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ABALON (Alexys Fernandez Artos,)

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Es un antiguo puente cubierto por un techo de madera. Parece haber salido de las páginas de un cuento medieval. Me subo a su ancha barandilla, mis pies buscan estabilidad y mi cuerpo equilibrio. Miro el rió, la corriente me arrastra la mirada. Una flexión antes de que piernas y rodillas, como muelles de músculo y hueso, me propulsen hacia delante. Brazos extendidos, cuerpo tenso. Flecha de carne hendiendo el agua. Una fría humedad me envuelve, mi mente calcula la temperatura: seguramente no llega a los 19º grados. Bajo el agua abro los ojos: tan solo veo espuma blanca, el rugido de la corriente me llena los oídos y una increíble fuerza me arrastra haciéndome sentir tan pequeño y frágil como una cerilla. Cuando mi cabeza sale a la superficie ya he recorrido varios metros, miro hacia atrás, el puente de madera se aleja a sorprendente velocidad.

 

A penas necesito nadar, la fuerte corriente me hace flotar. A mi izquierda y derecha van desfilando los árboles así como el camino que hace una media-hora emprendí rió arriba. Sensación de libertad, comunión con la naturaleza. Aventurero por unos instantes en ese lugar fuera del tiempo llamado imaginación. Algunas ramas se dejan caer en el agua, las primeras escaleras y barandillas aparecen ofreciendo su ayuda a los bañistas para entrar o salir del rió. Unos metros más y el desorden de la naturaleza deja sitio al césped bien cortado y cuidado de la piscina. Voces de niños, colores alegres de las toallas, el trampolín: todo ello es un signo visible indicándome que unas cuantas escaleras más y llegare a la última. La corriente se niega a dejar escapar mi cuerpo de su abrazo e insistente intenta arrastrarlo rió abajo.

 

Voy hacia la toalla y tapo con mi cuerpo su estampado. El sol me muerde la piel, me siento bien. Intento recordar la causa que me incito a escoger, como destino de vacaciones la capital Suiza. ¿Un concurso de circunstancias? ¿Un echar mano a la oportunidad? ¿Un no-escoger? O quizás hay lugares que nos eligen a nosotros. El caso es que, este mes de agosto, tirando ya a su fin, lo habré pasado en Berna.

 

Las alas abiertas tatuadas en mi espalda se siguen secando al sol mientras por mis parpados cerrados va desfilando el casco antiguo: ciudad medieval guardada por una extensa fortaleza de edificios modernos. Miro el reloj, son las cuatro de la tarde, dudo entre seguir tumbado al sol o dirigirme hacia el Kunstmuseum, donde una exposición de arte insólita y tentadora me ofrece la posibilidad de pasar unas horas agradables. Opto por la segunda posibilidad.

 

Un fondo musical muy discreto empapela el aire de su sonido. Formas de acero puestas, cada una, delante de una vela hacen bailar su sombra sobre las paredes de la sala. No sabría decir cuanto tiempo mi mirada se quedo enredada en el baile de las sombras antes de que una oscura mancha en el muro, me llamara la atención y rompiera el hechizo. Era una apertura, destinada a una puerta ausente, comunicando con otro espacio. Me asomo: la sombra omnipresente: no veo; sin embargo intuyo un pasillo, me deslizo por el, la sombra se hace cada vez mas densa, mas oscura. Paso a paso sigo los diferentes matices de la oscuridad hasta llegar al más intenso. Se que ya no estoy en el pasillo, percibo espacio a mi alrededor, un espacio lleno de la mas intensa de todas las oscuridades. Paz, silencio tanto para los oídos, como para los ojos. PAZ y el despertar de algo dormido en mí.

 

No lo veo, sin embargo se que hay un cuerpo muy cerca del mió, extiendo la mano y lo toco, soy yo. Se que es mi cuerpo. Estoy a mi lado. He salido de “mi” y sin embargo sigo pensando, sigo oyendo: soy dueño de todos mis sentidos.

 

Rasgando la oscuridad, una sombra de luz, me engancha la mirada. Voy hacia ella; se abre y durante una fracción de segundos me ciega. Cuando abro los ojos, tengo ante mí un paisaje de bosques, lagos, montañas. Someto mi cuerpo a un giro de 180º con la esperanza de encontrar la apertura por donde me deslice. Solo veo un largo camino de tierra y piedra rodeado de árboles.

-         ¡Joder!

El sol esta en el cenit, la temperatura agradable. Retrocedo. Tengo que encontrar la puerta de luz. ¡ La puerta de luz ¡

-         ¡Joder, joder!

Realizo que en la oscuridad la puerta entreabierta de luz se distinguía perfectamente. Pero aquí la apertura de luz se pierde en la luz, no la puedo ver. Es invisible. Extiendo las manos como un ciego, buscando a mi alrededor un algo, un hueco abriéndose al oscuro espacio abandonado hacia apenas unos instantes. Pasan los minutos, las horas no encuentro nada y me siento cansado. Miro el reloj, las agujas están paradas en las doce, el segundero también ha escogido como punto de eternidad el medio-día. El reloj ha muerto. Quiero saber la hora. Miro el sol. Sigue inmóvil en el mismo sitio. En el cenit. Se me rompen los esquemas. Deslizo mi mano por el pelo, como queriendo echarlo hacia atrás. Es un gesto inútil, lo se. Mi pelo es demasiado corto y demasiado tieso para tomar una dirección contraria a la suya, pero sigo llevando a cabo, con cierta frecuencia, ese gesto ya ritualizado en mi cotidiano.

 

Un ruido en el ramaje me arranca de mis pensamientos; un halcón sale del bosque, baja el vuelo hasta llegar a mi altura y se detiene en mi hombro. Entre el ave y yo se establece una comunicación sin palabras, un lenguaje abstracto, un lenguaje silencioso, sin voz; sin embargo es un lenguaje que comprendo.

-         Llevas mis alas en tu espalda. Soy tu animal. Pero tu tatuaje no es el verdadero símbolo. Tiene que desaparecer y dejar sitio al nuevo, al verdadero, al tuyo. Ven conmigo.

-         Mi tatuaje no se puede quitar.

-         Ya se ha quitado. Ha desaparecido. Porque al cruzar la puerta de luz todo lo no-autentico que llevabas en ti ha desaparecido. Sígueme, Alexys.

-         No me llamo Alexys.

-         Siempre te has llamado Alexys; siempre has sido Alexys pero lo ignorabas. Te ignorabas y el tiempo de la ignorancia se ha acabado para ti. Sigue el camino hacia el lago. Te espero allí.

 

El halcón emprendió el vuelo y después de una leve duda, encamine mis pasos en dirección al lago, no sin antes echar un vistazo al sol que seguía en el mismo sitio así como las agujas de mi reloj.

-         ¡Que asco!

 

Preferí no pensar. ¿Además pensar en que? Todo aquello era absurdo. Opto por disfrutar del paisaje: cielo azul, montañas cubiertas de nieve, frondosos bosques, el canto de un cu-cu, árboles imponentes de verde ramaje, la luz solar jugando entre sus hojas. Me detengo, estupefacto: luz, luz, la luz implica sombra. ¡No hay sombra! Los arboles no tienen sombra, yo tampoco tengo sombra.

- Camina, camina y no pienses.

 

Me lo repito como un beato su plegaria.

 

El lago tiene una increíble transparencia plateada que le da un aire de luna de agua, resplandeciendo bajo los rayos del sol. Miro a mí alrededor y no viendo al halcón decido bañarme. El agua es calida; nado lago a dentro y me submergo para ver mejor su fondo. Estupefacto contemplo arrecifes plateados de coral y peces color de luna nadando en sus aguas. En el fondo algunas algas, cintas de seda y plata, se mueven como lascivas bailarinas. Cuando miro el reloj, este ultimo tan solo sirve para recordarme que aquí, ni el tiempo ni las sombras existen. Suspiro y nado hacia la orilla. El halcón tiene compañía,  descansa en el hombro de un hombre joven cuyo cuerpo alto y delgado esta cubierto por una túnica blanca. Sus ojos azules adornan un rostro ovalado, enmarcado por una melena rubia.

-         Hola Alexys, soy Merlín. Te estaba esperando.

-         ¿Merlín?

¡Alucino¡

-         Si tú eres Merlín, yo soy Blanca nieves.

A penas una sonrisa.

- ¿Porque no puedo ser Merlín? Porque no tengo arrugas, no ando encorvado y no tengo una barba que me arrastra por el suelo. ¿A caso piensas que la vejez da sabiduría y credibilidad? ¿Mientras que la juventud es símbolo de inmadurez, de superficialidad, de incompetencia? No tiene porque ser así. Además te recuerdo que aquí el tiempo no existe, así pues no tengo edad y todas las edades al mismo tiempo.

 

El halcón dejo el hombro de Merlín por el mió y me dice:

-         Acabas de llevar a cabo el verdadero bautizo. El único. El escogido libremente por el ser. No el impuesto. El agua de luna ha sellado tu vida con un nuevo nombre: Alexys.

Merlín me sonríe mientras de un gesto me indica una dirección y su voz me invita:

-         Ven Alexys, vamos a Abalon y allí hablaremos.

El cuerpo de Merlín desaparece a medias y el halcón me invita a seguirle.

-         Es una puerta de luz, igual a la que tú cruzaste para llegar aquí.

 

Abalon. No hay niebla. Sol resplandeciente en su cenit, por supuesto. Campo verde extendiéndose al infinito, hasta tocar el cielo, halla en el horizonte y en medio de ese paisaje: un castillo de transparente cristal. La entrada no esta guardada por ninguna puerta, tan solo esta Excalibur plantada en una cristalina piedra. En el interior una fiesta: elfos, faunos, hadas, caballeros - busco entre ellos a Lancelot -, el rey Arturo con la mano de Gwendolina descansando en la suya, Morgana, eternamente bella: comen, ríen y hablan mientras instrumentos de música tocan solos desconocidas melodías medievales, trovares cantan, niños juegan entre los comensales, un perro roe un hueso, mientras otro duerme.

 

-         ¿Porque no hay sombra?

-         Porque aquí el “mal” ha sido integrado por el bien. La luz se trago a la sombra. Me comprendes. La sombra no ha sido eliminada, ha sido absorbida. No es lo mismo.

-         ¿Quieres decir que el mal esta en el bien y la sombra en la luz?

-         Si. El uno en el otro.

-         No hay “malos” en Abalon.

-         Si, pero todos los ciudadanos de Abalon tenemos el poder de sacar provecho del daño que se nos pueda infligir. De utilizarlo para hacernos más fuertes, más sabios, ampliar nuestros conocimientos, ser más rápidos, mas firmes,  afilar nuestra inteligencia. El “mal” queda de esa manera absorbido por el bien, el daño en lugar de hundirnos nos hace crecer por encima de nosotros mismos. El “mal” se transforma en bien, el “daño” en beneficio, la sombra en luz y el viejo sueño de los alquimistas medievales se realiza: el cobre se transforma en oro. No se porque tu, Alexys, estas entre los elegidos. No eres el único de tu espacio ha haber cruzado la puerta de luz y recibido el don. Solo se que estas aquí y por ese simple hecho: el don será depositado en ti. Seguirás siendo el mismo y al mismo tiempo distinto, Excalibur estará en tu palabra y una nueva fuerza animara tu ser. Además tu animal el halcón, te dará sus alas para volar más alto y más allá de lo que nunca has podido llegar a soñar.

 

Merlín me pide de quitarme la camisa y con su dedo índice, mientras pronuncia extrañas palabras, parece dibujar algo en la parte superior de mi espalda.

-         Ya esta. Un tatuaje. Simboliza un halcón con las alas extendidas, para que vueles alto y lejos. Como tu nuevo nombre este tatuaje hará parte de ti, te acompañara y no lo podrás quitar. Eres “tú”: autentico, sin mentiras, sin doblezas, recto en tu forma de ser, recto en tu palabra. “Tu” en tus ambiciones, en tus deseos. “Tu”, independientemente de lo que la sociedad, familia o amigos esperen de ti. “Tú”, sin miedo. “Tu” desde ese núcleo del ser al que tan solo algunos privilegiados pueden llegar. “Tu”. Alexys.

 

El halcón en mi hombro parece ser uno conmigo, de la misma manera que el tatuaje, hecho poro a poro: esta en mi piel para siempre.

-         Tienes que volver a tu espacio. Ahora, tú también,  puedes ver la puerta de luz.

 

Si, la veo esta en el bosque, en el lago, en el verde campo y aquí también. Esta en todas partes. El halcón y yo intercambiamos una larga mirada mientras me deslizo por la puerta de luz.

 

Oscuridad, intensa, obsesiva, me ciega. Extiendo la mano, antes tuve la sensación de estar al lado de mi cuerpo. Solo encuentra el vació, inquieto me toco. Estoy. Alexys esta dentro de Alexys. No veo nada, no veo el pasillo, pero con un paso firme y seguro me dirigo hacia el, se inequivocadamente donde esta. La oscuridad ha cada paso pierde en intensidad, se hace mas clara. Espacio de luz donde unas sombras bailan en la pared. Miro el reloj. Todas las agujas apuntan a las doce. Miro al suelo buscando mi sombra, no esta. No tengo sombra. Una voz interior me dice: “No te inquietes, no te preocupes, en tu espacio todo el mundo esta tan ocupado que nadie se dará cuenta de que tu no tienes sombra”. Me dirigo a los aseos, tengo que comprobar algo. Delante del espejo quito la camisa y me miro la espalda: el antiguo tatuaje ha desaparecido en su lugar un símbolo. Un halcón con las alas extendidas en su imparable vuelo.

 

En la calle, los rayos de un sol ya bajo en el horizonte me hacen cosquillas en la mirada. Mientras bajo las escaleras tengo un visión. Veo la ciudad de Berna desde lo alto, desde ese lugar donde vuela el halcón.

 

 

Alexys Fernandez Artos 





Etiquetas: Alexys Fernandez Artos,
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Enviado por alexys fernandez artos - 05/02/2010 ir arriba
COMENTARIOS añadir comentario
2) Deja ya el dibujo...
La literatura es lo tuyo. Sigue afianzándote en ello.
 0   0   Cucuuu_1 - [05/02/2010 16:49:47] - ip registrada
1) Y Alexys cargo sobre sus hombros
sus inmensos c-ojo-nes y se quedo en Berna para siempre.
 0   0   jony111 - [05/02/2010 12:23:02] - ip registrada
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