|
un sentimiento eterno
La amistad es un tesoro que nos regaló la providencia divina.
Aunque los científicos nieguen la existencia de un creador, cada día me convenzo más que detrás de todo lo bueno está Dios. Sólo El puede lograr que se establezca ese cálido contacto que viene desde tiempos remotos y se hace fecundo en un apretón de manos, en un beso amistoso, en un abrazo de amigos.
Amistad no es solo estar juntos constantemente, es sentir que alguien está con nosotros cuando lo necesitamos. Debemos cuidar esa dádiva gratuita que hemos recibido respetando profundamente a nuestros semejantes. Perder un amigo es perder un pedazo de nuestra propia vida.
Siempre me gustó la letra de una de las tantas composiciones de Don Atahualpa Yupanky:
'quisiera ser arbolito,
ni muy grande,
ni muy chico,
para darle un poquito y’ sombra
a los cansau del camino'
Que lindo sería que todos fuéramos como ese arbolito de Don “Ata”.
Así fue de niña Ana María. Compañera eterna de aquella primaria que tanto menciono.
Pocas veces pidió nada a cambio. Cuando le hablábamos, tal cual lo hace hoy, se quedaba un instante mirando, sonriendo. Luego contestaba con su campechana simpatía.
Siempre conversaba lo justo y lo necesario.
Es que así lo hacemos la mayoria de los seres nacidos en el campo. Algunos con vocabulario humilde, otros, quizás, con un poco más de letras, pero todos acostumbrados a valorar la palabra, a ahorrar cada frase y no malgastarla en cosas vanas.
No dialogábamos demasiado con Ana María. Pero yo sabía que podía contar con ella.
Recuerdo cuando hicieron los votos en séptimo grado para ver quien sería el abanderado y las escoltas.
Nunca me preocupé mucho por ser el elegido, sin embargo, había algunas cosas que me destacaban, sobretodo aquellas “redacciones” que eran del gusto de la señorita Marta, nuestra maestra.
No obstante, había que ver la belleza del cuaderno de Ana María. No había borrones, su prolijidad denotaba la preocupación de una alumna ejemplar.
Cuántas veces le pedí ayuda con mi materia “negra” que era matemáticas. Ella me enseñó con paciencia a resolver aquellos problemas con los números.
Mi voto fue para Ana María, aunque sabía que María Inés era muy aplicada.
Se que hubo una especie de empate y se definió por preguntas de la maestra a los demás alumnos, quienes, para mi asombro, repetían a coro:
“¡Jorge Leonardo!”… “¡Jorge Leonardo!”.
Y, muy a mi pesar, fui el abanderado.
|