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La verdad, al carecer de dulzura, te ayuda a aclarar la mente, planteando el reto de buscar soluciones en ese punto donde las excusas sobran.
Difícilmente puedo decir con exactitud a que edad empecé a utilizar la autocrítica como una herramienta de mi personalidad. A través del tiempo que llevo de vida he aprendido que siempre debo darle un sentido positivo para hallarle utilidad. Porque desde el comienzo de mis memorias ha estado conmigo, acompañando mis pasos, corrigiendo mi camino. Al entender la autocrítica como una cualidad, he podido participar en miles de errores, evidentes fallas y debilidades. El proceso no ha sido fácil porque como cualquier persona, muchas veces he tendido a evitar fallar. Y solamente no se falla en algo cuando no se intenta realizar.
Recuerdo aquella ocasión cuando se me dio la oportunidad de criticar abiertamente el trabajo de otras personas. La posición era ventajosa porque me liberaba de cualquier sensación desagradable ya que desde el inicio estaba excluido de cualquier tipo de responsabilidad. Al menos así quise creerlo, pero pronto la crítica se volvió autocrítica y lo que prometía ser un viaje de placer resultó ser una lucha de fuerzas entre mi autoestima y mi recientemente concebido sentido de auto eficacia.
Había deseado ese viaje desde mucho tiempo antes. Un poco de descanso, mucho sol y algo de diversión era lo que necesitaba. Era la reunión anual de nuestra sociedad donde se congregaba lo más prestigioso de nuestra comunidad. 'El Congreso' contaba con eventos sociales y de negocios pero la parte principal era regida por los talleres de educación y los foros de investigación. Me habían aceptado un trabajo de investigación por lo que me sentía adicionalmente contento. La presentación del trabajo restaría solamente unas cuantas horas al tan ansiado esparcimiento. Había decidido acudir solamente a las sesiones de vanguardia académica y de esas joyas solo se vislumbraban tres. En fin, ya lo decidiría cuando se diera el momento.
El problema surgió el día de mi partida, cuando mi jefe me pidió que presentara en el congreso un trabajo de su autoría. Se le había presentado una situación inesperada que lo obligaba a quedarse en casa y le era imposible acudir al Congreso. Se trataba de ofrecer una presentación oral del trabajo frente a un jurado calificador ya que estaba concursando para el premio anual de investigación. Mi jefe tenía la costumbre de no involucrarnos en sus trabajos aunque dependía de nosotros que él pudiera obtener la información. Por tal motivo, yo estaba completamente ajeno al trabajo realizado y me negaba a aceptarlo. Pero mi jefe, al ver mi incomodidad y dudas de realizar la encomienda me dijo:
-No te preocupes, el trabajo va a brillar con luz propia. Te voy a entregar todo el material que tengo preparado para que lo presentes. Si te limitas a hablar de lo que te he escrito no vas a tener problemas. Por tu 'escasa experiencia' pudieras decir cosas que no debes y perjudicar el trabajo que siendo sincero, no tiene debilidades. Deja que el trabajo hable por sí mismo y limítate a recoger el premio-
Habló con la sobrada arrogancia que lo caracterizaba y esbozó una sonrisa ladina. El panorama no lucía halagador debido a que era bien conocido que jamás revisaba los trabajos ni el material que se le proporcionaba. A sus espaldas, más de uno lo ridiculizaba imitando su contrariedad al no entender el contenido de una diapositiva de su propia presentación. Obviamente, tenía a un grupo de personas que se encargaban de organizarle el trabajo y llevar a cabo la investigación. Ellos podían haberlo presentado pero por ser becarios carecían del nivel para exponer en un foro de 'gran relevancia'. Ante sus ojos, negarme a presentar el trabajo hubiera significado una deshonra para nuestra institución y una falta injustificable que seguramente me traería terribles consecuencias.
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