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en memoria de Don Roque, Doña Aurelia, Armando y Raul... seres queridos que jamás olvidaré
Cae la lluvia suavemente sobre la hierba amarillo verdosa que sembró el otoño.
Lava, delicadamente, la piel mineral de las piedras eternamente adormecidas sobre la montaña.
El río bebe y se reanima con cada gota de agua. De a poco se agita. Si continúa la lluvia despertará de repente. Un rumor sordo crecerá desde sus entrañas y buscará escapar lastimando las orillas.
Las calles polvorientas, poco a poco, se vuelven barro. Y como barro, viajaran por el pueblo en las botas de los obreros, en las zapatillas de los niños, en el taco aguja de las damas de la sociedad y en las alpargatas raídas de algún mendigo. El barro no distingue las castas sociales que inventó el hombre.
Yo estoy sentado cómodamente frente a mi ventana, en medio de la serranía cordobesa. Podría decirse que disfruto viendo llover.
Pero se que la lluvia es fría y el barro cruel. Mi mente viaja entonces hasta el tambo de la estancia, en Cardales. Son las tres de la mañana. El ruido de los tarros y el mugido de las vacas me despiertan.
Siento escalofríos, pero necesitan mis ojos de niño contemplar una repetida escena que quedaría grabada para siempre en mi corazón nostálgico.
Un par de faroles 'Sol de noche' alimentados a Kerosén se hamacan de la mano del viento invernal. Parecen fantasmas colgados de los tirantes del viejo galpón de chapas. Chapas llenas de agujeros que no paran la lluvia que taladra hasta el alma de mis hermanos. Ellos, como si fuesen gladiadores de botas de goma y boina de paisano, libran su batalla de todos los días. Sobreviven en medio de vacas mañeras, a veces peligrosas, pero sobretodo, vacas ajenas.
Crecí observando todo desde el resguardo de mi pieza. Yo no sufría, solo admiraba la fortaleza de aquellos seres.
-Y… el 'Gurí' tiene que ir a la escuela, no ser un burro como uno-decían mis hermanos-
'Gurí' para los de la zona de la mesopotamia argentina quiere decir chico o niño.
Aquel sitio era uno de los tantos lugares a donde nos llevaron los sueños visionarios de don Roque. Un tambo casi a cielo abierto. Un Tambo. Un sueño más que también se desvanecería en poco tiempo dejando las manos llenas de lastimaduras y los bolsillos flacos.
Durante el día observaba las manos de mis hermanos. Manos curtidas, ligeramente grasosas por la leche de las Holando Argentina.
Sin embargo aquellas manos se vestían de 'mataduras' como llamaban los paisanos de entonces a las heridas. Es que no solo había que ordeñar, estaba el campo, el tractoreo, arreglar los alambrados de púas, cortar leña, marcar, castrar, sembrar, cosechar, curar las 'bicheras' de los animales heridos que se agusanaban y otras tantas tareas más.
Entre los escombros de esas vivencias surge una madrugada bulliciosa. Mi madre corría de un lado hacia otro de la cocina calentando ollas con agua.
Don Roque, mi padre, tenía la cara enrojecida denotando gran preocupación. Me levanté y fui hacia la pieza de mis hermanos.
En la cama, vestido y con sus botas salpicadas de barro estaba recostado Armando. Me acerqué hasta ver su rostro. No parecía darse cuenta que yo estaba allí.
Apretaba los dientes y el dolor brotaba desde el fondo de sus ojos celestes. La mano derecha parecía querer sostener las costillas de su costado izquierdo.
Me di cuenta inmediatamente, el gladiador estaba herido.
-¿Qué te pasó?, pregunté temeroso.
-Una vaca, gurí… una vaca mañera.
-¿Te lastimó mucho?
-¡Qué se yo, Gurí, dejáme tranquilo!
Se retorcía de dolor. Era comprensible su respuesta. Los hombres duros de verdad, no de película, como mi hermano no dejaban ver sus flaquezas, tampoco sus penas.
El animal lo había apretado contra uno de los postes del brete. Posiblemente tendría una fisura o, quizás, hasta rotura de costillas.
Entró mi madre con una palangana con agua caliente y unas vendas. Detrás de ella don Roque con una olla de clara de huevo batida.
Solo con una mirada de mi padre comprendí que debía salir de la habitación. Me quedé con la oreja pegada a la puerta. Escuche los gritos apagados de dolor de Armando.
Luego unos pasos hacia la puerta. Corrí y me metí en la cama. Ya no podría dormir.
Esa mañana hubo una ausencia en los corrales, en el tractor. No se escuchaba el silbido triste de 'la pulpera de Santa Lucía' que sonaba como un himno en los labios de mi hermano mayor.
Todo el día estuvo en su cama. No se si dormía o estaba despierto. Sí imagino que los sueños tan simples de su corazón de hierro noble se amontonarían en ronda alrededor de las paredes de adobe.
¿Cuales eran sus sueños? Como él, humildes, modestos. Quizás un ranchito, un tractor, un arado y un poco de tierra para llevarse a pasear las gaviotas y los chimangos detrás del arado. Nada más, -¿'pa’ que más?'-. Eso era demasiado para él, nunca pudo tenerlo.
Llegó la madrugada del día siguiente. Nuevamente la mezcla de gritos, mugidos, el ruido metálico de los tarros de leche.
Me levanté a observar. Dentro de mí corazón de 'Gurí' había una esperanza, un deseo ferviente, pero no se… era casi imposible.
Sin embargo sucedió. Allí estaba, erguido. Debajo de la camisa se notaban varias vueltas de una venda ancha. Un poco endurecido su movimiento entre las vacas. El gladiador de botas de goma estaba dolorido, pero de pie. Como siempre. Como fue desde el principio y como fue hasta el final.
Una inmensa gratitud me invadió el corazón. Es la misma que siento hoy. Por mis hermanos pude estudiar. Ser un ser humano con posibilidades. Con libertad de expresión.
Ellos en cambio se fueron apagando como aquellos faroles a kerosén y se convirtieron realmente en fantasmas de un pasado. Forman parte de una mezcla de nervios y penas, sueños muertos y realidades crudas. Olvidados en la vida moderna de hoy. Sus apellidos, como los de tantos otros, no figuran en los diccionarios ni en los libros de historia. Mucho menos en los buscadores de Internet que todo lo encuentran.
Sin embargo, muchas veces en que la lluvia se vuelve barro, mi corazón recuerda, con tristeza, aquellas madrugadas.
Madrugadas comunes de tantos hombres y mujeres de esas épocas, donde se mezclaban la bosta de vacas ajenas y esperanzas propias.
Si. Fue allá en mi pueblo natal, donde vi batallar a los gladiadores del campo. No usaban armadura ni lanza, solo botas de goma para protegerse del barro y boina de paisano.
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