Estación Los Cardales No hace falta decir que cuando éramos niños nos emocionaba viajar en tren. Todo parecía nuevo, veíamos gente que iba de aquí para allá; el guarda que imponía respeto y a su señal aquel gusano metálico comenzaba la marcha hacia otro destino. Había apuro por llegar a horario. Recuerdo que mi padre miraba a cada instante su reloj cuando aguardábamos la llegada del tren. Me parece verlo caminar por el andén donde a cada paso sus zapatos de suela contra el piso de cemento y las piedritas hacían un sonido especial que yo quería imitar pero me resultaba imposible con mis zapatillas de goma. Uno cuando es chico no observa lo que más adelante ve cuando es adulto. Pero ve o imagina otras cosas. Yo creía que las vías del tren eran infinitas, sin comienzo ni final. Eso me resultaba emocionante y misterioso.
Estuve hace poco en aquel lugar. El nombre de la estación lucía en un viejo cartel y en las herrumbradas chapas se podían adivinar la sombras de unas letras color tiempo. Vi algunos jóvenes reunidos para fumarse un cigarrillo a escondidas de sus padres y otros, que transitan caminos más prohibidos, aromatizando el aire con un “porro” armado en las temblorosas manos de la adicción. Cosas que traen estas épocas. Pero desaparecieron de repente. Había un matrimonio de ancianos despidiendo a la que podía ser su hija, quien alzaba orgullosa un niño de pocos años; el nieto seguramente. En los ancianos existía una tristeza de adiós y una caricia se les escapaba de las arrugadas manos. La mujer tomó el bracito del muchachito y le fabricó un saludo a los viejos, que quizás ocultaron una lágrima, pero rieron, sintiéndose reflejados en la mirada nueva de la prolongación de su sangre. Unos obreros acomodaban su bolsito de trabajo y miraban el piso de cemento con la resignación de los humildes trabajadores oprimidos por el cansancio. Cansancio de sentirse pisoteados, cansancio de años en las espaldas y en su columna golpeada por el esfuerzo. Allá, a lo lejos, se alcanzaba a divisar el tren. Tenía ganas de subirme a él y viajar por las vías infinitas. Miré los cuatro árboles, que parecen eternos y ellos me dijeron lo viejo que estoy. Vi un mendigo que dormía en los asientos casi destruidos y cruzaba sus brazos como aprontándose para viajar también. Llegó el tren, no bajó ningún guarda. Algunos vidrios de las ventanillas habían desaparecido y otros lucían astillados por los piedrazos de algún travieso puñado de muchachuelos. No escuché aquella campana de bronce que me inundaba de latidos el pecho en la infancia. Estará muda de olvidos en algún rincón inoportuno y extraño. Partió el tren, no quedó nadie a la vista. Solo una joven que bajó y dio la espalda a la estación camino a su vida. El mendigo se sonrió en su locura y dejó pasar el tren. Volvió a cruzar los brazos y a mirar el piso. ¿Tendrá ilusiones?-pensé-vaya a saber uno, quizás como ese tren las va dejando pasar, porque en su cielo ya no hay colores ni pájaros que vuelan libres surcando el aire. Y quedé yo. Yo que me hallaba herido de nostalgia buscando un escenario que no encontré. Era el mismo cielo, los mismos árboles; pero nada era igual. Tampoco, como el mendigo, pude subir al tren. Lo dejé ir, como tantas cosas deje ir en el tiempo. Y me fui, no quise mirar hacia atrás… ¿para qué? Ya no deambulaba por allí mi padre mirando a cada rato su reloj. Mi mano estaba desolada, sentía frío. Me alejé soñando con la estación de Cardales, pero la otra, la que tenía vías infinitas.
|