A veces lo miro y me parece que estoy frente a una leyenda. Pero es un hombre. Su esposa, Susana, compañera de toda su vida, lo llama cariñosamente “el gaucho”. Es mi viejo y querido amigo Daniel Lencina. Como buen gaucho ama su tierra y su pueblo natal, Los Cardales, donde yo también nací. Pero a mi los caminos de la vida me llevaron de aquí para allá, y me devuelven a mi suelo, y de repente me alejan. Voy y vengo, a veces pienso que cuando me busque la mujer de los silencios eternos para detener mi huella, quizás le cueste hallarme por ser tan andariego. En cambio mi amigo Daniel se quedó en Los Cardales y plantó raíces, como el ombú de las pampas y retoñó. El retoño es una hermosa niña con hermosos y cuantiosos sueños de vida y amor. Lo admiro a mi amigo, no somos de salir juntos, apenas unas charlas entre mate y mate, algún encuentro por trabajo. Pero creo que al vernos, cada uno se vuelve chico y se recuerda correteando en el patio de la vieja escuelita número 11. La que todavía sigue llenando el pueblo de risas y alegrías en niños que son como avecitas blancas que revolotean por las calles. Ellos recogeran los sueños que muchos grandes abandonamos, escuché a un sabio decir. Daniel es alto y tiene el rostro curtido por las lluvias y las heladas de los inviernos crudos. Pisando la cincuentena, su cabello se desparrama, intacto casi, sobre los hombros; destacando así su piel teñida de soles y vientos eternos. Los brazos firmes, el andar seguro. Todo hace juego con un corazón de oro. Su palabra no titubea, su frente esta siempre alta. Quizás los años que carga en la espalda no pudieron inclinarlo porque hay alguien poderoso que lo sostiene. Que Dios te bendiga amigo, a vos y los tuyos. Que los mejores frutos maduren para ti. En algún lugar de la historia descansa tu bicicleta, la pelota de cuero y el guardapolvo blanco que fueron partícipes de nuestra infancia juntos. Esa infancia que yo llamo eterna porque late en nuestros corazones. Y no morirá nunca amigo mío. No morirá porque seguirá viviendo en el rostro de Brenda, tu retoño, tu semilla. En nuestros hijos seguiremos existiendo y en los hijos de ellos, en los gestos, en las palabras. Y dentro de mucho, mucho tiempo, en una ronda de amigos, alguien leerá este relato y mirará el cielo celeste de Los Cardales y nos recordará con una sonrisa, a vos por tu nobleza, tu simpleza y tu bondad. A mi por ser de esos duendes que habitan en el corazón azul de las letras…van, vienen, ríen, lloran, aman y sueñan…sueñan que son hombres, pero querido Daniel…solo son duendes trashumantes, andariegos, nómades…que por alguna razón no se detienen jamás.
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