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Si no recuerdo mal, la primera vez que subí a un avión fue a los diecinueve años, con motivo de mis primeras vacaciones a un lugar que no fuese la casa de mis abuelos en Requena.
Había comenzado a trabajar y percibir mis primeros ingresos, y lo celebraba yéndome de vacaciones junto con mi compañera Mati a la isla de Mallorca y claro, no había mas opción que aviones o barcos como medio de transporte .Lo del barco era mucho mas lento, y además no me apetecía en absoluto.
Recuerdo la emoción que sentí al ver como la tierra se iba quedando por debajo de nosotros. Me sorprendió especialmente aquél paisaje de auténtica postal en múltiples cuadrados de distintos colores y medidas que configuraban un gigantesco y bellísimo puzzle que se iba configurando por momentos. Perfecto.
Y la orilla del mar…que línea tan precisa y perfilada.
El agua parecía una especie de cristal esmerilado, de esos que, sin impedir el paso de la luz, no nos permiten ver a su través.
Es curioso ver como se aprecian las imágenes y se incrementa la perspectiva desde una cierta distancia. Ni demasiado cerca, ni demasiado lejos.
Me resulto muy fácil habituarme a la comodidad y rapidez de los viajes en avión y hasta viajé varias veces al continente vecino en vuelos de varias horas de duración que, con el hábito comenzaron a parecerme algo pesados.
En ocasiones, había que hacer acopio de paciencia cuando tenía que soportar el codo impertinente del vecino de asiento, cuando no el respaldo del que va delante y que de pronto se echa hacia atrás dejándote casi sin espacio para moverte. A nos ser que viajes en clase preferente, o primea, o como se le quiera llamar. (Cada compañía lo denomina de un modo distinto).
Un buen día, sin embargo tuve miedo por primera vez. y conmigo todo el pasaje al completo. El avión, de repente, comenzó a agitarse de forma brusca e impetuosa. La sensación de peligro y fragilidad era terrible. Daba saltos de arriba abajo, y parecía que cayéramos al vacío con esa sensación de que le estómago se te sube al tórax, o incluso a la garganta. Inmediatamente, se encendió una luz, y la voz del piloto nos informo que tuviéramos calma, que habíamos entrado en una tormenta y además, nos habíamos visto inmersos en la estela de otro avión muy potente y veloz, con lo que el nuestro parecía un barquito de papel sobre un océano agitado. Tras varios minutos de permanecer todos con el respaldo del asiento en posición vertical, y los cinturones abrochados, aquello pasó, y felizmente, unas horas después pisábamos tierra firme en nuestro destino.
En aquél trayecto, tuve tiempo de pensar en la fragilidad de nuestra existencia y en cómo de pronto algo se nos puede dar la vuelta dejándonos con cara de sorpresa . Recordé que, muchos años antes, cuando yo era niña, en todos los comercios tenían siempre alguna radio conectada, y en cierta ocasión hablaban y no paraban del secuestro de un avión de no se que compañía extranjera.
Yo me preguntaba en mi ignorancia cómo podía secuestrarse un avión en pleno vuelo…Imaginaba un grupo de aviones pequeñitos rodeando al grande y obligándole a ir a otro lugar distinto al previsto. Pero aquella imagen no acababa de encajarme. Algo fallaba..Poco después lo comprendí, cuando me explicaron que el secuestro lo habían perpetrado uso terroristas que habían accedido al avión provistos de armas, y amenazando al pasaje, obligaban al piloto a ir a otro destino.
No recuerdo el final de aquel incidente, pero sin embargo, si que recuerdo que varios profesionales expertos en conductas humanas hablaban por aquellas radios de todos los comercios y recomendaban a cualquiera que, ante un acto de semejante violencia, lo mejor es adoptar una actitud pasiva, tratar de pasar desapercibidos, y…rezar, si se tiene fe, esperando a que aquello termine por resolverse sin mas incidentes.
Son situaciones de impotencia, que se nos comen por dentro, pero que debemos aprender a soportar si tenemos la desdicha de que
'nos toquen'.
Desde aquel incidente, se adoptó la norma de revisar muy minuciosamente a cada pasajero que accede a un avión y hoy en día, tras varias décadas, las medidas de seguridad que se adoptan en aeropuertos son enormes. Hay que controlar todo cuanto va atener cabida en el avión. .
Yo pienso que a las personas, nos sucede un poco lo mismo que a los aviones, que a veces, cuando estamos confiados y plácidamente observando nuestro propio paisaje, de repente nos surgen turbulencias inesperadas que nos hacen 'atarnos el cinturón' y permanecer bien sujetos, a la espera de una vuelta a la normalidad, que siempre acaba por imponerse.
Son esos casos en que la persona, súbitamente comienza a padecer situaciones nuevas y sorprendentes, como episodios de angustia, o ataques de pánico en los que no sabemos como actuar.
Se me ocurre que , tal vez, deberíamos ser muy selectivos con los contenidos que nos vamos incorporando. Porque también, a veces, podemos sufrir ese ataque interno que surge de manera brusca motivado por esas emociones o vivencias 'terroristas' , que se apoderan de la paz interior, controlando y deteniendo cualquier opción alternativa.
Hay que ser muy cuidadosos con la selección de contenidos que nos permitimos acarrear. y vigilar muy bien , antes de emprender cualquier 'vuelo', observando, desde la distancia adecuada, como en aquel paisaje en forma de puzzle, nuestro entorno y su contenido, para no cargar con algo que súbitamente pueda rebelarse en nuestro interior, invadiendo nuestra quietud, y pasando a convertirnos, ante nuestra sorpresa y malestar en victimas sorprendidas e inermes de nuestro propio secuestro.
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