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una historia de amor y traición.
Corría el año 1962.
En la afueras de Capilla del Señor, provincia de Buenos Aires, el campo se hacía oro en las espigas de los trigales. A unos quince kilómetros de la ruta 8 se encontraba, escondida entre pinos, paraísos y eukaliptus, la estancia 'San Benito'. Su dueño, don Braulio Cáceres. Hombre de campo, bonachón y amador de la naturaleza y las costumbres criollas.
Don Braulio había nacido en aquellos parajes. Su libretón indicaba el año 1903, en Exaltación de La Cruz.
Trabajó toda su vida para tener 'aquel pedazo de tierra' como el llamaba a la estancia.
Se hallaba casado con Isabel Peirano, una hermosa paisana de ojos claros y sonrisa brillante. Simpática, atrayente y 20 años mas joven que él. Era 'la luz de los ojos' de don Braulio. Tanto amaba a su mujer, que se entregó a ella por completo. Dejó a sus amigos, sus parientes, 'porque no la querían' solía contar.
Aquel mozo alegre y regular visitante del bolichón 'La Flor de la Pampa', guarida de payadores y jugadores de taba, se autoexilió entre campo y monte, victima de los comentarios y los celos que se enredaron a su corazón.
Pobre don Braulio. Cuánto la quería. Hasta discutió con su anciana madre, justo antes de que le dé ese ataque que se la llevó de la vida.
No le hacía faltar nada. Lo que Isabel pedía, al rato estaba en sus manos.
Una vez, quiso tener una criada. Para que le ayudara con los quehaceres de la casa. Allá fue don Braulio y trajo una muchacha, Juanita Ayala, hija de un vecino, que andaba medio en la mala.
La chica se convirtió poco a poco, en la esclava de Isabel. Varías veces se fue llorando a su catrecito con la cara marcada por un cintazo.
¿Las razones?, un mate frío, una manta mal lavada, un plato sucio en la cocina. Las razones no faltaban.
Un día don Braulio dijo basta. Frenó el brazo de su amada a punto de castigar a Juanita y, por primera vez, imperativamente se atrevió a decir:
-pa’ tratarla así... dejá que se vaya.
-¡es que es una inútil esta guacha!, -gritó Isabel, visiblemente contrariada.
-Váyase, juanita, después voy a hablar con su padre. ¡Ah! tome, aquí tiene unos pesos, que me faltaron de esta semana.
-Gracias, don Braulio…y escúcheme señora, yo tengo padre y madre, no soy ninguna guacha, -replicó Juanita, mirando a Isabel con los ojos como dagas.
-¡Andate negrita sucia, antes que te marque la cara!, -exclamó Isabel enfurecida, -¿ves Braulio?, todo culpa tuya… no servís para nada.
Don Braulio intentó calmarla, la acarició sin decir palabras. Pero su mujer se encerró en la pieza y no le habló por semanas enteras.
Braulio Cáceres hacía sus quehaceres triste, pensativo. No había motivos para sonrisas.
Su única alegría era matear al atardecer debajo de un viejo aromo que su padre, casi cincuenta años atrás, había plantado.
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