|
(A mis sobrinos Luis Alberto, Jesús Manuel, Emperatriz, María Teresa y Valentina Sofía, hijos de mi hermano, que ahora y para siempre, son hijos míos, dedico)
Esta mañana tuve un mal presentimiento. Un mal presagio. Se lo comuniqué a mi hermana Raquel. Ella, tímidamente, me respondió: 'Yo también'. Mi hermano Luis Alberto Meléndez Meléndez, desde ayer--18 de diciembre—no aparecía y los teléfonos celulares estaban apagados. Varias veces marqué sus números en vano. Mi madre estaba nerviosa, preocupada. A las 8 de la mañana, fui con mi sobrino Luis Alberto Meléndez (Hijo) a colocar la denuncia por ante el CICPC-Carora. Antes yo había ido a hacerme unos exámenes en el laboratorio de la Lic. María Chami, amiga de la familia. Media hora después llegó a casa de mi mamá, Hernán González, mi cuñado. Le conté de mi intranquilidad. De repente suena mi celular y al ver que era mi sobrino Luis Alberto (Hijo) me dice aturdido por el dolor y la impotencia que el cadáver de mi hermano Luis Alberto Meléndez Meléndez se hallaba en la morgue del Hospital 'Pastor Oropeza'. Abrazándome con Hernán, de inmediato nos fuimos para el Hospital. Aún llevaba una esperanza. Una maldita esperanza: de que no fuera mi hermano. Entré y lo vi. Terriblemente torturado. Despiadadamente golpeado. Amarrado como si fuera un perro, un animal. Con dos tiros en la cabeza. Manos sanguinarias acabaron con la vida de mi hermano. Nunca le hizo mal a nadie. Ayudó a muchísimas personas, y no pocas veces, llegó a quedar limpio después de darle lo único que cargara en los bolsillos a quien lo necesitara. '¿Padre, por qué me has abandonado?', recitó el hijo de María y de José El Carpintero, a Dios cuando sintió que su muerte estaba cerca. ¿Padre, qué se hicieron mis oraciones, por qué no socorriste a mi hermano cuando más te necesitó? ¿Dónde estabas? Mañana, temprano, muy temprano, a las 10 a.m., sepultaremos a mi hermano Luis Alberto. Unos criminales mataron a mi hermano. Cerraron sus ojos para siempre. Empero, su alma está liberada. Libre. Yo lo sé. En algún lugar mi abuelo Papa Chú y Mama Teresa lo esperan para abrazarlo y transformar su angustia y dolor en bálsamo de alegría. ¿Padre Mío, por qué no socorriste a mi hermano cuando más necesitó de ti? ¿Acaso es inútil la plegaria? ¿No dice la Biblia, en su Salmo 91, que 'Caerán mil a tu lado, y diez mil a tu diestra, pero a ti no llegará'? Si yo supiera que mi hermano Luis Alberto, hubiere sido un delincuente, bajaría la cerviz, y aceptaría este inesperado golpe que ha marcado mi vida para siempre. Pero, Luis Alberto, mi hermano era un hombre honesto, decente, un extraordinario hombre de negocios, un grandioso padre, un maravilloso hijo, un impresionable hermano, sin ninguna macula de maldad en su alma de niño. Nunca se le conoció enemigo alguno. Jamás habló ni se expresó mal de nadie. Hermético. Callado. Cuando estaba enfermo nunca se lo comunicaba a nadie, ni siquiera a mi mamá, para no preocupar ni molestar a ninguno de sus allegados. Últimamente habíamos tenido una reunión muy familiar, y todos le preguntamos que si tenía algún problema, si temía algo, y a sus hermanos nos manifestó: 'Mi mamá estará muy orgullosa de nosotros sus hijos varones; yo nunca he estado ni estaré involucrado en cosas malas', y dirigiéndose a nuestra hermana Raquelita, dijo: 'Siéntase orgulloso de mí, yo lo único que soy y seré toda la vida es ser un buen comerciante'. Y le creímos, y así lo creemos. Mi hermano Luis Alberto jamás llegó a contarme nada pérfido que pudiera poner en peligro su vida o que pudiera deshonrar el apellido de nuestra honorable madre, herencia de nuestros abuelos maternos. Por ello nos duelen los malsanos comentarios que impúdicos personeros sin oficios han lanzado a la calle para hacernos daño. Empero, toda Carora conocía a mi hermano Luis Alberto. Toda Carora sabe que mi hermano era un buen hombre. Era amigo del pobre y del burgués, como me gusta llamar a los bolsas que idolatran el dinero y creen que ello es todo en el mundo; compartía y disfrutaba de las conversaciones con los limpiabotas y con tantas gentes que se le acercaban en la Panadería Flor de Carora, a pedirle ' Luis regálame algo que ando pelando', y él, como cuenta mi hermano Andrés Eloy Álvarez, malhumorado de mentira, ripostaba : ' Chico, yo lo que tengo es la pura cara de rico, habiendo aquí setenta personas, te antojaste del más pendejo', y no había terminado la frase cuando sacaba de su bolsillo lo que cargara y no solo le daba algo de dinero sino que también le pedía un café y comenzaba a charlar con esa persona de lo más normal como si lo conociera desde hace tiempo. ¿Padre Mío, por qué no socorriste a mi hermano cuando más necesitó de ti? Mataron a mi hermano Luis Alberto y una inmensa impotencia se convierte en lágrimas y la tristeza en el cuchillo que hoy quema lo que queda de mi alma.
Carora, 19 de diciembre de 2009
|