he sentido que no conectábamos, que existía una distancia insalvable entre nosotras. Seguramente la culpa ha sido mía por no darle nunca una oportunidad. Puede que haya sido una celosa. Me enfurece que mi padre me trate como una pobre enferma y loca y, sin embargo, me molestaba mucho que ella pasara a ocupar un lugar tan importante en su vida. Puede que ahí nazca mi mal genio, mis rabietas estúpidas, mi obcecación. Es posible que haya comenzado a entender las cosas y a asimilarlas. Creo que he madurado bastante. Pero ha sido un camino duro, nada fácil.

-         Sí, lo supongo.

-         Generalmente somos tan torpes emocionalmente... Nuestro error es que no somos capaces de comunicarnos de verdad con las personas que nos rodean. A veces hablamos chorradas pero las cosas importantes e íntimas quedan encerradas. Es un error, ¿No cree?- Juan Ramón asintió de nuevo.- ¿Qué me dice de eso? ¿Le ha ocurrido a usted?- El psicólogo me miró asustado de nuevo por que sospechaba que sabía de qué le hablaba. Se sintió de nuevo transparente y expuesto. No pudo decir nada, sus palabras se atascaron en su garganta, volvió a carraspear.

-         ¿Por qué lo dices?- Continuó después de la impresión inicial. Intentaba recuperar el control de la situación.

-         A todos nos ocurre. A mí, por ejemplo, me ocurre con mi padre. Es algo que no puedo evitar. Sé que me quiere, por supuesto, pero no es capaz de demostrármelo. No sabe profundizar en mis sentimientos. Me ve con unos ojos que no me gustan, y eso me enfurece. A veces tan solo se trata de eso, de la forma en que vemos a esas personas. Por ejemplo, en su caso no es capaz de olvidarse de todo lo demás que le parece tan trascendental e importante como es su maldita empresa y mantener una conversación conmigo totalmente franca y honesta. A los adultos le da miedo desnudarse, sobre todo ante sus inexpertos e inmaduros hijos. Y yo permanezco en mi posición defensiva, nunca tomo la iniciativa. Siempre espero que él sepa lo que debe decir y hacer y, lo cierto es que, por el hecho de ser un adulto curtido en cientos de batallas cotidianas no le da la condición de infalibilidad absoluta ni la garantía de que no acabará por cometer un error. En el fondo, es tan torpe y se siente tan perdido como cualquiera de nosotros, como usted o como yo.

-         ¿Tu crees?- Preguntó el médico tratando de poner en duda mi aseveración.

-         Sí, lo creo.- Asentí con seguridad.- Usted podría tener, por ejemplo, un hijo, y creer que es un chico rebelde y testarudo, y sentir que lo está perdiendo. Lo más humano sería tirar la toalla. Pero nunca se le ocurriría pensar que está enfocando mal el problema. Es posible que lo único que su hijo quiera sea llamar su atención por lo lejos que se siente de usted. Tal vez sea la forma de hacerlo. Tal vez espera menos rectitud y más apoyo de su parte, que confíe más en él. Quizás espera que se enfrasque menos en los casos de sus extraños pacientes y que le dedique más tiempo y energías a él. Tal vez necesite que le dé una voz más alta y se ponga en su lugar y después se vayan juntos a jugar o al cine o algo así. Cuando una persona no encuentra el camino que necesita busca otros senderos, y esos sí pueden ser peligrosos. Quizás él necesite más un amigo que un padre...

 Juan Ramón estuvo a punto de levantarse y preguntarme cómo había llegado a esa serie de conclusiones sobre él. Había agitación en sus ojos. Por otra parte, también tenía el deseo de inquirir más sobre el asunto, sobre lo que sentía su hijo y lo que quería, e incluso lo que sentía y debía hacer él mismo, pero se retuvo pues tuvo miedo de descubrirse de esa manera. Después de todo, yo no soy más que una paciente. Había una tempestad dentro de su alma. Emociones que se encontraban. Reflexiones e intenciones que se perdían en su cabeza. La sonrisa de su hijo tal vez, o algún reciente altercado. Se dejó llevar por su naufragio emocional y no hizo nada de eso. A mí no me hubiera importado seguir hablando de ello, descubriendo lo que él mismo me mostraba con sus ojos, pero no me lo pidió. Simplemente me comunicó que dábamos por terminada la sesión. Al salir de allí me pareció oírle llorar...

(Continuará...)

 

 

El carrusel de las almas perdidas (CAP.9)

Fuente: http://www.jamendo.com/es/list/a113351/hija-de-la-magia
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Autor: Francisco Sánchez
Enviado por fanchisanchez - 24/03/2013
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