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al vuelo de la imaginación
Transito una calle algo despoblada de almas. Los automóviles comienzan a encender sus luces porque el atardecer está negando claridad. Se han atrasado los faroles de los postes de luz.
Hay una plazoleta donde tres niños juegan esperando el grito de alguna madre preocupada:
-¡Vamos Carlitos!... ya es tarde.
-Un ratito más, mamá… solo un ratito.
-Bueno, pero apuráte es casi de noche.
El juego continúa. Uno de los niños es aparentemente el superhéroe, otro la victima y el tercero el malhechor. Toda una historia edificada en sus mentes. Copia de una patética realidad. El bueno, el malo y la victima.
¿Quién, cuándo niño, no ha querido ser un superhéroe?
Yo fui uno. Leía con avidez las historietas de Superman, Batman, la legión de Superhéroes y todo eso. Después me creía uno de ellos. Es que si uno analiza un poco esto, la mayoría piensa que debe haber alguien superior que implante la justicia. De niños tenemos ese ideal. Necesitamos de superhéroes.
Claro, después crecemos y acudimos a lo que tenemos a mano. Algunos a Dios, otros a los gobiernos, otros a los jueces, otros a los brujos y así. También la policía, los militares juegan su rol de héroes en nuestro mundo real.
Dicen que la mayoría de las historietas de ese tipo se fueron generando a partir de las aventuras de “El Zorro”, de Wald Disney. Que en realidad era de otro autor pero vendió sus derechos. Mal negocio hizo el pobre.
Tuve la alegría (de grandote tontón) de conocer personalmente al actor que mas personificó al Zorro, Guy Williams. Pude pedirle un autógrafo en Buenos Aires, donde finalmente falleció. Era verdaderamente estar al lado de una leyenda.
Como parte de mis recuerdos, sonrío y provoco risas entre los que me escuchan al contar mis anécdotas de cuando “fui” superhéroe.
En la estancia, ante la curiosa mirada de mi perro “Coral”. Rodeado de gallinas que picoteaban la gramilla despreocupadas, canturreando un sonido acorde a su desinterés, yo era Superman.
Me colocaba un vaquero y un toallón amarillo era la capa. Pero lo gracioso fue el complemento del “supertraje”: un slip rojo colocado sobre el vaquero azul.
Claro, no se si dentro mío existía algo de pudor o vergüenza, pero mi accionar como héroe se efectuaba en las siestas, cuando no había moros en costa.
Me subía al techo del galponcito de las herramientas de jardinería y desde allí efectuaba mis “vuelos” por el planeta tierra. ¡Cómo disfrutaba de esos momentos! Estaba solo y conversaba con los árboles, los patos, el perro, las gallinas y los terneros del corral. Algunos tenían el rol de enemigos, otros eran las victimas a quienes socorrer. Mis intervenciones eran siempre exitosas.
Sin embargo “Superman” tuvo un contratiempo que lo obligó a retirarse de su actividad.
En una de mis tantas aventuras decidí “volar” más allá de lo que habitualmente lo hacía. Como hacía demasiado calor y confiado en que nadie estaría observando mi diversión no me puse el vaquero, solo me vestí con el slip rojo, que, ya estirado, me quedaba algo grande. Entonces tomaba un poco de carrera en el techito del galpón y caía en una pila de arena. Cada vez llegaba más lejos. Sin darme cuenta, al retroceder para tomar carrera, no vi que el techo se terminaba a mis espaldas. Se produjo entonces el accidente inesperado: caí para atrás sobre una enredadera que salvó mi cuerpo de un golpe doloroso. Arrastrándome de entre las ramas, con solo unos roces, me puse de pie. Pero, algo confundido por la caída, no me percaté que mi slip rojo se había quedado entre la enramada.
Empecinado en continuar el juego subí al techo y me paré levantando los brazos en señal de victoria, cuando de no se donde, escuché las risas de Juan Caesán y mis hermanos que de repente aparecieron señalándome y diciendo:
-¡Tené cuidado con las gallinas, Gurí!
Me miré y vi la razón de las risas, estaba desnudo sobre el techo.
Jamás volví a “sobrevolar” los cielos de la estancia. Rojo de vergüenza el “superhéroe” dejó de preservar la justicia en el planeta tierra.
Evocando aquellos tiempos les causé gracia a mis hijos que nacieron en una generación mucho más moderna. Sus actuales héroes son terriblemente destructivos y más poderosos. A veces no se sabe cual es el malo y cual es el bueno. Esto también es parte de la realidad cotidiana.
En la plazoleta llegó finalmente la noche y los niños se fueron. La luz enfermiza de los faroles da forma a las sombras de bancos y arbustos prolijamente recortados por el placero. El tobogán enmudecido parece extrañar el bullicio del niñerío. El viento se hamaca en los columpios. Yo me pregunto, ¿por qué tengo tantas ganas de colocarme el toallón amarillo como capa y mi slip rojo sobre el pantalón?... ¿quién puede impedirme que me suba al galponcito donde el placero guarda sus herramientas y “volar” desde allí? Casi, casi lo hago, pero… ¿y si me caigo de espaldas?
Es inútil. Mis superhéroes de la infancia hoy sienten muchos temores.
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