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Amanecer (Pablo Cruz Gastéiz)

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Aquella mañana, como tantas otras, Belén se despertó con la misma melodía que cada mañana interrumpía su frágil sueño. Sueño, por llamarlo de alguna manera, pues desde la muerte de Víctor, el descanso nocturno se había convertido en un suplicio, en una obligación, y en un tránsito necesario entre uno y otro día. No dormía, vagaba errante durante toda la noche, en ese mundo misterioso que separa el sueño de la vigilia, un mundo por el que navegaba entre ideas, recuerdos, anhelos y deseos imposibles que surgían desde los más recónditos rincones de su mente.

Puntual como el gallo al alba, a las 7 AM, la melodía de su cadena de radio precedía la firme voz de su compañero favorito, que cada mañana actualizaba la vida de Belén. Abrió los ojos con lentitud, como si algo luchase contra sus párpados fatigados, como si algo quisiera evitarle el contacto con un nuevo día. Todo seguía igual, el viejo reloj de cuco que hacía años no funcionaba, el tocador impecablemente ordenado, aquel cuadro que había alegrado tantas veces su día. Incluso por un momento, pensó si todo había sido un sueño, un fantasma creado por su imaginación. Entonces deslizó su pálida mano sobre la sábana de seda y encontró el mismo vacío a su lado, la misma frialdad y la soledad que acompañaba su sueño desde hacía varias semanas. Se recostó sobre ese lado y aspiró profundamente, aún quedaba algo, quedaba su esencia.

Caminó descalza sobre el suelo de mármol, blanco y frío como la nieve recién caída. Aferrada a una taza de café atravesó despacio el amplio salón y se dispuso a salir a la terraza como hacía cada mañana. Una ráfaga de viento helado la hizo estremecerse al abrir la puerta corredera. Se desplazó, ahora con paso rápido, al borde del terrazo y contempló sobrecogida una vez más aquel amanecer maravilloso. Era una experiencia única. Mientras el sol ascendía poco a poco, desperezándose de su corto letargo, la bruma iba disipándose, dejando paso a una gama de luces cada vez más brillantes que, al reflejarse sobre el espejo ondulado le hacían entornar sus ojos melancólicos.
Aspiró profundamente y llenó sus pulmones de brisa marina. La naturaleza se desperezaba acompasadamente para saludar al nuevo día. Aquí las golondrinas, que surcaban el cielo seguras de su elegancia. Allá las gaviotas con sus estrepitosos chillidos, que interpretaban una danza alborotada, un sube y baja cadencioso tras la estela de los últimos barcos pesqueros que regresaban lentamente al puerto tras faenar durante toda la noche. En la playa los pescadores sacaban el copo de las pesados redes, que arrastraban a la arena con el ritmo pausado pero constante del torno de un alfarero.

Aspiró profundamente y llenó sus pulmones de brisa marina. El sol ya había coronado la margen de la montaña a la izquierda de la bahía. La luz inundaba por completo la alameda del parque situado al oeste. Los álamos comenzaban a desnudarse, pues ya había empezado el otoño, pero aún podían ofrecerle un regalo maravilloso. Los rojos, ocres, verdes y amarillos convertían las copas de los árboles en una orgía de luz y color mecidas al caprichoso soplar del viento. Sin duda el otoño era su estación favorita.

Acercó sus labios a la taza y bebió pausadamente, sintiendo entre sus manos y saboreando el cálido y negro amargor. También en ella se estaba produciendo el efecto del nuevo día, y también comenzaba el otoño en su vida. Sus ilusiones comenzaban a caer como las hojas de los árboles, y su alma iba quedando desnuda por los hechos acaecidos hacía poco tiempo. ¿Volvería la primavera?. ¿Brotarían nuevas esperanzas?. "Estaré siempre a tu lado". No podía dejar de pensar en las palabras que Víctor le había susurrado en su último suspiro. En verdad, algo de él si estaría con ella en poco tiempo. Tocó su vientre y notó el cambio que se iba produciendo día a día. Era el fruto de un amor vivido en poco tiempo, lo único que ahora le mantenía erguida, luchando. Era esa ventana que se abre cuando se cierra una puerta.

Aspiró profundamente y llenó sus pulmones de brisa marina y se preparó para comenzar un nuevo día, para luchar por ella y por el pequeño que pronto nacería. Miró al cielo y formuló una pequeña oración, un ruego. La vida comenzaba de nuevo.

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09/11/2001 ir arriba
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