Llegaba tarde a casa, como siempre. Mi jefe, un día más, me había tenido trabajando hasta muy tarde. Ese impresentable me estaba haciendo la vida imposible. Mis días se habían convertido en un infierno. Tenía pesadillas y no descansaba. Apenas disfrutaba con nada. Ese ser me estaba amargando la vida.
-Hola –dije con voz apagada-.
-Hola cariño –contestó ella mientras venía corriendo hacia mí con su inseparable alegría-.
Me dio un beso y me abrazó con ternura.
-¡Uy! ¿y esa cara que me traes? –preguntó con una sonrisa en su rostro- ¿Has vuelto a discutir con tu jefe?
Era preciosa y, su sonrisa, capaz de iluminar una ciudad entera. Una persona muy especial. Con ella mi mundo siempre pintaba de otro color.
-Prefiero no hablar de ello, he tenido muy mal día y sólo me apetece descansar.
-Bueno, como quieras –respondió con ternura acariciando mi cara-. ¡Mira lo que te he hecho para cenar!
-De verdad cariño, no me agobies, no tengo ganas de tonterías. Hoy no. Me da igual lo que haya de cenar, no tengo hambre.
Me senté en una silla y dando un manotazo sobre la mesa no pude evitar que se me escapara una lágrima de rabia. Ella se sentó sobre mis rodillas y me abrazó colocando su cara sobre mi hombro.
-¡No puedo más! -sollocé- Me está quitando la vida. El día menos pensado voy a coger a ese hijo de p...
Sin dejarme acabar la frase colocó su dedo índice sobre mis labios sonriéndome. Comenzó a besar mi cuello y subiendo por mi barbilla llegó hasta mis labios. Comencé a respirar con fuerza, mientras cerraba los ojos. Acarició suavemente mis labios con los suyos y con su lengua abrió mi boca. Mi corazón comenzó a bombear sangre de forma desbocada. Le sujeté el cuello con mis manos y con mis pulgares en sus mejillas la atraje con fuerza hacia mis labios. Nos besamos con pasión, cuando al sentir su lengua acariciar la mía no pude evitar lanzar un gemido de placer. Me levanté de la silla con ella sentada sobre mí y con suavidad la tumbé sobre la alfombra del salón. Comencé a subirle la camiseta del pijama mientras recorría su vientre con mis labios. Me detuve unos segundos en su ombligo. Lo besé con fuerza mientras sentía que otra lágrima bajaba por mi nariz hasta caer en su ombligo. Continué subiendo su camiseta mientras veía como ella cerraba y abría los ojos casi por inercia a la vez que su cadera se retorcía bajo la mía. Seguí besando su preciosa piel: pasé por sus caderas y subí por el costado hasta que llegué a sus pechos. Yo tenía los ojos cerrados pero, al sentir bajo mis labios sus pechos desnudos, otro gemido atravesó mi garganta y un enorme escalofrío recorrió todo mi cuerpo provocándome una sacudida. Temblaba. Eran mi gran tesoro, y acariciarlos era una fortuna incalculable para mí. Seguí jugando con mi precioso regalo y al pasar mi lengua sobre ellos la que gimió y tembló fue ella. Entonces volvió a besarme y con las manos temblorosas pero ágiles terminó de quitarse la molesta camiseta mientras yo me quitaba la mía y continuó besándome. Entonces volví a bajar por sus pechos recorriendo con mi lengua y mis labios cada centímetro de su suave y dulce piel. Al bajar del ombligo y llegar a su vientre comencé a bajarle el pantalón del pijama y las braguitas a la vez. La miré y vi que ya no abría los ojos y sus manos sujetaban con fuerza mi cabeza mientras le temblaba todo el cuerpo. Le quité la ropa y la contemplé completamente desnuda. Era preciosa. Admirar la desnudez de su cuerpo era el mejor regalo que la vida podía darme. Su piel, su olor, su tacto suave y dulce siempre me fascinó. ¡Dios mío! Cómo quería a esa niña de alegre sonrisa y enorme corazón que tenía desnuda bajo mi cuerpo.
Comencé entonces a acariciar con mis labios sus muslos, calientes y suaves, mientras sentía el sabor de su sudor. Ella volvió a estremecerse y terminó de desnudarme a mí. No hacía demasiado calor pero los dos sudábamos.
Al entrar dentro de ella ambos gritamos de placer, a la vez que una involuntaria convulsión de su cuerpo hizo que me atrajera hacia ella aún con más fuerza, con lo cual llegué a lo más hondo de su cuerpo y también de su alma. Hacer el amor con ella no era sólo la unión de dos cuerpos; Sentir su cuerpo desnudo, su calor, su olor, su suavidad, era para mí la sensación de felicidad más intensa que había sentido jamás. Realmente sentía que nuestras almas lograban abrazarse y convertirse en una solamente.
Tras varios minutos, de repente su cuerpo comenzó a convulsionarse mientras sus manos me apretaban aún con más fuerza hacia sí. Gritaba a la vez que se estremecía y tras varias sacudidas de su cuerpo y un precioso “te quiero mi amor” sus manos dejaron de hacer fuerza a la vez que su respiración se convertía en fuego vivo. Estábamos envueltos en sudor y ambos jadeábamos sin poder hablar. A ella no paraban de recorrerle escalofríos y a mí me faltaba la respiración. Así continuamos más de un minuto hasta que conseguí levantar mi cabeza y su eterna sonrisa me estaba esperando, sudorosa y exhausta, pero con la misma luz de siempre. Era otro premio más que esa niña me regalaba aquélla noche.
-Te quiero cariño -le dije con ternura-.
-Te quiero mi amor –contestó ella sonriendo-.
Entonces cerró los ojos con rostro cansado pero sonriente y se acurrucó junto a mí. Sin quitarme, levanté un poco la cabeza y contemplé la imagen más bonita que jamás recordaré. El amor de mi vida, la persona que daba luz a mi corazón, dormía desnuda junto a mí. Su calor me llenó de ternura aquélla noche, igual que cada noche de todos los años que llevaba disfrutando de su amor. Pensé en la suerte que tenía de que la vida la hubiese puesto en mi camino aquélla preciosa noche de marzo. Entonces me di cuenta de lo terriblemente imbécil que me sentía. Llegué a casa echando pestes de mi vida, sin darme cuenta de que mi vida, lo que realmente me importa, me estaba esperando en casa con su mejor sonrisa. Una amarga noche se había convertido en el regalo más dulce de mi vida y una simple alfombra, en el más cómodo e improvisado lecho en el que habíamos yacido. Y ahí estábamos, exhaustos pero radiantes y sentí lo endiabladamente estúpido que había sido. Tenía entre mis brazos el verdadero sentido de mi vida. Aquélla noche aprendí una lección verdaderamente importante que jamás volvería a olvidar. A veces no quería ver lo verdaderamente rico que era. Mi tesoro era ella, y el roce de su piel, una tierna mirada o una "simple" caricia eran lo que realmente daba luz a mi camino. Aprendí a valorar lo afortunado que era y a sentir que la verdadera riqueza de la vida son esas pequeñas cosas que tenemos delante de nosotros y a veces no queremos ver.
Entonces, volví a llorar, pero esta vez de alegría. Apagué la luz. Cogí la manta de rayas de encima del sofá y tapé su precioso cuerpo desnudo. Me recosté junto a ella colocando mi nariz junto a su cuello, cuando sentí de nuevo el olor de su pelo. Cerré los ojos y disfruté durante unos segundos de su dulce aroma. Entonces, los abrí de nuevo y besé su mejilla. En la penumbra de la noche pude ver como se dibujaba una leve sonrisa en su rostro dormido. Cuanto te quiero mi niña, cuanto te quiero –pensé-. Entonces fui yo el que sonrió mientras sentía como mis ojos se cerraban.