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Lo bueno de vivir bajo las reglas de otros es que tienes la libertad de seguirlas y ellos, de respetarlas.
Hace unos días tuve la oportunidad de ir con mi familia a un parque de diversiones. Es uno de los lugares preferidos por mis hijos ya que les permite llenarse de fantasía como si fuera la primera vez que estuvieran ahí. Para mí resulta agradable poder compartir su alegría y por qué no decirlo, parte de su inmensa capacidad de asombro. Resulta ser una ventaja conocer como funciona el parque y las características de sus atracciones. Evitas andar de “turista” corriendo de un lado a otro, apresurado, haciendo largas filas y con la angustia de pasar de largo una atracción importante. Puedes tomarte el tiempo para disfrutar un helado o sentarte en una banca viendo pasar la gente tratando de adivinar su origen o procedencia.
En esta ocasión pasó algo que me llenó de reflexión y que por su significado merece ponerse a consideración. El parque tiene una gran área de estacionamiento que por su lejanía requiere de un sistema adicional de transportación. Se basa en un sistema de pequeños trenes de 3 a 4 vagones cada uno con al menos cinco filas con capacidad para cinco personas cada uno. Es parte del servicio del parque y solo se requiere seleccionar uno de los andenes y esperar el turno de abordar. Realmente no hay que formar filas para abordar sino ir avanzando en grupo hasta que sea cómodo para la familia poderse acomodar.
Es necesaria esta explicación porque en esta ocasión el parque era sede de una competencia entre bandas de animación o algo así. Por tal motivo se habían dado cita varias agrupaciones provenientes de otras ciudades del país y desde la entrada al parque se sentía la agitación. Resulta evidente cuando la gente se muestra ansiosa y apresurada por “su primera vez” y puede tender a ser impaciente e inapropiada por no poder manejar el estrés. Tiendo a ser cauteloso con el cuidado de mi familia para evitar cualquier percance por lo que les pedí estar atentos y que evitaran los tumultos.
Fui yo quien seleccionó el andén para abordar porque parecía estar tranquilo y fácil de tomar. Nos sumamos al grupo de gente que nos antecedía en lugar. Mientras le comentaba a mi esposa la necesidad de organizar un plan para evitar las aglomeraciones y poder disfrutar, sentí una mano en mi hombro como si buscara escarbar, lastimando y causando dolor. Era una mujer de grandes gafas quien portaba una camiseta amarilla que no se distinguía porque de esas había cien más.La mujer completó sus ansias de notoriedad apretando los dientes y mostrando un tono sureño al hablar:
- ¡Tienen que hacer fila como los demás!-
Habló con prepotencia y superioridad. Dejando en claro “lo que se tenía que hacer” según su criterio. Sin salir de la sorpresa, miré hacia donde había señalado y me di cuenta que habían formado dos largas filas a los bordes del andén. Tratando de ser amable, le expliqué que no era necesario ordenarse de esa forma y que podían acercarse para tomar el tren. La mujer pareció no escuchar y después de decir algunas palabras que no logré entender me aseguró que no permitiría que quebrantara las reglas. Miré a mi esposa con contrariedad sin saber en ese momento como actuar. Mientras tanto, un hombre de ascendencia asiática que se encontraba disgregado de la fila delante de mí asintió sin atreverse a voltear:
-Es cierto, la fila está atrás y allá se deben formar-
Me tomé unos instantes para poder pensar y después de un largo y placentero suspiro compartí algunas palabras de intimidad con mi esposa. Luego de esto, me dirigí a la mujer que me había mostrado su ley y le dije:
- Estoy en completo desacuerdo con sus reglas y de ningún modo las pienso acatar. Pero como veo que sus reglas son inflexibles y no me quiero enterar de su forma de impartir justicia, me tomo la libertad de cambiar de andén para abordar. Solamente les pido que se mantengan aquí, en su fila, con sus reglas y con su modo de actuar-
Si hubo alguna respuesta, se desperdició. Mi familia y yo, estábamos en camino de buscar un andén libre de sus designios y de su hostilidad. Tardamos poco en encontrarlo ya que era el siguiente en numeración. Resultó ser una ventaja porque logramos abordar con comodidad y rapidez mientras en el otro andén la fila se había hecho tan larga que obstruía el paso de la gente. Hubo necesidad de que el personal del parque explicara que no se requería de formar filas y reagrupara a la gente de ese andén. Se escucharon reclamos de enojo y frustración y algunas discusiones que no llegaron a más.
Cuando el pequeño tren que nos transportaba se empezó a mover y el chofer nos dio la bienvenida a ese mundo de placer, pude ver a esa gente triste, amontonada en el andén, tratando de ser primero, buscando como escapar. Pero sin salir de ahí, porque seguían aferrados al empeño de mantener su convicción a unas reglas que alguien impuso a la fuerza pese a las consecuencias. Pude ver a la mujer de gafas, tan triste y enfadada, pero acostumbrada a regir la ley.
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