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Cuando no dormía, a veces, soñaba.
Soñaba despierta que un duende venia, se me aproximaba y me daba un beso.
Yo me hacía la dormida, porque entonces el duende se confiaba y me relataba historias…Historias y cuentos.
Cuentos en los que encubría algunos deseos que a nadie contaba.
Yo dejaba a menudo algún “trasto” por medio, para que se tropezase al entrar, y así, oírlo y estar despierta , porque no me lo quería perder…¡eran tan hermosas sus historias.!
Pero jamás pude verlo. Solo me llegaba su voz en un leve susurro, y yo me extasiaba durante todo el tiempo que él permanecía a mi lado.
No importaba nada. Todas las mañanas me visitaba, a la misma hora aproximadamente. Y luego, se tenía que marchar antes de que amaneciera del todo, porque es que los duendes no pueden permanecer a la luz del sol. .Les perjudica. Así que él se retiraba a sus cosas y a sus árboles y sus bosques donde era feliz.
Me acostumbré de inmediato a sus visitas, hasta el punto de que las esperaba con verdadera ilusión. Era tan dulce y comunicativo…
Me hablaba de todo, de cualquier cosa, de sus otros amigos, los demás duendes, de sus reuniones y de sus proyectos.
A veces, hasta me leía cosas. El me enseño mucho. Era un duende muy listo. Y muy experto. Había vivido en muchos bosques y conocía casi todo sobre lo que es la vida de los árboles, de las plantas,..y de los hombres.
Porque además de ser muy listo era un duende muy observador
Y me contaba historias. Historias de las que yo aprendía, y aprendía, escuchándole siempre atónita.
De vez en cuando me dejaba cerca una notita con un mensaje cariñoso, o alguna poesía, porque es que a mi me gustan mucho las poesías. Y el sabia mucho de metáforas y todo eso que a mí se me hace tan difícil.
¡Qué feliz era yo cuando no dormía…!
Ahora, sin embargo, me doy cuenta de que ya no esta. Y no se ha despedido. Debe de andar merodeando por aquí cerca…La verdad es que
lo echo de menos. Lo recuerdo con tanto cariño…Me pregunto por qué ya no me visita. Y no podría decir cuando dejó de hacerlo.
Supongo que fue poco a poco, como casi todo lo que pasa en la vida. Yo lo pienso todos los días, pero él no esta, aunque en ocasiones me parece percibirlo, pero no se manifiesta. Y yo lo respeto. Tal vez sigue observando.
Recuerdo que a mí me gustaba pedirle que, antes de marchar, me dijese algo bonito, sencillo, pero él no entendía esa petición. Debía pensar que yo pedía algo bonito hacia mí, cuando mi única intención era arrancar el nuevo día aferrada a un pensamiento positivo…Hasta que un buen día, se negó. Me hizo ver que yo era exigente. Que no se puede pensar con claridad a las horas tan tempranas en que los duendes salen a hacer esas visitas…Que hay que dejar que las mentes y los duendes vayan despejándose poco a poco.
Le prometí no volver a pedírselo. Y nunca mas lo hice.
Había aprendido y aprehendido
La reacción de mi duende me hizo entender que debemos ser muy cuidadosos con nuestras peticiones hacia los demás, porque quizás pueda ocurrir que en nuestro entusiasmo ante cualquier relación o experiencia nueva, sobrepasemos los límites de las libertades ajenas en un posible exceso de confianza. Y eso haga que la otra parte tienda a “protegerse” por tener la sensación de sentirse “avasallada”
Entiendo que si un ser le exige a otro ,más de lo que este pueda ofrecer por su propia iniciativa, puede llegar a producirse una situación de conflicto por sensaciones de agobio o compromiso no deseados, donde la única opción sea la de poner distancia .
Pero.…cuidado, porque cuando se crea una distancia en las relaciones humanas, es difícil desandarla, entre otras cosas porque lo que queda atrás, a menudo ya no nos depara novedad alguna, y puede establecerse una inclinación por encaminar la mirada hacia parajes mas novedosos, hacia otros puntos que nos permitan desarrollar la capacidad de sentir nuevos y atractivos sueños.
Sueños de hadas y duendes, como aquellos que yo acostumbraba a
soñar....
Cuando no dormía
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