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Sentir el miedo de morir o ser dañado es la sensación más desagradable que he experimentado.
Sobrevivir en una ciudad tan grande y con tantos problemas no es fácil, incluso para quién ha sufrido el caos y las turbulencias desde el día en que nació resulta casi imposible. Debí suponer que para un extraño como yo, inadaptado por la convicción de solo estar de paso, le sería muy difícil lidiar con las peripecias de la vida diaria. Pero desde mi estrecho punto de vista, creía que no había nada de que preocuparse, la gente parecía normal y caminaba con desenfado, a veces apresurándose por llegar a ningún lado o perdiendo el tiempo en hacer nada. Claro que muchas veces percibí el estrés y tensión de la gente pero jamás sentí el miedo. No obstante el miedo estaba ahí, disfrazado de payaso y a mí me invitaron a su fiesta aquel desafortunado lunes, cuando me lo presentaron.
Eran las seis y media de la mañana del lunes que daba entrada a la primera semana de Otoño. Ese día estaba de buen humor porque pude evitar el tráfico de la mañana e hice menos de una hora de traslado a mi trabajo. Sería uno de los primeros afortunados en dejar el coche estacionado. Tenía casi un año pagando un estacionamiento privado porque carecía del derecho para acceder al del complejo de edificios donde laboraba y dejar el coche en la calle no era seguro por el riesgo a ser robado.
El área de estacionamiento era un lote baldío rodeado por una malla metálica mal cimentada que lo limitaba en casi todo su entorno. El acceso era difícil y los coches eran amontonados con la finalidad de darle cabida a más, aprovechando el espacio al máximo. Decidí contratar el servicio por ser el más cercano y de los menos malos. A pesar de sus características era costoso pero se deducía de los impuestos del año. Además, ofrecían el servicio de lavado y encerado de autos y cuando la aspiradora servía, también el de aspirado de los interiores.
Todos los días me recibía 'el Chino', un hombre delgado y de aspecto sucio que servía de vigilante, administrador y chofer. Le llamaban 'el Chino' por su ensortijada cabellera y ciertos rasgos orientales que yo nunca llegué a identificar bien. Era musculoso y ágil y tenía una habilidad enorme como conductor. En varios años de trabajo llevaba un record invicto en cuanto a incidencias de coches con rayones o golpes. Se había ganado mi confianza aunque me habían dicho que en ese rumbo de la ciudad ninguna persona era de fiar - Si evitas confiar en la gente te vas a pasar la vida dudando hasta de tu sombra- recuerdo haberle dicho a uno de mis compañeros en alguna ocasión.
Estuve esperando algunos segundos a que la luz del semáforo me permitiera avanzar. La entrada al estacionamiento se encontraba a algunos metros mas adelante y el acceso me permitía virar hacia la derecha a baja velocidad pero sin necesidad de frenar. Fue entonces cuando escuché el chirrido de las llantas de un coche cuando se apresuró a frenar seguido de un golpe seco de metal. Yo había entrado sin incidencias al estacionamiento y me recibió 'El Chino', como ya era costumbre. Pero esta vez su mirada estaba clavada en un coche que acababa de entrar al estacionamiento. 'El Chino' tenía una expresión diferente, desconocida por mí hasta ese entonces. Su actitud era como de un animal al que se ha acorralado y está dispuesto a atacar. Yo tenía tendida mi mano, intentando entregarle las llaves del coche, cuando escuché a un hombre gritar alterado a mis espaldas:
- ¡Acaba de chocar mi coche! ¡Traigo una pasajera y se lesionó por su culpa!- dijo agitando sus manos y acercándose agresivamente hacia mi. Traía un coche pintado de color verde aguacate como los miles que deambulan por esa ciudad. Era un hombre como de treinta años, quien portaba una camiseta que por su obesidad, le estrangulaba el vientre y no le alcanzaba a ajustar a la cintura. Con una mirada pude ver a una mujer recostada en el asiento trasero quien permanecía inmóvil y parecía inconsciente. Reaccioné defensivamente sin poder comprender bien la acusación que me estaba haciendo por lo que exclamé:
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