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Un cuento para pensar.
Eliane ingresó a la tienda de mascotas después de observar por varios minutos los peces que se exhibían en la pecera ubicada en el centro de la vidriera.
El empleado se acercó frotándose las manos y fingiendo, como de costumbre, una sonrisa.
-¿Qué quieres, niña?
-Un pececito, ¿cuánto cuesta?,-preguntó Eliane.
-Veinte pesos, no tengo nada más económico, -respondió el vendedor.
-¡Veinte pesos!... es mucho dinero, lástima,-dijo la niña y dando media vuelta se retiró.
-¡Niña!, -gritó el vendedor-ven un minuto… ¿cuál quieres?
-Pero no tengo dinero-contestó apenada Eliane bajando la mirada.
-No importa-dijo el vendedor-hoy quiero hacer un regalo y te he elegido a ti. ¡Vamos!... ¿Cuál?
Eliane miró y eligió un pececito celeste. El Vendedor lo colocó en una bolsita con agua y le inyectó oxigeno con una manguera. Se lo entregó a la niña con una sonrisa, esta vez genuina.
Eliane llegó a su casa con una indescriptible alegría. Enseñó el pez a su madre y esta leyó el papel que en la tienda de mascotas le habían dado para su cuidado. “Sacar todos los días un vaso de agua de la pecera y colocar un vaso con agua limpia”.
-Ese va a ser tu trabajo –dijo la madre de Eliane-Toma este frasco de aceitunas. Lávalo y ponlo dentro. Colócalo en aquel estante.
La niña cumplió día a día con toda la tarea. En realidad, para ella era un placer hacerlo. Solía hablarle palabras dulces al pececito al cual bautizó con el nombre de “Celeste” en referencia a su color. La divertía acercar su cara a la improvisada pecera y ver como “Celeste” parecía mirarla, moviendo graciosamente su boquita despidiendo burbujitas.
Cierto día en que Eliane cambiaba el agua de Celeste sintió una especie de susurro en la pecera. Acercó su oído y asombrada pudo escuchar una vocecita muy fina, pero entendible.
-Niña, ¡qué hermosa eres!, tus ojos tienen el color de mis escamas-dijo el pez
-Pero, “Celeste”… ¡tú hablas!-exclamó entre maravillada y asustada.
-Si, niña, no temas. Tanto estar en esa tienda de mascotas y escuchar a los humanos aprendí a hablar vuestro idioma.
-¡Es increíble!-Respondió la niña-me dejas sorprendida.
-Niña, escucha, -susurró el pez-no se lo digas a nadie por favor.
-¡Por supuesto que no, “Celeste”, es un secreto!
-Gracias niña-respondió “Celeste”.
En una oportunidad no había nadie en la casa y “Micifuz”, el gato, quiso desayunarse con el pez. De un salto subió al estante e introdujo su pata en la pecera para asirlo con sus garras.
-¿Qué pasa, “bigotón”? -dijo “Celeste”-¿tienes demasiado hambre hoy?
-¡Ah… bueno, ahora resulta que el pequeño amigo habla-exclamó el gato-y… ¿me vas a suplicar que no te coma?
-No, para nada, hazlo ya si quieres. Me harías un favor.
-En realidad, -dijo “Micifuz”-no voy a hacerlo, estás muy delgado, dejaré que crezcas. Mientras tanto, ¡púdrete en tu húmeda prisión!
-Está bien, gato. Quizás tú creas que eres mas libre que yo acostado cómodamente en ese almohadón lleno de pelos.
“Micifuz” escuchó al pez y rió, diciendo:
-¡Claro que soy más libre “escamoso”!-respondió orgulloso el gato.
-¿Lo crees en verdad? Mira, observa por la ventana.
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