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Fuera de lote VI (JUANDEMARO QUERALES)

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CUENTOS COLOR ROSA

La metamorfosis que vivió Julio, apenas dejó algún resquicio de su vida anterior. De obrero de la construcción pasó a representante del pueblo. Con lo que su vida –se transformó cualitativamente- de entrada a la Alcaldía con una mano adelante y una atrás, Julio se ufana, de poseer una flota de carros último modelo, buenas hembras y el pescuezo lleno de cadenas de oro: como un capo colombiano de la droga.



El país se había acostumbrado a observar en el paisaje social, a estas aves de rapiña, salidos de la nada se encaramaban descaradamente al autobús de la historia reciente, siendo seleccionados para integrar la exquisita burocracia del paisito. Poseídos por un sentimiento egoísta y envanecidos por la nueva riqueza, estas bestias medievales arruinan todo lo que consiguen a su paso, embolsillándose los dineros públicos que se asignan a la salud y la educación. Su psicopatía los lleva a hacer gala de su riqueza repentina, sin provocar escrúpulos cuando los señalan como ladrones.



El ambiente se torna escurridizo, las masas –cada vez más descontentas- poseen una rabia irreprimible. Todos los días toman calles, autopistas y puertas de Ministerios y organismos, para exigir viviendas, trabajo, alimentos. Poco a poco la copa de sidra va subiendo de espesor, hasta que sea rebasada. Todo este descontento que amenaza con descuartizar al país, a los personeros del gobierno les parece que sólo se trata de conspiración, para echarlos del poder porque ellos son la sal de la tierra



Cuando los procesos sociales, terminen por cambiar la fisonomía de la nación, serpenteando los peligros de imponer una dictadura, surgirán las voces agoreras acostumbradas, para decir que ellos lo habían vaticinado; perezosos intelectuales que han mantenido un silencio cómplice, ante la destrucción de las Instituciones y la desaparición de viejas conquistas, que lleva a cabo el César con sus aves de rapiña.




Cuando la nación –haya resuelto sus contradicciones- aplastando la fuerza de la anti-historia, la sociedad volverá a su ritmo normal, saliendo fortalecida de este trance, que casi le cuesta el destino, para no errar jamás, cien años de perder la brújula es suficiente para escarmentar.



La riqueza que atesora el César, es diametralmente proporcional a la inmensa legión de menesterosos, que pululan por nuestras calles, registrando cualquier depósito de basura, para llevar alguna hogaza de pan a su desdentada boca. El cochino cuando asumió la primera magistratura, pesaba 60 kilos, ahora pesa 120, y por el camino que anda va a seguir engordando.

LA TORTURA

La cadena presidencial cae sobre nuestras vidas como una inmensa loza mortuoria, no hay hecho que no lo trate el gran locutor, las cosas por más nimias y deleznables son tratados en sus intervenciones. Desde: 'venezolanos, la planta insolente del extranjero ha hollado el sagrado suelo de la patria' de Cipriano Castro, ha retumbado sobre nuestros oídos a través de los años de perorata. Las pesadas colas de los viejitos del seguro social; los beneficiados de las distintas misiones. De todo esto se entera uno en las cadenas presidenciales, que a toda hora se trasmiten para martirizar. Esta sociedad ya no tiene tema de conversación, hay un elemento que se ha erigido en un hilo conductor, de nuestra trama cotidiana: las arrecheras del presidente, la deslealtad de sus colaboradores, los peos familiares y la animadversión hacia el presidente Bush. 'Evocar la infancia en los parajes semi-desérticos de Lara es casi imposible. El bestialismo y las primeras novias no perturban mi psique. Los chistes premodernos del leviatán se repiten porque no hay voluntad de renovarlos. Las comparaciones con otros tiranos, de amistades que él forja, violentando tradiciones, normas diplomáticas. Dictadorzuelos que van cediendo sus lugares haciendo más solitaria su permanencia. Se anuncia otra cadena presidencial, desde un mitin donde se arenga a sus conmilitones: anuncia más represión, arremete verbalmente a sus enemigos –como él los define-. Un largo bostezo con lágrimas en los ojos vuelve a ocurrirme, en un día cualquiera del fastidioso país en que me ha tocado vivir.


ALCAMUNERO

La avalancha de gente que siempre cae por la casa, esta familia no termina de crecer, cada día hay más bocas. Donde come uno comen cuatro, decía Hilda, como madre judía e invasora que era. De este bululú de personas, sólo unos cuantos vienen a la memoria: los más eran vagos, vagas, desahuciados y paradistas. Para evitar la sobre población de la colmena, había ideado un truco: denunciarlos a la autoridad y echarlos con la policía, que llegaba en el acto con sus patrullas, garrotes, peinillas y sus agentes más malencarados. Esto siempre funcionó, eso sí, dejaba sentimientos de arrechera en Hilda, porque dañaba su bonhomía de vieja cristiana. Cuando paró la invasión de alimañas, y se empezaron a morir los tradicionales habitantes, la casa se hundió en el abandono, siguiéndole la ruina, el silencio, con lo que los muertos de anteriores generaciones regresaron para retozar entre sus patios y amplias salas como si nada.

CEMENTERIO

Habían abordado el viejo maverik anaranjado. El brujo había marcado el número del celular y por ahí le envió un mensaje: 'ven a buscarnos para que nos hagas la ruta de los muertos'. Mustafá leyó la imprecación respondiéndole: 'voy en diez minutos'. Ya npo tarda Mustafá –dijo el brujo secamente- llevándose el celular al bolsillo. Las hermanas recibieron la información del brujo como si nada. Ellas siguieron organizando los peroles que irían a llevar. Flores aín frescas, velas de todos los colores, potes de pepsi llenos de agua, una escoba sin mango. Todo ese montón de cosas las vaciaron en una gran bolsa del Tijerazo. Todos los años durante los primeros días de septiembre –estas viajeras albolarias- invadían la vieja casa para sembrar nuevamente la rutina familiar. Se traían anégdotas de Hilda, los gustos de ella, sus dulces preferidos, sus comodines de la lengua. Nos hundimos –no sin antes hacer un gran esfuerzo- costó para cerrar las puertas, recoger los pies y cuidar esos culos de los resortes, echar a andar por esa vía asfaltada hacia Aregue, por aquellos parajes desolados y calcinados que mostraba el pellejo cuarteado de la tierra roja. Vamos al de Aregue primero –dice el brujo imperativamente- este camposanto sí que asemeja un teatro de guerra, pura ruina y soledad; Juan Bautista estaba allí desdehace treinta años, tiempo en el cual nunca habíamos dejado de visitarlo. La capillita –donde le encendíamos las velas- estaba negro de tanto uso, la placa con su inscripición estaba rota de tanto parársele encima. Hecho esto –nos volvimos a montar en el viejo maverik- y enfilamos derechito al cementerio nuevo, situado en la carretera asfaltada, pero en los primeros kilómetros viniendo de Carora. Visistar a Hilda es una costumbre, nadie consibe la idea de que se haya ido, más que todas sus cosas quedaron intactas: su cama, su escaparate con su ropa, sus viejos retratos enmarcados y colgados de la pared. Todo el mundo la trae a colación con citas y consejas que solía dar sin distingos a propios y extraños. A Hilda como a Miguel –el otro horizontalizado- se le ponen sus velas, el mismo rito: el brujo y Oscarcito están veteranos, la prenden en la superficie de la capillita encendiendo la mecha. Mustafá hace alusión al viaje fallido del día anterior, pues habíamos conseguido las rejas cerradas antes de las cuatro de la tarde. 'Esos tipos eran unos profanadores de tumba', dice en tono doctoral, llevándose las manos al mentón, apoyándose en el escarapelado volante y acelera, con los cuerpos de mis hermanas, sobrinos y el brujo bamboleándose en un extraño rictus.

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Enviado por leope31 - 22/03/2009 ir arriba
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