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Es la primera parte de un relato, espero que les interese el tema.
“No cabe duda que el miedo, se esconde detrás de lo que no vemos. Y entre más indagamos más miedo obtenemos aunque… permanecemos ciegos”.
El viaje a la Ciudad de Oaxaca fue difícil y azaroso. Decidimos salir al mediodía del viernes para evitar que los niños perdieran el tiempo de clases en la escuela, asumiendo que el fin de semana sería suficiente para conocer una pequeña parte de la capital. Podríamos visitar al menos, los principales sitios turísticos de la ciudad y las ruinas prehispánicas de Monte Albán. El traslado en coche utilizando la nueva autopista de peaje, parecía la alternativa perfecta para evitar la larga espera y los retrasos del aeropuerto, sumados a las cuestiones de seguridad.
Después de un paso sin incidentes por la periferia de la Ciudad de Puebla, tomamos la ruta hacia la autopista Cuacnopalan-Oaxaca, de reciente construcción y conocida como la “súper-carretera”, que conecta el centro y sur del país. Esta ruta continúa al unirse con la antigua carretera 190 hasta el Puerto de Salina Cruz, al sur del Estado de Oaxaca. Resultaría necesario cuestionar el concepto de “súper-carretera” a quienes lo aplicaron a esta obra, a menos que signifique el requerir de poderes especiales para poder sortear los peligros que en ella acechan. Es sorprendente apreciar el desenfado con el que autobuses, camiones de carga y automóviles invaden los carriles de sentido contrario, con la tranquilidad de moverse a más de 120 kilómetros por hora.
Después de varias horas de alternar miedo y zozobra, por el riesgoso camino, con el fastidio de tener que sumarnos al desfile de los pesados vehículos de carga que escalaban la Cordillera de Anáhuac, llegamos al valle donde se encuentra, la Ciudad de Oaxaca.
Dos horas antes de nuestra llegada, la noche había convencido al sol sobre la necesidad de iluminar la otra parte de la Tierra. Al tomar la avenida principal que conducía al centro de la ciudad, tuvimos que realizar un obligatorio recorrido histórico. La confluencia de una gran cantidad de vehículos en una ciudad que se ha negado a cambiar su arquitectura y estructura vial, hacía imposible el avance del tráfico. Por tal motivo, la ruta de la Independencia paralela a Hidalgo, nos condujo por Porfirio Díaz, 5 de Mayo, Reforma y Juárez, retornando hacia la izquierda por Constitución. Siglos de historia pudieran haberse repasado aceptando un cierto desorden cronológico de los eventos. Cuando ocupaba el tiempo en asociar el nombre de Venustiano Carranza a la Constitución de 1917, pude observar el hotel, del cual intencionalmente no recuerdo el nombre, que ocupa la enorme construcción del Convento de Santa Catalina de Siena, construido en el Siglo XVI.
Nuestros hijos dudaban en despertar del letargo de la tercera siesta cuando nos encaminamos a la recepción del hotel. Eran cinco minutos antes de las nueve de la noche y acusábamos cansancio y hambre. Decidimos acudir al restaurante del hotel para evitar mayor demora y poder comer y descansar tan pronto como fuera posible. Pero se requería de reservación y confirmación de la misma para ser atendidos o en su defecto, habría que esperar algunos minutos la preparación de la mesa. Los niños parecían reconfortados con la tranquilidad del sitio y su confianza y paciencia nos permitió liberar el estrés.
Tomé un respiro para tratar de apreciar el sitio. La tenue luz que proveía de iluminación al área principal del restaurante, no permitía apreciar los detalles pero creaba una penumbra que te obligaba a descansar la mirada en las formas. La construcción parecía hacerse más grande conforme te adentrabas en ella y las pisadas se escuchaban independientes como si el peso y la cadencia de cada cuerpo condicionaran el sonido que generaban. Construido con un impecable apego a la estricta arquitectura de la época virreinal de la Nueva España, el edificio se mostraba austero, con paredes blancas con olor a viejo y techos altos sostenidos con bloques de madera. El restaurante aprovechaba las galerías que enmarcaban el claustro principal adornado con un jardín, que confundía el olor a rosas con el jazmín. Las pesadas arquerías que limitaban los corredores, descansaban sobre columnas dobles simétricamente colocadas. La mayoría de las mesas, escondidas en la privacidad de la escasa luz lucían vacías pero con una impecable preparación.
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