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A veces olvidamos que como las plantas también son seres vivos y compartimos algunas de sus cualidades.
Desde hace varios días había estado notando cierto grado de inquietud en mi vecino, el siempre asertivo Patrick. Pocas veces he podido interactuar con él más allá de la incómoda conversación que se basa en la discusión sobre el pronóstico del clima o la ardua tarea que representa eliminar del correo propaganda inútil y voluminosa. Más sin embargo, lo conozco desde hace tiempo y puedo saber si cambia su manera de actuar.
Patrick es un hombre acostumbrado a decirle al mundo como se deben hacer las cosas y que además, de manera inquebrantable protege sus derechos como si fuera el guardián del grial. Características que en esta tierra lo convierten en un hombre común. Con la mejor voluntad te ofrece su ayuda pero prácticamente te obliga a recibirla porque una atención o un buen gesto no se deben despreciar. Si me preguntan sobre alguna peculiaridad, les diría que el jardín de su casa es su adoración y lo cuida con esmero y dedicación. Cada cambio de estación lo embellece con flores nuevas y radiantes que implanta donde otras dejaron de florecer. No permite una hoja seca o un pétalo maltrecho, todo debe ser perfecto o se debe terminar.
Patrick vive con su esposa Anne, una mujer admirable que tiene varios años luchando con los altibajos de su enfermedad. Cuando el dolor y la debilidad la envuelven se mueve con dificultad y casi no sale de casa. Envejece en cada paso y su piel se pliega como una crisálida al madurar. Pero luego de soportar la terapia médica a la que se tiene que someter, tiende a mejorar y pareciera florecer prodigando su belleza y sonriendo sin cesar. Se convierte en mariposa y aunque cada vez le resulta más difícil romper los lazos de la enfermedad, nunca piensa en terminar. Más bien parece que está esperando cuando volver a empezar.
Insisto en que el comportamiento de Patrick de ninguna manera era habitual. Estos últimos días, cada vez que nos veía se mostraba apresurado y un tanto exagerado agitando su mano para saludar. Incluso puedo decir que alguna vez lo sorprendí atisbando por la ventana como esperando vernos llegar. Y lo menciono porque no es común ver a Patrick dar rodeos cuando de claridad al hablar se trata. El día que mi perro no paraba de ladrar no tuvo problema para venir a sugerirme una buena escuela donde poderlo educar. También le resultó fácil ayudarme a cambiar mi punto de vista respecto a lo que se considera una casa adecuadamente pintada y sobre algunas otras cosas más. Algo debía estarle molestando y por primera vez vacilaba ante la posibilidad de actuar.
Ayer me enteré del motivo de su intranquilidad. Manuel el jardinero, me comentó que Patrick le había cuestionado si había considerado arrancar los rosales de mi jardín. Le dijo que daban un mal aspecto a la fachada de la casa y que los debía eliminar. Manuel le dijo que ya me lo había sugerido pero que me había negado sin darle alguna explicación. Debo aceptar que mis rosales no son los más bellos. Crecen con dos grandes tallos que se ven desnudos ante la escasez de hojas y la mayor parte del año se la pasan mal como si poco a poco se estuvieran muriendo. Solamente una vez al año dan retoños y a veces, solo a veces, tienden a florecer. Pero son mis rosales y tengo motivos muy personales para quererlos conservar.
Afortunadamente, Patrick no pudo soportar más. Esta mañana fue a buscarme a mi casa y llenándome de disculpas preparó el terreno para cuestionarme: -Es respecto a los rosales…”- dijo, señalando hacia el jardín, pero de inmediato lo interrumpí diciendo: - ¡Son unos luchadores! ¿Verdad? ¡Sabía que lo notarías!- hice un gran esfuerzo para mostrar el entusiasmo y placer que me generaba tenerlos, lo cual como era de esperarse, lo llenó de contrariedad. Se mantuvo en silencio sin poder entender lo que acababa de oír. Entonces aproveché el momento para continuar:
Estoy orgulloso de ellos. Han sobrevivido a tantas calamidades y aún siguen firmes y luchando por subsistir. Incluso cada uno ha salido avante a los atentados perpetrados por mi jardinero. Para mí significan esa esperanza de vida, la necesidad de sobreponerse a las vicisitudes con la frágil esperanza de volver a florecer. No tienen temor de mostrarse feas o desaliñadas por un largo tiempo si contemplan un futuro lleno de esplendor. Incluso cuando florecen, sus flores extrañas y enormes, tienden a doblar el largo tallo que extenuado busca como soportar su peso. Según me han dicho, eso pasa cuando siembras con una mala semilla o transplantas los retoños. Para mí tiene gran relevancia su capacidad de rehacerse y volver a verse jóvenes aunque sea solo una vez. ¿Que caso tiene estar viviendo si viviendo envejeces?- hice una breve pausa como si me llegara un nuevo pensamiento- ¡Qué lástima que esa capacidad de verse renacer solo esté ligada a las plantas! Pero espera, tal vez no sea del todo cierto porque debe haber algunas personas viviendo y esperando renacer. Además, debes estar de acuerdo conmigo que todos tenemos en casa, al menos algún rosal-
Supe que mis pensamientos se habían hecho suyos cuando brillaron sus ojos. Flexionó su cuerpo y escondió su cara como tratando de atrapar emociones fugadas. Pero ya era tarde, ni su fuerte coraza pudo contener la fuerza de sus sentimientos. Con un nudo en la garganta me entregó una nueva disculpa. Agradeció mis palabras con una sonrisa y se alejo despacio con un andar ligero. Parecía estar dejando atrás una pesada carga. Antes de perderlo de vista le grité sonriendo:
-Si quieres, puedes tomar un retoño para tu jardín-
Volvió a sonreír y después de pensarlo un poco terminó diciendo:
- Como dices, todos tenemos un rosal en casa y el mío, ya debe estarme extrañando-
…
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