Me siento en un triste rincón a entristecerlo más aun con mi propia tristeza.
Miro sin ver nada los recovecos de las paredes a medio revocar. Me vienen recuerdos de días soleados y escucho el eco de mi risa de niño despreocupado. No sabía que los años me iban a traer tristezas que opacarían los sueños.
Tengo la espalda cargada de tiempos. Tiempos que pesan y tienen más fuerza que mis propias fuerzas. Quizás un día de estos en que, herido de tristezas me arrincone a buscar alivio, pueda, con suavidad, dormirme en mi propia muerte sin saber que es muerte al fin.
Tengo que tomar una decisión y es un paso distinto en mi camino.
Debo irme, amor de mi vida. Me siento bien contigo, pero debo irme. El niño que fui me reclama en los hijos que me esperan con su perdón de niños en los labios. Porque los niños perdonan y olvidan, no son como los adultos.
-“¡Volvió mi padre!!! –gritará Simón-con su voz casi de adulto.
-“¡ya no se irá más!!!- repetirá Ayelén con sus quince años florecidos.
Y yo besaré la tierra de ellos por primera vez, y quizás, por última vez.
Estoy en este entristecido rincón en soledad y mi tristeza se convierte en lágrima. Me voy y no quisiera irme mi amor. Pero debo hacerle caso a la razón y no al corazón.
Por eso, con un mar de dudas y de opacas sombras me alejo paso a paso. ¡No pudo ser querida mía! ¡y tanto lo intentamos!, pero así es la vida. Cuídate, te quiero mucho, quien sabe hasta donde te quiero, pero me reclama mi propia sangre, y debo responder con urgencia a ese grito ancestral…”padre, padre, te extrañamos”.
Solo Dios sabe lo que luché por llegar a ti y solo Dios sabe lo que lucho por alejarme sin que una tristeza nos hiera el alma. Pero es imposible, amor, ya estoy llorando. Miro tus fotos, tu sonrisa y tus ojos tristes. Y se me caen los brazos.
¿Sabrás perdonarme sin olvidarme?
¿Sabrás olvidarme teniéndome presente?
Hoy me voy con mi mochila de recuerdos tuyos. Me voy amor, ya no abra caricias ni flores. No habrán despertares naranjas con tu piel en mi piel. Me llevo todo eso en mí, y todo te lo dejo.
El río del tiempo echará un alivio, pero tú estarás en mi torrente de sangre y pena de amor.
Que leyenda de amor fuimos, ¡que poesía! y ni siquiera un verso ha quedado de todo aquello.
No bastaron todas las promesas mi cielo, pueden más las lejanías. Me voy y quiero decirte que he muerto en tus brazos para siempre. Lo que parece vida en mi no es mas que un espejismo.
Lo que hoy se aleja de ti no soy yo….es un cadáver… nada más. Adiós amor, te quise como jamás quise, como jamás querré.