|
Había dormido mal, unas profundas ojeras y una tez más pálida que de costumbre lo atestaban. Tenía la boca pastosa, los parpados, bajo la presión del sueño, no tenían la fuerza de abrirse del todo y el intenso calor ardiendo en el aire de la habitación lo oprimía como un peso puesto encima de su pecho. La almohada y las sabanas estaban húmedas del sudoroso rocío desprendido por todos los poros de su piel durante el insomnio de la noche y en ellas se podían leer los garabatos escritos por las muchas vueltas dadas en busca de sueño y olvido.
Se incorporo lentamente, se froto los ojos, giro la cabeza y su mirada tropezó con ese vacío, unas semanas atrás, ocupado por el perfume y el cuerpo de su chica. El viejo despertador con su “tic-tac”, monótona e incesante nana, marcaba el medio-día.
Luis dejo caer sus pies en las chanclas que lo estaban esperando en el suelo, mientras a su pesar, de algún rincón de la memoria surgió la imagen de una Noemí enfundada en unos tejanos negros, pelo alborotado, labios sin la capa de carmín bajo la cual solían esconderse a diario, una mirada dejando ver los oscuros nubarrones interiores, una maleta en la mano izquierda y la derecha peligrosamente armada con las llaves del apartamento que acabo tirandole a la cara. “Eres insoportable. Insoportable. Adiós”. Un portazo: los muros parecieron sobresaltarse, la mente de Luis se quedo tan lívida como su cara y su corazón, durante una fracción de segundos, no se atrevió a latir para no interrumpir el intenso silencio que se había adueñado, tanto de su casa, como de su ser.
El agua fría de la ducha despejo su cuerpo del calor acumulado durante la noche. No se seco para prolongar la sensación de frescor encerrada en cada gota de agua. Con la toalla alrededor de la cintura fue dejando por el estrecho pasillo, hasta la cocina, la huella de sus pies mojados. De pie apoyado al fregadero se toma un primer café, sin azúcar, sin leche, de un sorbo: como un alcohólico apurando su primer vaso de vino.
Se vistió y salio a la terraza. Esta última daba a un patio interior resguardado celosamente del sol. Aquel oasis de sombra en medio del veraniego chorro de luz y fuego, era el lugar más fresco del apartamento. Por ello, durante el verano y parte del invierno, Luis pasaba en ella largas horas pintando o escribiendo.
Unos muros blancos agujereados de ventanas eran la fortificación resguardándole de la calle y exponiéndolo al cotidiano del patio: las risas de los niños, el silbido de una olla-express, el canto de un canario. Olor a paella y abajo en el patio la portera regando las plantas cuyas hojas eran como gruesas pinceladas verdes puestas sobre el blanco de las paredes.
Se sentó frente al lienzo, la mirada perdida en su desafiante blancura, saboreo un segundo café, a la espera de algún color, alguna forma surgiendo de su subconsciente.
Cogio el lápiz y lo dejo deslizarse, a su antojo por el lienzo. Líneas rectas y curvas plasmaron un boceto. Pinceladas cargadas de color, guiadas por la línea, dejaron su huella, por aquí y por allá. La mano prolongada por el pincel estaba concentrada en su tarea, mientras el pensamiento de Luis se hallaba en algún lugar remoto y perdido de su ser del que ni siquiera el tenia conciencia. Cuando quiso darse cuenta, el rostro de Noemí estaba frente a el.
Luis no solo pintaba para expresar sus sentimientos, emociones, su manera de ver y sentir el mundo circundante, sino también para sentirse feliz. Pintar lo hacia sentirse feliz. Quizás hoy, ante aquel rostro de sonrisa guasona mirándole desde el lienzo, se sintió por primera vez, lleno de vacío e infeliz. Fue como si la pintura al igual que Noemí, le hubiese dado un portazo en todas las narices.
- ¡Jo…!
Malhumorado tiro su pincel al suelo, se paso la mano por el pelo e involuntariamente se mancho la camisa de una pincelada azul. Su malhumor subió de unos cuantos grados, era su camisa preferida. Lanzo al aire su habitual:
- ¡Jo…!
Esta vez no le sirvió de alivio. Se hecho hacia atrás en la silla apoyada en un precario equilibrio sobre sus dos patas traseras y dejo que el pedazo de cielo asomándose al patio, absorbiera su mirada entera. Hay días, como este, en los que le hubiese gustado ser dueño de una invisible pistola, apuntar con ella su mente y dejar su pensamiento, aniquilado, en el borde de alguna cuneta olvidada en su interior.
¡Feliz! Que guasa, con sumarle dos letras, por ejemplo una i y una n, pasamos del estado “feliz” a “infeliz”. Feliz, infeliz las dos caras de una moneda. Esta mañana la moneda cayo, indudablemente, en la vida de Luis, del lado cruz.
Naufrago en un océano de emociones contradictorias cogio una hoja de papel – improvisado salva-vidas para no ahogarse en su malestar – un pluma, le escribiría a Noemí una larga carta que nunca le enviaría. Sus dedos jugaron primero con el papel, luego con la pluma. Mientras tanto su pensamiento buscaba y rebuscaba por los cuatro puntos cardinales de su mente alguna palabra. No encontró ninguna, ni siquiera palabras par nombrar aquel nudo de sentimientos negativos que se había formado en su corazón. Entre pincel y pluma, la sonrisa guasona de Noemí y las palabras que no cuajaban la tarde paso. Decidió salir: el sol ya daba la espalda a Gandia, la calle, la gente, el movimiento, el ruido, la risa, la música, serian como una tirita para su corazón herido.
Dirigió sus pasos hacia la parada del autobús, dirección playa. El paseo marítimo burbujeaba de gente, el aire calido, la luna en el horizonte, bañaba su plateada luz entre las olas. Los vendedores ambulantes ofrecían pañoletas, gafas de sol, pulseras, cinturones, bolsos, recuerdos. El aire cargado de mar, la alegría de la gente, la oscuridad iluminada por las farolas, el carrusel de los coches, la música, todo participaba del verano y las vacaciones.
Un extraño dejándose caer en una fiesta, en la que nadie lo había invitado, así se sentía Luis. Hoy lo veía todo desde otro punto de vista, desde su lado oscuro. Desde esa periferia del ser donde uno deja de ser protagonista hasta de su propia vida.
Un gruñido de su estomago, inalterable ante la felicidad o la infelicidad, lo saco de sus pensamientos y le recordó que no había comido nada en todo el día.
El bar de Miguel estaba como de costumbre a tope, se deslizo por el movedizo laberinto de gente hasta llegar a la barra.
- Una coca-cola y un bocata de calamares.
- ¡Hombre artista! Mira por donde quería hablar contigo.
- Vale. Ponme primero el bocata y después charlamos.
Miguel quería un cuadro para su casa. Un velero. Al instante la inspiración deshizo todos los nudos que agarrotaban a Luis.
- Estas de suerte, estoy en ello. Mañana por la tarde te lo traigo.
La terraza, el lienzo y la sonrisa guasona de Noemí lo esperaban. Agarro tubos de color, pinceles y empezó a pintar con rabia, con pasión, con exaltación, con odio, con amor, con todos los sentimientos experimentables por un ser humano. La sonrisa, la mirada, la cara de Noemí fueron desapareciendo bajo los intensos azules del mar, los azules mas claros del cielo y el blanco deslumbrante de una vela. Amanecía cuando agotado se dejo caer en la cama.
Feliz: reconciliado con la pintura, con todo su ser, con el universo entero. Gozaba de ese estado de gracia alcanzado por los que dan lo mejor de si mismos sin reserva alguna.
La felicidad estaba en su interior y se hacia palpable, lo comprobaba en estos momentos, cuando olvidándose de si mismo se entregaba entero a su quehacer.
Se durmió de un sueño profundo y feliz.
Al día siguiente entrego el cuadro a su amigo.
- Aunque no lo creas, es mucho más que un velero.
alexys fernandez artos
|