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Al final, el amanecer.

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Cuando la noche se define en el cielo, mi luna (que es siempre de abril) le pide más fuego al sol y brilla como socorriéndome. Hay toda una historia socorriéndome. Es que la luna encendida me recuerda a Doña Aurelia, mi madre.

Ella se abstraía en la belleza selene y sus ojos pequeños cobraban vida y brillo. Yo la miraba a ella y me sentía feliz, porque, con mis pocos años, me daba cuenta de que eso le hacía bien.

Doña Aurelia no tuvo una linda infancia, sus nostalgias la transportaban a un campo en la provincia de Entre Ríos donde, quizás, aprendíó con dolor la palabra NO. Tuvo muchas privacionespor la pobreza que rodeaba su hogar, sus padres se fueron de la vida muy pronto y tuvo que trabajar para esos parientes que disfrazados de gente caritativa eran, más bien, propietarios de los huérfanos a quienes les daban un trato esclavizante. Ese trato padeció mi madre, según contaba.

No sé porque nunca me contó si tenía hermanos, o tíos. Ella parecía venir de la nada. Algún día se casó y tuvo hijos. Dos de ellos son los que compartieron mi nacer y mi historia.

Pero su vida no cambió mucho en cuanto a padecer. Junto con los años llegaron los problemas, la pobreza, el abandono de un esposo, los reproches y los golpes. Otro tipo de esclavitud.

Como sucede en estos casos apareció alguien, un tal Don Roque. Un hombre con sueños y promesas. Un hombre mayor que ella. Un hombre que llegaría a ser mi padre. Doña Aurelia, abandonada a su suerte, con hijos grandes y pequeños, alzó en brazos a estos y se prendió en un vuelo de ilusión al corazón alado de Don Roque.

Don Roque era poesía y esperanza, era cielo y horizonte. Quizás mi madre sonrió por primera vez en años mientras el camión con los pocos muebles y ropa la llevaba a esa provincia mítica llamada Buenos Aires. Allí amanecería por fin. Alli comenzaría a contar de nuevo.

Sin embargo Don Roque tenía un corazón alado y su vuelo no se detenía. Era trashumante y los trashumantes no pueden detenerse mucho tiempo en un sitio. Asi que de pueblo en pueblo, de estancia en estancia, mi padre nos fue llevando tras sus sueños, algunos de ellos quiméricos. Doña Aurelia empezó a ver como sus ilusiones se desgranaban y aquella sonrisa que asomaba como una florecilla se terminó secando. Otra vez los atardeceres sin motivo, las mañanas sin claridad. El maltrato, el golpe, el olor a alcohol y a cigarro. Todo muy cerca, tan cerca que mataban los sueños.

Ella sumisa igualmente, callada, miraba el suelo al caminar, pensativa siempre, buscando una respuesta a lo inexplicable. Eso mismo que piensan aquellos que nunca le hicieron nada malo a nadie, nunca le desearon el mal a nadie y, sin embargo, los golpes vienen y duelen, lastiman.

Ay Doña Aurelia! ni yo la comprendía cuando miraba el cielo y sus ojos se encontraban con la luna como si el pequeño disco de plata y ella tuvieran una amistad eterna. Una química inexplicable. Solo se que se sentía bien en ese momento.

Cuántos de nosotros nos contentamos con esas cosas pequeñas y gratuitas. Cuántos las despreciamos.

Pasó implacable el tiempo, Doña Aurelia vio irse a Don Roque para el irretornable camino del descanso. Mi madre lloró por ese hombre que jamás cumplió sus promesas, lloró como si hasta en el último minuto de vida de el  se pudiera realizar uno, ¡tan solo uno de aquellos tantos sueños de Don Roque! Pero no fue, no pudo ser.

Quedó sola mi madre, nosotros ya no eramos compañia, cada cual pensaba en sus cosas.

Un dia, del brazo de su eterno Diosito, como así llamaba al creador, salió muy temprano a su trabajo de servienta. Ese día se vistió con lo mejor que tenía. Yo la la acerqué a su destino. En el camino me hablaba de cosas que ni recuerdo para mi propio pesar de culpa y me dio un beso al despedirse. Del beso me acuerdo perfectamente. Seguí mi camino.

Al regresar a la casa mi hermano Armando me preguntó por mi madre, pues no había regresado. Preguntamos a un par de tía, hermanas de Don Roque, que ella sabía frecuentar y no sabían nada. Empezamos a buscarla y la noche avanzó hasta la madrugada.

En un hospital, un frío hospital de Lomas de Zamora, la encontramos, casi al amanecer. Sus cabellos peinados, su rostro calmado como pocas veces podíamos verla, sin ese reflejo de tristeza y una sonrisa en sus labios que me recordó cuando miraba la luna. No pude ver sus ojos embelesados por el brillo selene, estaban cerrados.

Por fin, para Doña Aurelia, había llegado el amanecer que esperaba.

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Autor: joaquín piedrabuena
Enviado por joaquinpoeta-01 - 20/05/2013
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1) damaquito dijo...
damaquito
Te felicito amigo Joaquín por tu emotivo y buen relato, escribir pasajes sobre la vivencia de nuestras madres, siempre será grato y enternecedor, por que ese ser tan misteriosa, tan divina, tan pura que es la madre, merece toda las atenciones, todo el cariño y el amor posible. Cuanta tristeza, cuanta alegría, cuantos sufrimientos tuvo que enfrentar ella al final para esbozar una sonrisa de satisfacción de ver a su hijo feliz y triunfando en la vida. Un fraternal saludo amigo hacia tiempo que estaba extrañado tus relatos.
 0   0  damaquito - [25/05/2013 05:48:13] - ip registrada
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