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En plena posguerra en España, ante el hambre y la miseria ,muchas personas tuvieron que ingeniarselas para sobrevivir. Tal es el caso de los personajes de esta historia que en tono de humor nos cuentan lo que ocurría en muchos de sus pueblos.
LOS CONEJOS DEL SEÑORITO
-Ligorio, ¿quieres vestirte y venir de una vez? Como no te des prisa regresa la Eleuteria de cuidar a su madre y no hemos empezado a comer el conejo.
Ligorio se despereza de las sábanas de basto lienzo y al borde de la destartalada cama de hierro viste con rapidez su contrahecho cuerpo. Descorre la descolorida y vieja manta de cuadros que separa la alcoba de la fría cocina y llega hasta donde está la Juana.
-Ya estoy aquí, Juana, pero no te enfades tanto que me recuerdas a mi Eleuteria en sus peores momentos.
-No me enfado, Ligorio, sin embargo, el conejo se va hacer viejo de tanto esperar . Menos mal que Dios te dio más habilidad para quitarte los pantalones que ponértelos, si no, llega la Eleuteria con la burra de Zarapicos y todavía estamos aquí.
-No lo digas ni en bromas, Juana, ¡Dios nos libre de ello! -responde asustado.
Juana se levanta hasta el hornillo, a por la cazuela de barro donde tiene el conejo y en la cocina resuena el taconeo de sus zapatos de aguja, esos que un día el señorito Francisco le regaló cuando servía en su casa, cuando, a cambio de su juventud le prometió hasta la calle para pisarla. Hoy sólo le quedan esos viejos zapatos y el barro de sus calles.
Ligorio sienta su encorbado cuerpo en una silla de asiento de paja, pegando con su cara en el plato deslucido de porcelana, mientras babea y se relame al ver los pechos de Juana que, provocativos, asoman por el amplio escote. Ella come con ansia el suculento conejo en tanto piensa: ª bien merece
la pena este duro oficio por comer esta rica comida” Su estómago estaba tan cansado del ayuno y la miseria de la maldita posguerra en la que vivía , del rancio tocino y las duras muelas que habían sido su único y escaso alimento hasta ahora que por mucho asco que suponga para ella tener que acariciar ese cuerpo deforme y soportar las babas de los diferentes hombres del pueblo, con el estómago repleto , le parece mucho menos su mal.
-¿Está bueno el conejo?
-¡Oh! Riquisimo. En honor a la verdad la Eleuteria tendrá mal genio, pero criando conejos es una gloria.
-Todavía me quedan otros tres, asi que, si no te parece mal, podrías volver mañana.
-Claro, Ligorio, ya sabes dónde me tienes, pero cuando regrese tu mujer...
-Cuando la Eleuteria vuelva, no sé que será de mí con el genio que tiene la condenada; sin embargo , una noche contigo bien merece la pena la bronca que ella me va a dar.
-¿Estás seguro?
-Sí, no sölo van a servir las longanizas que el Zacarias escamotea a su madre por el culo de la olla o los pollos que el Gervasio, de vez en cuando, manda al otro barrio de una patada para traértelos y pasar la noche contigo. Mis conejos son los mejores del pueblo y de algo me tienen que servir.
-Está bien, Ligorio, no te enfades , Ya sabes: mientras tengas conejos, podrás pasar la noche conmigo.
Ha transcurrido una semana desde aquella noche y Ligorio, arrastrando sus doloridos huesos , se dirige hasta la casa del señorito del pueblo donde, de tarde en tarde, realiza algún redado.
Empuja la pesada puerta de roble y atraviesa el amplio portalón hasta la gran cocina. Criadas con delantal y cofia blanca entran y salen.
-¿Se puede?
-Pasa Ligorio.
El olor de pollo, chorizo, y otros guisos que fluye de la brillante placa bilbaína abre su apetito, pero su maltratado cuerpo se apoya lentamente entre las alacenas, que guarda pocillos, platos, bandejas y fuentes, y el gran ventanal por donde se divisan gallinas, pollos, conejos, vacas etc.
-Buenos días, señorito, ¿qué se le ofrece mandarme?
-No parece que hoy tengas el cuerpo para muchos trabajos, Ligorio.
-Ay, señorito, es verdad que no puedo con el alma.
-¿Qué te ocurre, Ligorio.
-Ya sabe usted que yo quiero mucho a mi Eluteria, pero mire como me ha puesto. Sube su camisa y en medio de la deformidad de su espalda, en el mismo centro de su chepa, como su hubiera quedado pegada a ella está la marca roja de una sartén.
-Pero¿por qué te ha pegado? Algo le habrás hecho.
-Bueno, señorito, yo...
-Ya sabe, señorito, que la Eleuteria se marchó hace unos días a cuidar a su madre, que estaba enferma. Yo entonces me quedé tan solo que este maltrecho cuerpo ansió tener compañia. Por eso, cuando fui a repartir la correspondencia hasta la casa de la Juana y salió con el taconeo de sus zapatos de aguja, el vestido tan justo que no la cogïa en el cuerpo y ese escote por donde se le salían descarados los pechos, yo me dije: ªPor un conejo más o menos la Eluteria no se va a enterar”
-¿Y qué pasó?
-Pues me dijo que fuera esa misma noche. ¡Y no vea, señorito! Todos los conejos que tenía la Eluteria me parecieron pocos, pero lo malo fue cuando ella regresó y fue a darles de comer. ¡Me acorraló! Y por más que la juré y perjuré que se habían muerto , ella, que es muy lista, adivinó que estaban en el estómago de la Juana.
-Ligoeio, Eluteria es mucha mujer para que tú la engañes con la Juana.
-Ya lo sé, señorito, y bien que me pesa.
Días después el señorito Francisco da la orden a sus criadas de que no le molesten. Pasea intranquilo por el gran dormitorio. El espejo del lavabo de mármol refleja un rostro nervioso que mira con impaciencia la cama de nogal, con sábanas de hilo bordadas y colcha blanca tejida de ganchillo. Llaman a la puerta y, apartando la roja cortina de terciopelo que separa el dormitorio de la sala italiana, la abre.
Allí está , al fin, su piel morena, su cuerpo corpulento, sus ojos azules que melosamente le miran.
-Por fin has venido.
-Ay, señorito, bien pensé que esta tarde no podría venir. Ligorio, para compensarme por lo de la Juana, no me deja ni a sol ni a sombra, ni un momento. Sabrá, señorito, lo de la Juana, ¿verdad?
-Sí, Eluteria, claro que lo sé, pero dejemos eso y ven a darme un beso.
-Pero, señorito Francisco, me han comido todos los conejos que tenía para la fiesta .
-Anda, Eluteria, enseñame la combinación de raso que te traje de la capital, que con ese cuerpazo que Dios te dió estarás como un bomboncito para comerte, y no piense más en los conejos.
-Sí, yo estaré para comerme, pero ¿de que alimentaré ahora este cuerpo sin conejos?
-Deja de preocuparte, tanto, Eluteria, que tu señorito te lo va a solucionar. Mañana haré llamar al Ligorio y le daré conejos, pollos y todo lo que tu boquita me pida. ¿Estás contenta mi pichoncita?
-Sí, señorito, muy contenta. Es usted tan bueno, Don Francisco.
-Pues vamos, no perdamos el tiempo, dame un abrazo y a ver cómo quieres esta tarde a tu señorito.
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