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Ensayo de narrativa (1974)
El día había despuntado sin rastro alguno de la tormenta de la noche anterior. Parecía que los otrora rayos y centellas hubiéranse trocado en luz y resplandor y se prometía dichoso para los cientos de turistas llegados de lejanas tierras muy al norte del continente europeo, donde el sol no luce con la alegría regocijante de estas playas acantiladas tan cerca del trópico y a la vez con un clima tan benigno gracias, indudablemente, a esos vientos alisios que contrarrestaban y anulaban el sofocante bochorno del siroco proveniente de las cercanas costas africanas.
La playa, abandonada la tarde anterior con premura a causa de la amenaza de tormenta, empezaba a dar cobijo en sus entrañas a un sinfín de personas ansiosas de sol y de descanso tras unas bien merecidas vacaciones.
Lejos, un grupo de foráneos se afanaban en preparar una ligera embarcación para practicar su deporte favorito de la vela. Al otro lado se veía un enjambre de personas rodeando una pequeña barquita de pesca que acababa de fondear cerca de la playa después de que saliera de madrugada a excrutar los mares en busca de los plateados habitantes moradores de sus entrañas y base del sustento de aquellas gentes, que gracias a ello podían subsistir. Estos hombres de mar, gente curtida por el sol y el salitre, eran afables en grado sumo, pero aquella mañana diríase se hallaban de un humor de perros. El otros días generoso mar, hoy se había mostrado reacio a dejarse arrebatar su preciado tesoro.
Recogieron sus redes y sus ajadas cestas de mimbre, desgastadas por el uso y llenas de pequeñas escamas de pescado, y sin apenas hacer caso de las preguntas por aquél o este pescado, enfilaron taciturnos el camino de sus hogares.
Habría pasado como una hora cuando un ruido sordo parecido a un trueno resonó por toda la playa. La gente apenas hizo caso de este premonitor sonido y siguieron en sus alegres trapicheos y en sus juegos con las olas y la blanca arena de la playa, que parecían diminutos espejitos con brillos iridiscentes alumbrados por el astro rey.
Al poco, unas nubes aparecieron por el horizonte que, lentamente, fueron subiendo y espesándose. La antes clara línea del horizonte dejaba de percibirse. Los bañistas continuaban jugueteando en la arena al amparo de los quitasoles y un radiocasete a todo volumen soltaba al aire las alegres notas de 'Saca el güisqui, Cheli, para el personal...' cuando un nuevo trueno restalló seco, esta vez casi sobre sus cabezas. El radiocasete enmudeció por breves segundos; después, con algún ruido extraño, continuó con su alegre melodía.
Las nubes, como en un conciliábulo, comenzaron a espesarse y apenas dejaban traspasar la luz cenital. Los pocos foráneos que pasaban el día en la playa comenzaron a marcharse. Diríase que 'aquello' no les inspiraba esa confianza innata que da la tierra que los vio nacer. Los extranjeros parecían no extrañarse o no darse por enterados de lo que estaba sucediendo.
En el radiocasete, ahora, se oían no sé que noticias de un mandatario africano loco y con modales de cerdo que amenazaba a su vecino país con un ingenio termonuclear si no se plegaba a sus deseos invasores, cuando las nubes empezaron a descender hasta casi tocar la arena y las cabezas de los despreocupados bañistas.
Ahora sí, todos en la playa empezaron a impacientarse ante 'aquello' que estaba pasando y presurosos empezaron a recoger sus bártulos. Aquellas nubes parecían estar al acecho del momento oportuno para atacar con feroz encono a las tranquilas gentes que disfrutaban del sol y el mar.
¿Por qué? ¿Qué habían hecho aquellas indefensas criaturas para hacerse merecedoras de teluridad semejante? Posiblemente nada, pero el omnímodo destino es así.
Una madre, desesperada, buscaba a su pequeño, que breves segundos antes se afanaba en hacer castillos de arena con su cubito en la orilla. Un extranjero que se encontraba a su lado intentaba desesperadamente hacerse entender para decirle que había visto a su niñito cabalgar alegre y risueño a lomos de aquella nube gris-verdoso que parecía era la que comandaba aquel ejército abominable causante de aquella terrible eclosión.
Los miembros de un mismo grupo no lograban reunirse y la confusión y el caos empezó a adueñarse de aquellas gentes. Aquello parecía un averno desatado.
A la mañana siguiente la playa tenía un lúgrube aspecto, con las sombrillas rotas medio clavadas en su ahora negra y áspera arena que le daba un aspecto de ser de otra galaxia.
Los pescadores no salieron aquella mañana a su cotidiano quehacer. Unos perros olisqueaban unos desperdicios y miraban continuamente de un lado a otro, diríase que como intranquilos.
¿Qué fuerza misteriosa se había confabulado con la madre naturaleza y había realizado semejante orgía...?
El sol empezó a despuntar como cada día y la vida en el pueblecito marinero empezaba su agitado bullir. Diríase que el nuevo día era más resplandeciente que sus hermanos anteriores. Diríase que su hermano Ayer no había sido engendrado y que Hoy no tenía más hermanos que Anteayer y Mañana...
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