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'Traigo tanto sol adentro
Que ya tanto sol me cansa.-
Yo no conocí en mi infancia
Sombra, sino resolana.' Poesia de Alfonso Reyes.
Siempre me he sentido orgulloso de ser regio. El orgullo es un rasgo que distingue a la gente de mi tierra y que se considera un valor fundamental del carácter de todo aquél que dice llamarse regio.
Este orgullo te lo pones mucho antes de que tu madre te haya logrado abotonar el desafortunado trajecito que te regaló la tía Isabel. Si, porque a diferencia de ese ropaje que nunca te ha de quedar, el orgullo te sienta bien, te queda justo y te hace sentir bien. Es como el traje de torero que va adherido a la piel y cala hasta los huesos. Te queda tan justo que fuerza la respiración para que nunca te olvides de que lo traes puesto. Es vistoso y elegante, pero puede soportar hasta la más dura de las faenas. Podrás caer en el fango, vencido en alguna batalla, pero siempre te llenará de coraje, dignidad y perseverancia.
Desafortunadamente, los vestigios genéticos de humildad que componen mi persona me han obligado a cuestionar: ¿Quién me hizo merecedor de tanto orgullo? Debe haber algo que justifique esta desmesurada autoestima y ha podido sustentarla a través del tiempo. Y la verdad de primera instancia, me resulta difícil encontrarlo en una tierra que no puede recurrir a la historia, la raza o el abolengo para soportar tanto orgullo. Es posible que un historiador pueda ayudarme llenándome de documentos, o que un profundo análisis genético purifique mis orígenes indígenas. También, pudiera ser, que siguiendo la genealogía familiar o inventando alguna, lo cuál sería más fácil, encontrara mi verdadero linaje. Pero para fines de mi orgullo, creo que resultaría insuficiente.
La historia es de quien la escribe porque puede darle su particular punto de vista señalando triunfos y derrotas y declarando héroes y traidores. Y a nosotros no nos tocó escribirla. Todo sucedió en otro lado, empezando con 'la conspiración y el grito' y continuando con 'la bola y los de abajo'. Tenemos héroes porque por derecho nos pertenecen y nos corresponden algunos traidores aunque nos de pena decirlo. Pero la historia es ajena y se visualiza tan lejana, borrosa y empolvada que no puede servir para justificar mi orgullo.
La piel no miente aunque los rasgos proponen una mezcla interesante. No necesito de complicadas pruebas para saber que de herencia indígena esta teñida mi sangre. Pero carezco de la identidad que va ligada a la tradición y costumbres. Justificar mi orgullo esgrimiendo vestigios de gloriosos imperios sería olvidar siglos de marginación y pobreza, alimentando ese banal gusto por rugir como el jaguar sin conocer la selva.
La otra parte de mi herencia, la que llegó en barco a sembrar su semilla, la miro distante y desconocida. Es como la madre que te dejó al olvido, sin decir palabras, sin tener motivos. Y que cuando preguntas nadie se atreve a mencionar palabra, porque la costumbre es no recordarla. Se que aún existe, que es aún muy bella y que aún mantiene todo su linaje. Se que de allá viene, al menos de nombre, la realeza de mi tierra y el claro y directo hablar, que caracteriza su lengua. Por supuesto que resultaría sencillo poder sellar mi orgullo a su historia de grandeza, pero mi orgullo no permite portar medallas ajenas.
Cuando contemplo este somero análisis de las causas de mi orgullo, veo aquél orgullo que es oficial y por decreto establecido. Ese orgullo que se grita, se festeja y emborracha y justifica el exceso de envolverse en una manta. Como orgullo no está mal, pero requiere nuevos cimientos. Quiero decir, ya se construyó sobre templos, que necesidad hay de excavar y buscar entre ruinas, si podemos verter nuevos.
Porque muchos caen en frustraciones tratando de desempolvar un pasado repleto de espacios vacíos. Por eso mismo deciden tomar lo más apropiado y dulce de su historia. Recurren entonces a la divinización del héroe, del santo e incluso del ladino, volcándose en un orgullo vulgar y empedernido.
Realmente es un problema justificar mi orgullo. Por eso debo recurrir a dar detalles de lo que implica ser regio. En primer lugar he de decir que el regio no sucumbe con lo mágico y divino. Será por eso que prefiero maravillarme de entrar en el 'Horno tres' que imaginar la serpiente, cuando llega el 'Equinoccio'. Me basta empuñar mi mano para saber que la energía la llevo dentro. Y que necesito abrirla para poder sembrar lo que crecerá y dará frutos. Como regio soy un hombre de fe pero 'Dios me puso pies para andar el camino'.
Al regio no se le regala nada y tampoco se pasa la vida pidiendo, no es la costumbre. En mi tierra no hay 'pobres' porque ese concepto está reservado para los que no tienen trabajo, educación o salud y saben vivir de limosna. El orgullo regio se llena de la vitalidad que da el trabajo duro y consistente. Literalmente, el regio se ha forjado con acero y concreto. Pero también ha sabido plantar árboles en el desierto. Le ha faltado agua, le ha sobrado sol, pero sigue disfrutando de sentirse vivo con cada respiración.
Repasando cada letra de lo que hasta aquí he escrito, pareciera confirmarme como soberbio y petulante. Porque una 'persona humilde' no puede resaltar sus virtudes sin mencionar sus defectos. Pero este ejercicio no es de humildad, es de orgullo. Debo compararlo a mi presentación en una entrevista de trabajo, donde debo ser puntual al mencionar mis talentos y capacidades y desde luego, apuntar que hay campo para mejoras y grandes oportunidades.
Por eso, puedo asegurar que el orgullo regio va más allá de ser un concepto literal que le llenaría de arrogancia y vanidad. Y es que 'belleza' tampoco significa lo mismo si la basamos en la interpretación personal. Para el regio, orgullo es la necesidad de dar más, saber que lo que tienes lo has forjado con esfuerzo y que siempre está en tus manos mejorar. Este orgullo significa que siempre vas a dar tu máximo esfuerzo, que no estás conforme con lo que tienes y por eso mismo buscas más.
A cada regio se le enseña a darle un justo valor a las cosas. Puedo ser muy importante y poseer grandes riquezas pero 'por más que salte no he de alcanzar el cielo'. Pero no obstante, si me esfuerzo y siempre sigo adelante, tal vez no pueda acercarme pero 'que bonito es el cielo y el deseo de alcanzarle'.
Muchos regios han de estar de acuerdo conmigo que 'el sol' del maestro Reyes puede ser la mejor descripción de nuestro orgullo regio. Un orgullo exuberante, que te ciega la mirada pero que al mismo tiempo ilumina y te acompaña. Un orgullo que no tiene banderas, conoce de héroes ni almacena reliquias. Solamente está contigo desde el día en que naces y seguramente, hasta cuando inicie tu segunda espera por alcanzar el cielo.
Debo terminar diciendo algunas características importantes de mi orgullo regio. Mi orgullo es fastuoso e indivisible pero puede compartir con otros. Yo tuve la fortuna de que al nacer lo obtuve, pero también puede adquirirse con actitud y esfuerzo. Se puede llevar de viaje o cambiar de residencia, solamente hay que ajustar medidas aunque nunca se superan. En otras partes del mundo hay orgullos similares, solamente que a mi orgullo le hace falta humildad.
En verdad, es un orgullo ser regio y poderlo pregonar.
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