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Es un breve cuento policial
La llamada ingresó al 911, a las 18:02. Con voz aguda y a los gritos, la mujer explicó:
-¡Mi marido está mal herido! ¡Por favor, necesitamos auxilio médico!, -y dio el domicilio y el teléfono de su casa.
El operador avisó a la policía y en pocos minutos se pusieron en marcha una ambulancia y un patrullero de la División Homicidios con dos detectives de civil.
Cuando llegaron a la residencia se sorprendieron: en medio de un enorme parque, arbolado y rodeado por un muro de piedra, se alzaba una lujosa mansión. Al costado del portón una cámara de televisión vigilaba el acceso. El jardinero salió a abrirles cuando escuchó el ulular de la sirena.
En la entrada los esperaba, muy agitada, una hermosa mujer, morocha, de lagrimosos ojos claros y de alrededor de treinta años. El médico y un enfermero ingresaron al estudio donde reposaba el cuerpo. Yacía caído sobre el escritorio y alrededor de su cabeza se había formado un círculo oscuro. Estaba muerto. A un costado había una bandeja con un servicio de té.
Los detectives, después de revisar el lugar, se retiraron y la mujer los invitó a sentarse en los sillones del enorme living. Se presentaron:
-Soy Daniel Romero, de la Policía Científica y él es mi ayudante Hugo García. ¿Cuál es su nombre, señora, y cuéntenos que ha sucedido?
-Me llamo Virginia Lambert. –La voz era melodiosa y grave. Entre sollozos comenzó a narrar-. Cuando regresé de la peluquería, hace cincuenta minutos, encontré a mi esposo caído como lo han visto ustedes. Le hablé, intenté moverlo, pero no me respondió. Me asusté mucho y les avisé. Él es Octavio Lambert.
Daniel, uno de los policías más sagaces y preparados de la fuerza, era sociólogo, con estudios de psicología y aficionado a la matemática. Sin demostrarlo observaba a Virginia tratando de descubrir a través de sus gestos y sus inflexiones de voz el perfil de la mujer. El apellido Lambert trajo a su mente un caso de dos años atrás, aún sin resolver, sobre narcotráfico y lavado de dinero.
-¿Cuál es el nombre de la peluquería? –preguntó el detective y fue anotando las respuestas en una libreta que extrajo del bolsillo interior de su chaqueta.
El médico salió del estudio y avisó que llevarían el cadáver a la morgue judicial. La causa de la muerte era un disparo en el parietal izquierdo. La mujer entró en una crisis de nervios y comenzó a llorar. Daniel avisó a su equipo para que vinieran a revisar la casa y tomar huellas digitales.
Cuando Virginia se tranquilizó el detective empezó a preguntarle sin que pareciera un interrogatorio.
-¿Tiene idea quién pudo atentar contra la vida de su esposo? -Ella negó.
Por el rabillo del ojo Daniel observó, detrás de la cortina de una puerta vidriada, la fugaz presencia de una persona que desapareció rápidamente. Intrigado preguntó:
-¿Quienes viven con usted en la casa?
-Mi ama de llaves, el jardinero que los hizo pasar y, durante la mañana, una cocinera y una mucama. No tenemos hijos.
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