Mi padre seguía llamándome a gritos, a veces lo oía acercándose, otras alejándose de mi escondrijo. A través de la rejilla del armario entraba empobrecida la luz desde la habitación contigua. Hoy no había sido un buen día para mí. Por la mañana soplaba un viento de poniente, intenso y uniforme. Había bajado a la playa con mi colchoneta y con el sol calentándome el cuerpo me quedé dormido, a la deriva. El viento me fue empujando mar adentro, como una hoja seca. Mi padre, desde la terraza, empezó a llamarme voz en grito –algo que se le daba muy bien, pues era aficionado a la ópera-. Como yo seguía sin enterarme, hacia las dos del mediodía llamó con urgencia a Salvamento Marítimo. A los pocos minutos de zarpar la lancha salvadora desde el puerto deportivo, y antes de doblar el cabo, mis padres observaron desde la terraza de casa cómo de pronto empecé a nadar sobre mi colchoneta, con furia, hacia la costa, pero no hacia casa. No entendían lo que estaba pasando. Fueron a mi encuentro por la playa. Mi padre, vociferando como siempre, me espetó: “¿se puede saber que leches estabas haciendo, majadero?”, “verás, papá”, le dije, “es que me dormí y cuando olí al arroz con pescado que venía del restaurante La Gamba, me entró hambre y…”. El bofetón que mi padre me dio me impidió acabar la frase.
Por la tarde había rolado el viento a levante; el mar había cambiado totalmente de aspecto, se había vuelto violento, como un animal salvaje, como un jabalí de lomo parduzco combinado con amplias zonas de un blanco lechoso. Las olas rompían anárquicas y el viento arrancaba jirones espumosos en espirales desordenadas. Me encontraba en la terraza, sentado sobre el poyete, admirando la variedad de formas y tonos del mar. Se me encogió el corazón cuando me pareció ver un náufrago nadando, luchando por su vida. Aparecía y desaparecía, tragado por las olas. Se percibía levemente entre la bruma cómo levantaba un brazo, y la cabeza, luchando por mantenerse a flote, por sobrevivir. Avisé a mi padre, éste tomó los prismáticos y llamó a Salvamento Marítimo. Salieron del puerto con el cura, preparado para dar la extremaunción al pobre desgraciado. Los vimos acercarse al cuerpo desde la terraza de casa. Tal como llegaron, dieron media vuelta y regresaron… Ni rescate, ni bendición de urgencia. Desconcertados fuimos al puerto a recibir la lancha que por dos veces en un mismo día había salido, avisada por mi padre. Pregunté nervioso: “¿y?”. Los rescatadores me miraron con severidad: “era un tronco a la deriva, niño estúpido”.
Hace rato que ha oscurecido. Ya no oigo a mi padre. Creo que me pasaré un par de horas más en mi escondrijo, aquí en el armario, sobre las toallas de baño.