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El Fin de la Búsqueda de Sinelius Meltah

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Éste es un relato reproducido con permiso de su autor, Dalmau Pérez, un ex-ejecutivo reconvertido a militante anarco-sindicalista, que entre conspiracion y conspiración encuentra tiempo para desarrollar una tardía, improbable y modesta vocación cuentista.
 
Sinelius Meltah era un sibarita en el sentido más elevado de la palabra. A sus cincuenta y tres años, su trayectoria vital se había caracterizado por la búsqueda constante y concienzuda de los placeres epicúreos y espirituales más refinados. Esta búsqueda se había visto coronada casi siempre por un éxito que ya se había convertido casi en un hábito. Porque la naturaleza, por una vez, había permitido la coherencia entre los dones y las aspiraciones otorgados, y junto a su necesidad constante de goces terrenales Sinelius había recibido una inteligencia natural y una constancia tenaz que habían actuado como una sinérgica dupla. Cuanto más se esforzaba (gracias a la segunda) en utilizar la primera, ésta se volvía más y más aguda.
Así, tras más cuarenta años desde que él mismo comenzara a considerarse adulto, Sinelius Meltah podía casi decir que no había placer que no hubiera catado, desde la degustación de las más insospechadas ambrosías sudanesas hasta la observación de los alfabetos espectriformes de Nueva Zelanda, pasando por la energización simultánea de chacras o por la lectura táctil de las estatuas mayas del templo de Chimaz Atzeic.
Su alma era un aventurero en busca de playas desiertas, no había posibilidad de disfrute terrenal o intelectual al que hubiera dicho que no. Tras seis años iniciales de absorción desordenada de información y de sensaciones, poco a poco había aprendido a juzgar a priori las posibilidades de cada opción que se abría ante los ojos, de forma que había desarrollado un carácter selectivo sin parangón sobre la tierra, que le permitía seleccionar de entre las infinitas posibilidades del universo,casi siempre sin equivocarse.
Sus relaciones personales no eran distintas, siempre sujetas a lo eventual y efímero de los placeres… hasta que conoció a Rada Magath. Supo al instante que estaban predestinados a compartir su eterno y gozoso peregrinar. No había criatura sobre la tierra que se pudiera equiparar a Sinelius, excepto Rada, y eso lo supo a la segunda frase que intercambiara con ella. Dotada de casi todas las gracias que la naturaleza pueda regalar a una fémina, su mente no rayaba a menor altura, de vivaz intelecto y mordaz lengua, se identificó de inmediato con la eterna búsqueda de Sinelius. Así, se habían convertido desde hacía catorce años en una pareja estable, si es que una denominación tan común era aplicable a ellos.
Pero ahora, el día en que cumplía cincuenta y cuatro años, Sinelius sabía que había arribado a la última posada. No estaba dispuesto a envejecer, no aceptaba por principio la degeneración física propia de la edad. Así que estaba dispuesto a paladear el que para él constituía último de los placeres: la decisión sobre la propia vida. No hace falta señalar que Sinelius era agnóstico practicante, y que más allá del plano intelectual, no admitía la existencia de ninguna dimensión espiritual donde tuviera cabida esa invención de las religiones denominada “alma”.
Así que allí estaba, sentado en su mansión de estilo dieciochesco, en el pabellón de otoño, paladeando un oporto de sesenta años de antigüedad, mientras esperaba a Rada. Por una vez en su extensa trayectoria vital, no estaba seguro de la respuesta que su pareja le daría (a pesar que desde hacía lustros la comunicación no verbal entre ellos y la coincidencia de pensamientos era casi total). Porque lo que le iba a plantear era compartir su destino final. Proponer, y no otra cosa. Dejaba para los folletines románticos las patéticas escenas del suicida que pretende arrastrar en su delirio final a sus seres queridos. Ni lo suyo era delirio, ni su alma se había vuelto tan egoísta para no respetar la voluntad ajena.
Entró finalmente Rada, con la elegancia de porte tan habitual en ella. Le dio un beso en la mejilla y se sirvió con confianza un vaso del añejo oporto, comenzando a paladearlo con calma, sin ansia alguna, mientras perdía la mirada en las nubes de otoño, a través de los cristales del elegante invernadero.
- Rada, quiero plantearte algo que tal vez ya hayas sospechado. Por supuesto que entendería si no compartes la propuesta, vaya eso por delante, pero…
-Calla Sinelius -interrumpió brusca pero armoniosamente Rada-, no hace falta que sigas. Sé (te conozco muy bien) que no soportas tu incipiente decadencia física. Sé también que aspiras a que comparta tu planificada suerte, ahora que ya se insinúa el inevitable fin de mi lozanía -proseguía mientras se acariciaba la todavía suave piel de su cuello-. Pero debo decirte algo: no he podido evitar como tú el lado oscuro del placer. Y ahora son otros los goces que me atraen.
Decía esto mientras despacio, casi con estudiada parsimonia, extraía un alargado y extraordinariamente afilado cuchillo de su escote.
Etiquetas: relatos
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08/12/2010ir arriba
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