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Dolor eterno (macaco)

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Creemos que fueron diseñadas para soportar el dolor y el sufrimiento y las cargamos de penas que nuestras vidas van construyendo.

Hay personas que dicen estar destinadas para sufrir y ella mostraba rasgos que la hacían elegible para ser una de ellas. A veces sufría en silencio y otras veces nos enteraba de los motivos de tal sufrimiento. Parecía faltarle el tiempo para ejercer esa encomienda y mostraba presurosa su dolorosa tragedia. Aprovechaba al máximo sus suspiros, lagrimas y quebrantos repartiéndolos con diligencia entre cada dolor y pena.

Debo aceptar que su dolor parecía legitimo y por demás perfecto. A veces se asomaba por la ventana hurgando en la negrura de la noche y forzando su vista cansada o se sentaba junto al teléfono como esperando una llamada. Muchas veces la encontré mirando de reojo el antiguo reloj que adornaba la sala como dudando de la precisión con la que sus manecillas giraban. Sus dedos que hábilmente moldeaban cada cuenta de perlas del “santísimo rosario” a veces frotaban su rostro demacrado y triste que se plegaba como un paño donde secaba sus lagrimas.

La llegue a ver de madrugada vigilando desde esa silla que colocaba junto a la ventana, inmóvil pero firme, cansada pero serena acompañando la noche hasta llegar el alba. Solía leer con insistencia viejas cartas como queriendo encontrar palabras que le dieran esperanzas. Y lloraba al repasar viejas fotos que llenaba de añoranzas.
Daba la impresión de que jamás había conocido felicidad alguna. Se negaba a disfrutar de su aparente fortuna, dejando escapar halagos y las caras de la Luna. Igual era su tristeza en soledad o en compañía, en silencio o alboroto y en hambre o abundancia.

Sufría mucho y su sufrimiento no parecía tener fin ni derecho de partida. Había algunos que sugerían que estaba pagando afrentas pasadas o que con su martirio ganaba la eternidad de su alma. Se negaba a aceptar la mas exagerada muestra de cariño como si pudiera cuestionar la calidez del idilio y rechazaba el halago aunque fuera conocido.
Para mi resultaba exasperante tener que observar tan ocioso sufrimiento. Ninguna utilidad puede tener una ocupación tan vana porque carece de medios para enmendar circunstancias. Si al menos lo utilizara como una oportunidad para sacar ventaja, para obtener atención, lástima o ganarse nuestra confianza. Tanta amalgama de dolor podría convertirla en santa y sin embargo, no buscaba aprovecharla. Siendo una victima podría obtener ganancia y gobernar las voluntades de quien coronara su farsa.

Tampoco era mi deseo querer desenmascararla. Porque aunque lo hubiera querido jamás pude asegurar que tendiera alguna trampa. Sufría con dignidad evitando los lamentos, procurando una plegaria o una bendición por cada dolor de su alma.

Desde hace mucho tiempo quise saber sus motivos para tanto sufrimiento. Pero no fue sino hasta hace algunos días que sus palabras respondieron a mis cuestionamientos. Contrario a lo que hubiera pensado, ninguna palabra fue nueva ni tampoco reveló secretos, solo bastó que escuchara sus antiguos argumentos. Lo que hizo diferencia fue la forma en que interpreté su sufrimiento sin el continuo desdén con el que solía hacerlo.

Empezó a hablar como siempre como si contara un cuento, siendo fiel a las palabras y acentuando cada verbo. Sus relatos giraban en torno a los problemas y desventuras de sus hijos los cuales desde hacia años decidieron regir sus propias vidas. De aquellos hijos que estaban lejos podía decir muy poco pero la incertidumbre le hacia temer por ellos y sufría ante la posibilidad de que estuvieran enfermos, desamparados o hambrientos. En cuanto a los hijos que estaban cerca, algunos de ellos la llenaban de lamentos. Se compadecía de ellos al negárseles la fortuna que creían merecerse. Se quejaban de la falta de oportunidades y de ser sujetos de envidias y del malvado del jefe. También lamentaba su mala suerte en un fallido negocio o al escoger matrimonio y anteponía sus cualidades a sus vicios y falencias.

Me di cuenta de que no encontraba otro motivo de conversación porque su pensamiento estaba lleno de ellos y el agobio de su aflicción no le dejaba un respiro. Lo único que variaba eran las nuevas quejas y lamentos que sus hijos actualizaban cuando les sobraba un momento. Porque la mayor parte del tiempo se la pasaba muy sola sumida en sus pensamientos. Sus hijos solo se presentaban cuando necesitaban hablar o un puñado de dinero que prometían seria solución y punto nuevo. Ella sabia que no podía solucionar sus problemas porque era decisión de ellos. Además, desdeñaban sus consejos aludiendo que afrontarían las consecuencias de sus decisiones pero jamás les llamaban errores. Pero sufría y no lo podía evitar. Y seguramente sufriría hasta el ultimo día de su vida por esos motivos tontos que yo apenas comprendía.

Hoy me despedí de ella pidiéndole que no sufriera. Le hice ver que a veces los hijos necesitamos que se nos explique que nuestros problemas son producto de nuestras decisiones y que en lugar de lamentaciones debemos ofrecer enmiendas. Que si sus hijos no son capaces de llevar noticias buenas deben de callarse sus problemas. Le ofrecí llamarle para conversar sobre películas viejas o comentar la lectura de una verdadera tragedia.

Por cierto, también le pedí que hable con mis papás y les diga como me ha visto y lo que ha encontrado en su visita a nuestra casa. Que aunque me encuentro lejos los extraño y no dejo de pensar en ellos y en sus bonitos recuerdos. Que dejen de preocuparse o sufrir por mi, que me encuentro bien y que mis problemas los resuelvo recordando sus consejos. Se bien que a mi madre le será difícil dejar de sufrir por mi pero tal vez le resulte convincente lo que otra sufrida madre le pueda decir de mi.

Etiquetas: macaco, Martin2008
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Enviado por Martin2008 - 12/08/2009 ir arriba
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