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Desde la Universidad de San Miguel.
En otro orden de ideas, hoy quiero compartir con todos ustedes, una satisfacción, pues hemos iniciado el ciclo escolar con una pléyade de jóvenes deseosos de aprender, llenos de energía y con la mirada bien puesta en su horizonte; llegan a nuestra universidad para abrevar cultura y formarse profesionalmente. Nosotros por nuestra parte, haremos nuestra tarea, los ayudaremos a identificar sus metas y a trabajar para lograrlas. A ellos, especialmente les envío esta hermosa historia que me fue enviada por José Luís Sandoval, un estimado amigo de Mazatlán. Esta historia dice así:
“A principios de la década de los ochenta, recién casado, fui vecino de un médico, cuya mayor distracción era plantar árboles en el enorme patio de su casa. Con frecuencia lo veía desde mi ventana, y observaba su esfuerzo por plantar árboles y más árboles, y lo que más llamaba mi atención, era el hecho de que muy a lo largo los regaba, situación que a mi me preocupaba pues intuía que pronto se secarían, pues como es lógico, el único y mejor alimento de los árboles en crecimiento es el agua.
El tiempo me dio la razón, ya que después de algún tiempo, pude observar que sus árboles estaban demorando mucho en crecer, así que cierto día, resolví platicar con el médico y preguntarte si acaso no le preocupaba ver que los arbolitos no crecieran, y la razón por la cual casi nunca las regaba.
Como respuesta, me dijo en tono solemne y orgulloso, que él tenía una teoría, que consistía en poca agua y mucho afecto. Me dijo que solamente les daba palmaditas con un periódico doblado, y riegos muy a lo largo. Que coincidía conmigo que con más agua, los árboles crecerían mucho más rápido, sin embargo, me dijo también que entonces las raíces se acomodarían en la superficie y quedarían siempre esperando por el agua fácil, que venía del riego diario; así que como él no las regaba, los árboles demorarían más para crecer, pero sus raíces tenderían a crecer hacia lo más profundo, en busca del agua y de los variados nutrientes que se encuentran en las capas más inferiores del suelo. Toda esa explicación me pareció absurda y fuera de lógica y ya no insistí más. Esa fue la única conversación que tuve con mi vecino respecto a sus árboles.
Al poco tiempo, nos fuimos a vivir a otro país y me olvidé por varios años de los árboles de mi vecino. Mi vida transcurrió sin sobresaltos y con muy gratas satisfacciones en mi trabajo y mi familia, mis hijos empezaron a crecer y a formarse dentro de un ambiente de valores familiares. Casi a diario, antes de ir a acostarme, les daba una mirada y hacía una oración pidiéndole a Dios que sus vidas fuesen fáciles y que no sufriesen las dificultades y agresiones de éste mundo.
Después de casi veinte años fuera, tuvimos la oportunidad de regresar de nuevo a nuestro país, y motivado por la nostalgia, fuimos a dar una vuelta por nuestro antiguo vecindario, y como era lógico, lo encontramos muy cambiado, ahora había grandes edificios y comercios donde antes había solo casas, y lo que más nos llamó la atención, fue un pequeño bosque que no había antes, exactamente frente al lugar donde yo había vivido. Mi sorpresa fue mayúscula, ¡Mi antiguo vecino, había realizado su sueño!
Aquel día soplaba un viento muy fuerte y helado, tanto que los árboles de la calle estaban arqueados, como si no estuviesen resistiendo al rigor de los vientos invernales, en tanto que los árboles de aquel pequeño bosque plantados por el médico, noté cómo estaban erguidos, fuertes y sólidos, tanto que prácticamente no se movían, resistiendo estoicamente aquel fuerte viento.
Las adversidades por las cuales aquellos árboles habían pasado, habiendo sido privados del agua, parecía que los habían beneficiado de manera excepcional, mucho más que si hubiesen recibido, como yo pensaba, el exceso de agua como alimento. ¡Sus raíces eran realmente profundas!
A partir de ese momento, he cambiado el sentido de mis oraciones respecto a mis hijos, ahora sé que es inevitable que las adversidades como los vientos helados y fuertes los alcancen, sé que ellos encontrarán innumerables dificultades y que, por tanto, mis deseos de que las dificultades no ocurran, han sido muy ingenuos. Que siempre habrá una tempestad en algún momento de sus vidas, porque, queramos o no, la vida no es fácil.
Y al contrario de lo que siempre hice, hoy pido en mis oraciones que mis hijos crezcan con raíces profundas, de tal forma que puedan retirar energía de las mejores fuentes, de las más divinas, que se encuentran siempre en los lugares más difíciles.
Los seres humanos pedimos siempre tener facilidades, pero en verdad lo que necesitamos hacer es pedir para desenvolver raíces fuertes y profundas, de tal modo que cuando las tempestades lleguen y los vientos helados soplen, resistamos bravamente, en vez de que seamos subyugados y barridos. ¡La naturaleza nos enseña muchas cosas, si las sabemos ver!”
¿Hermosa y aleccionadora verdad?
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