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Para Marisa, que pide un poema que no sea triste.
Esta tarde estabas radiante, derrochabas hermosura y equilibrio interior.
Esta tarde estabas hermosa como una roja rosa.
Nadie, como yo, te ha visto florecer y madurar a través del amor;
nadie ha podido asombrarse ante la transformación, a veces dolorosa,
de la delicada y frágil margarita hacia el tallo espinoso de la rosa.
Esta tarde me he alegrado, una vez más, de conocerte;
de poder formar parte de tu íntima existencia.
Esta tarde en la que, una vez más, pude contemplarte
feliz en la mirada, ardiente en la impaciencia;
ha ocurrido de nuevo la cercana y la maravillosa experiencia.
Se ha ido el día besándote en los labios, corriéndose el carmín,
robándote el perfume de tu cuello, oliéndote el cabello...
Se fue la tarde, ¡mas ha quedado por siempre para mí!
Quedó el día grabado con el fuego y la pasión de Leo
aunque yo lo haya percibido con la fuerza y el vigor de abril.
El Sol caía, y mis manos recorrían tu suave espalda,
rodeaban tus mejillas, tu cintura;
se internaban hurgando por debajo de tu falda.
Esta tarde, una vez más, repetíamos la locura,
de olvidarnos del mundo y de sus circunstancias.
Esta tarde te di besos con lengua,
oí que me decías que me amabas
y el sol se ocultaba tras el agua
cuando mis dedos, como sondas,
frotaban tu sexo sobre las bragas.
Esta tarde te amé de todos modos,
aún no habiendo hecho todo lo que haber hecho quisiera.
Para comprarme esta tarde, en un mercado que conozco,
no habría en éste, ni en mundo alguno, la suficiente cantidad de oro
que comprármela pudiera.
Esta tarde era digna para que te escribiera,
después de tanto tiempo,
un poema sobre ella.
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