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Un relato mas de la infancia terna/p>
El cielo de mis pajaros
Fue en Chuña. El pueblito cordobés de casitas viejas y tunares. En la estancia “La Sevillana”, precisamente.
Yo había copiado el “oficio” de Juancito “el pajarero”. Pasaba muchas horas colocando tramperas para cazar pajaritos vivos y luego colocarlos en el jaulón de maderas y alambre mosquitero que me había hecho mi padre.
Eran habitantes del jaulón “soldaditos de la sierras”, “siete colores”, “reinamoras” y algunas especies más. Toda avecilla que, desprevenida, venía a calmar su sed… era atrapada.
Aquellos pájaros prisioneros eran como mis trofeos de cacería. Claro, solo mi madre me dijo un día con su voz llena de inigualable ternura:
-Pobrecitos, no sabes como sufren encerrados allí.
-Por qué – dije asombrado – si yo les doy agua y comida –acoté.
-Si…pero no puedes darles el cielo que necesitan- respondió mi madre.
Contrariado me fui a jugar al patio con mi pelota de goma. De pronto miré el cielo que estaba más celeste que nunca y vi varias aves sobrevolando el espacio. Entonces miré hacia el jaulón y me pareció observar que mis pájaros estaban algo así como descoloridos y tristes.
Fui a la pieza y saqué de sobre el ropero un pliegue de papel barrilete color celeste. En mi inocencia de niño cubrí el techo del jaulón con ese papel. Pensaba que así tendrían el cielo que les faltaba.
Corrí y llamé a mi madre para mostrarle mi obra. Ella se sonrió y meneó la cabeza sin decir palabras.
Si algo me molestaba cuando niño era tener que irme a dormir al llegar la noche. Me costaba conciliar el sueño y mas de una vez me desvelaba vaya a saber porque razón. Sin embargo había que ir a la cama. Antes conté mis pájaros y me aseguré que no les faltara agua y alimento.
Esa noche pensé en su tristeza y si realmente ellos me querían a mí a pesar de que los tuviera en el jaulón. Después recordé que muchos conocidos de mi padre tenían gran cantidad de pájaros enjaulados y se los veía felices y sin remordimientos. Pero, ¿por qué mi madre me había hablado del cielo de los pájaros? Finalmente hice lo posible para dormirme.
Llegó el nuevo día y me dirigí hacia la represa. Armé mis tramperas como de costumbre. No obstante tenía un extraño sentimiento en mi corazón. Era como si deseará que ningún pájaro cayera en ellas. Igualmente me escondí en los matorrales a esperar los resultados de esa mañana. El calor de Enero se hacía sentir. Muchas aves bajarían a la represa en busca de calmar la sed.
De pronto sentí el ruido de una de las tramperas y corrí. Un pájaro de, aproximadamente, unos veinte centímetros y con un extraño plumaje amarillento con puntos negros había caído. Tenía el pico largo y aguzado. Sentí un poco de temor y llamé a mi padre. Este se sorprendió y dijo:
-Jamás vi un pájaro así. Es muy lindo. Que no escape.
Dicho esto lo colocamos en el jaulón y observamos que el revoloteo de las otras aves se intensificó más que de costumbre.
Mi madre exclamó:
-¿Otro más? - ¿hasta cuando vas a seguir cazando pajaritos, hijo?
No contesté, solo atiné a mirar fijamente mis presas.
Sin embargo algo estaba cambiando en mí. Fui a la represa y recogí todas las tramperas. No tenía deseos de seguir con la cacería.
Llegó nuevamente la noche. Me dormí algo sobresaltado. Me molestaba un sentimiento de culpa.
La mañana me sorprendió con un murmullo de voces extrañas. Me levanté y sin siquiera vestirme, con mi pantalón corto y el torso desnudo salí. El sol hirió mis ojos, pero alcancé a ver el jaulón y mis brazos se desplomaron al costado del cuerpo. ¡Estaba vacío!
Un enorme agujero entre las maderas y el alambre había sido la puerta de escape. El último prisionero, el ave de plumaje raro era una variedad de pájaro carpintero. El liberó al resto.
No sabía si llorar o reír. No sabía si era algo bueno o algo malo lo que ocurría. De repente mi madre me colocó su mano en el cuello y me dijo:
-y…bueno, ahora están donde tienen que estar.
Yo la miré y luego dirigí mis ojos hacia el cielo de papel barrilete que les había inventado a mis pájaros. No alcanzó, no fue suficiente.
-No me querían, por eso se fueron-exclamé-
-no hijo…los pájaros necesitan vivir donde deben hacerlo, el jaulón no era su lugar, era la cárcel para ellos. Si tienen alas es para volar, y para volar necesitan del cielo.
El cielo de los pájaros. Hoy se lo que significa realmente. La libertad de todos los seres vivos es sagrada. Jamás volví ni siquiera a intentar enjaular un ave, ni otro animal. Cuando miro el cielo y veo surcar las bandadas de aves migratorias mi corazón se une a ellas.
Que hermoso es sentir que todo el cielo es nuestro. Mas allá de cualquier impedimento físico, de las circunstancias que nos toquen vivir…el cielo es nuestro. Nadie puede quitárnoslo. Disfrutar de la vida y dejar que el mundo entero lo haga debe ser nuestro placer.
Lo aprendí de pequeño, allá en Chuña, un pueblo del norte cordobés. Donde vuelan brujas y los chicos venden arrope en la ruta. Donde la muerte se agazapa en los pastizales y recibe el nombre de yarará. Donde hubo un niño que cazaba pájaros y un día se soltaron para volar libres. En algún momento, alguna vez, hubo este diálogo:
-Mamá… yo creo que se fueron porque no me querían-
-No hijo, necesitaban volar. El cielo es de ellos-
-Ah bueno… ¿entonces sí me querían?-
-Si hijito, ¿como no te van a querer?… si sos un niño bueno. Mira como cantan y revolotean felices todos tus pajaritos. Vamos, ponles agua y comida en esos recipientes. Y obsérvalos quietito desde la ventana-
Eso hice y mis pájaros y muchos más bajaron y saciaron su sed y su hambre. Un día me acerqué a ellos y no escaparon. Siguieron comiendo despreocupadamente.
El jaulón estaba en un galpón todo oxidado y roto. Pero mis pájaros estaban felices y comían casi de mi mano.
Hoy a tantos años de aquel recuerdo siento que todos los pájaros del mundo me quieren y son míos.
Joaquín Piedrabuena
La infancia eterna
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