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La verdadera historia de Jack el Destripador (Alberto Serrano)

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Hacía frío esa mañana de otoño, quizás demasiado. Jack se despertó con los huesos entumecidos y con la serenidad de quién lo tiene todo perdido y que sabe que un día cercano no tendrá que soportar más las caprichosas inclemencias del destino. Sus padres no eran más que polvo y cenizas, un recuerdo pasajero, un instante confuso en la niebla de Londres.

Jack era un joven pobre, pero ese mediodía, la vida le sonrió. Un buque zarpaba de las viejas islas con destino al nuevo continente, el país de los sueños, y Jack ganó un pasaje de la única forma que sabía, mintiendo. Era un hombre sin escrúpulos, sin duda, de esos que hacen de su vida un engaño, de su engaño, un arte. Tendría una cama de lujo compartida con las ratas y demás polizones que también se encontraban deseosos de llegar a ver a la gran mujer verde, la Estatua de la Libertad, símbolo del mayor eufemismo que se pudiese concebir.

Aquel no era el mejor barco en el que había viajado su majestad, sin duda, pero sí el más impresionante. La princesa Yasmín viajaba al extraño continente para conocer a su futuro marido, un rico banquero de grandes ambiciones. Estaba siendo preparada para su boda, pero era tozuda, inocente, un espíritu libre. Su madre, la reina, había sufrido con gran intensidad la muerte de su marido y veía cómo su reino se derrumbaba. Por ello, era cuestión de vida o muerte el matrimonio de su hija. Eso, o su pueblo se sumiría en una sanguinaria guerra en la que todos perderían y muy pocos ganarían algo. No volvería a someterse a ese arrogante necio que creía que hacía un honor a la tierra que pisaba, hogar de los cobardes, refugio de los débiles, orgullo insensato.

La vida en el acorazado, una vez abierto a la mar, era como una enorme caja de bombones dónde nunca sabías que te ibas a encontrar, en la que los mejores bombones están al lado de los que no quiere nadie, esos que ven su final, derretidos, en agosto, mezclados. También solía suceder que los más distinguidos, los de envoltorio dorado, no eran los que mejor saben, y mucho menos con los que Yasmín disfrutaba. Ella supo esto desde el primer momento en que vio a Jack en la popa del barco. Nunca había visto unos ojos tan misteriosos y penetrantes como los de aquel hombre, que la invitaban a arrojarse por la borda pensando en los fastuosos bombones, muy gordos todos ellos, de un envoltorio exquisito y un interior decepcionante. ¿Qué iba a hacer? ¿Desperdiciar su frescura y juventud entregándose a uno de esos bombones empalagosos? Al menos los ojos de Jack se le mostraban con sinceridad, sin ninguna excusa que intentara disfrazara su esencia en perfumes cargados de petulancia.

Yasmín se veía abocada a arrojarse en los brazos de aquel extraño individuo, quien se sentía desconcertado por la candidez e inocencia de la joven muchacha, cultivada en todos los idiomas preciosos y algunos de los más útiles. Jack no estaba acostumbrado a recibir este trato, en su vida sólo había recibido una infinidad de golpes, pero jamás le habían tendido una mano amiga. Aquel fue el primer momento, y también el último, en el que Jack se sentía humano, vulnerable en la inmensidad de sus enormes ojos rasgados. Por primera vez, se vio con fuerzas para resistir sus más oscuros deseos.

La princesa vivía en un palacio árabe con grandes columnas y preciosos jardines, con un tigre por mascota, muy alejado de lo que Jack conocía hasta el momento. En esos instantes entrecortados que vivieron, Jack sintió por primera vez lo que el amor debía ser. Lástima que tanta felicidad sólo le sirviese para reafirmarle en su odio y ansia de venganza con la raza humana, con todos aquellos que le condenaron a una vida de angustia y sufrimiento. Sin embargo, en aquellos momentos, sólo existía Yasmín, Jack y un amor infinito, sin ningún límite, sin ninguna otra persona, un mundo ideal en el que ellos pudiesen decidir cómo vivir sin nadie que lo impidiese. Se sentía el rey del mundo, volando en una alfombra mágica a través del tiempo y de continentes, volando hacia un nuevo amanecer. Dibujando, por primera vez, el bello cuerpo del amor, sin ese oscuro pasajero que no le deja oír y le conduce a la locura por medio del inquietante ritual de sangre. Yasmín pasó a ser su mundo, su única realidad.

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Enviado por a90sm - 16/01/2009 ir arriba
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